socio

"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

domingo, 19 de diciembre de 2010

nuevo mundo, vieja intriga


A mediados de 2004 desde editorial Alción nos llegó De Orbe Novo, un magnífico libro que reseñó Pablo Bilsky. La nota se publicó el 16 de noviembre de 2004 en las páginas de Cultura del desaparecido diario El Ciudadano & la región. La bajada decía: "Por primera vez en cinco siglos se edita en forma completa y en castellano la obra que atribuye a Colón el desembarco en América. Una trama política y económica plagió y tergiversó el texto".


por Pablo Bilsky

Donde alguna vez se erigió una magnífica mezquita, hoy un frío epitafio reza: “Al narrador de los acontecimientos de nuestra edad y del nuevo mundo hasta ahora desconocidos, Pedro Mártir, milanés, senador cesáreo, quien, habiendo dejado su tierra, participó como combatiente en la guerra de Granada, luego en la conquista de la ciudad, y fue primero canónico y luego prior de esta iglesia, el deán y el clero, al carísimo colega erigieron este sepulcro, en el año 1526”. La tumba de Pedro Mártir del Anglería (1457-1526) se erige en la Catedral de Granada, no muy lejos del lugar donde descansan los Reyes Católicos, un sitio umbroso visitado por turistas, un rincón dedicado a imponentes tumbas reales donde también están depositados los restos de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, y donde un retablo recuerda la reconquista de Granada.
Amigo de Antonio de Nebrija (autor de la primera gramática española) y de Cristóbal Colón, humanista y diplomático de destacada actuación en la corte de los Reyes Católicos, soldado e intelectual, Pedro Mártir de Anglería fue una suerte de precursor de lo que hoy se denomina periodismo, y dio a luz una descripción del Nuevo Mundo sin haber viajado nunca a las tierras descubiertas por el almirante genovés. Y es justamente este hecho lo que acerca su relato a ciertas formas de la crónica periodística actual. Pedro Mártir entrevistó a Cristóbal Colón y a otros integrantes de la expedición en España, cuando estos hombres ya habían retornado del primer viaje. Y lo hizo en medio de una serie de disputas –políticas y económicas– en la que estuvieron en juego los réditos del descubrimiento: el oro, una palabra clave en los diarios de Colón.
En este punto también puede hacerse una comparación con las actuales “operaciones periodísticas”: la crónica de Pedro Mártir lleva la impronta, y participa activamente, de la contienda entre Cristóbal Colón y Américo Vespucio por la gloria y el oro del descubrimiento.
La reciente edición de De Orbe Novo de Pedro Mártir de Anglería (Alción Editora, Córdoba, 2004) pone al alcance de la mano un texto complejo, que funciona como un intrincado sistema de cajas chinas que contiene no sólo la crónica del humanista italiano sobre el Nuevo Mundo, sino también referencias biográficas que dibujan una vida excepcional (un humanista milanés en las cortes de los Reyes Católicos) en medio de una época no menos excepcional. También se narran los avatares de la historia del texto original de Anglería, plagiado y tergiversado con fines políticos y económicos. Este último aspecto –que constituye una historia dentro de la historia– sostiene una apasionante narración, una suerte de novela filológica no exenta de misterios típicos del género policial.
El estudio preliminar, la traducción y las notas (es decir uno de los textos que componen la compleja trama de relatos en cajas chinas) están a cargo del filólogo italiano Stelio Cro, que realizó un cuidado seguimiento de los manuscritos de la obra a través de la historia. “La presente edición, primera absoluta en quinientos años traducida al español, restituye la legítima autoría de Pedro Mártir, siendo ésta la primera edición completa del primer libro sobre el descubrimiento de América, cuya versión primera –en latín– hiciera publicar Don Antonio de Nebrija, en Sevilla, en el año 1511, en la imprenta del impresor alemán Cromberger. Las ediciones previas, al ignorar ON11, son incompletas”, se advierte en la reciente edición de Alción. (La enigmática denominación “ON11” se refiere al texto de la edición de 1511 en la forma abreviada utilizada por los filólogos). A partir de esta advertencia, y ya desde la primera página, el lector se encuentra con un texto fundacional, que además carga con toda una historia de tergiversaciones e interesados escamoteos.
De Orbe Novo es un texto fundacional en más de un sentido: es la descripción de un mundo nuevo, desconocido, que está más allá de lo pensable y, sobre todo, de lo nombrable. Como toda crónica que describe lo absolutamente nuevo –aquello para la cual no hay palabras–, crea al poner un nombre y de esta manera devela una característica propia de la lengua, que por definición inventa lo que nombra bajo el engañoso ropaje de la descripción del objeto.
La obra de Pedro Mártir sirve de fuente de consulta para temas tan diversos como la política de los Reyes Católicos, la conquista y colonización de América (con una descripción de los aborígenes y sus costumbres, y del trato que le dispensaran los invasores hispanos) y los intrincados juegos de las cortes europeas en la lucha por la hegemonía, entre otros asuntos que incluyen la descripción de tubérculos y enfermedades.
De Orbe Novo se cuenta entre los textos que contribuyeron a construir el mito de la Edad Dorada en el Nuevo Mundo. Por esos años circulaban gran cantidad de relatos de esa naturaleza, que describían sociedades en las que no funcionaba la propiedad privada y en las que los términos “tuyo y mío” carecían de referentes.
Estos relatos formaron parte de toda una construcción mayor que a través de la imposición del nombre –y con él de toda una visión del mundo– aportó al proyecto imperial de saqueo económico las necesarias formas de apropiación simbólica. Frente al presunto comunismo de los aborígenes –una interesada construcción europea que mezcla ficción con testimonios históricos en proporciones variables– se erigió, aplastante, el afán de apropiación de los invasores cegados por el oro, impulsados a la conquista por aquel poderoso caballero que asoma, insistente, por detrás del decorado superestructural del relato de la evangelización: “Madre, yo al oro me humillo,/Él es mi amante y mi amado”, escribió Francisco de Quevedo en el siglo XVII, denunciando amargamente que el oro saqueado a través del genocidio de los pueblos de América fuera a parar a las arcas de los usureros del norte de Italia. “Nace en las Indias honrado/Donde el Mundo le acompaña;/Viene a morir en España,/Y es en Génova enterrado./Y pues quien le trae al lado/Es hermoso aunque sea fiero/Poderoso Caballero/Es Don Dinero”, dice la más famosa letrilla de Don Francisco.
En el libro segundo de De Orbe Novo, Pedro Mártir compara los monarcas de la tradición clásica europea con los reyes aborígenes: “Se enteran de que aquí hay muchos reyes, unos más poderosos que otros, como leemos que el mítico Eneas halló el Lacio dividido entre varios jefes, es decir Latino y Mesencio y Turno y Tarcón, que estaban separados por límites estrechos y las otras tierras divididas entre tiranos. Pero yo pienso que nuestros indios de la Hispaniola son más felices que aquéllos, con que acepten la religión cristiana, porque desnudos, sin pesas ni medidas, sin el mortífero dinero, viviendo en la edad dorada, sin leyes ni jueces engañosos, sin libros, contentos del estado natural, pasan la vida sin preocuparse para nada del futuro”(página 133).
Y unos ochenta años después, Miguel de Cervantes Saavedra puso en boca de su ingenioso hidalgo el mismo mito de la Edad Dorada: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque ellos el oro, que en nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino que por entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”, dice el famoso caballero ante un grupo de asombrados cabreros en el capítulo XI del Quijote. Y hay un dejo de ironía y amargura en las palabras del hidalgo. Corrían ya los primeros años del siglo XVII, los Reyes Católicos descansaban en la Catedral de Granada y la decadencia del Imperio español era evidente. Las palabras tuyo y mío se habían impuesto a sangre y fuego.

 
La lengua como instrumento imperial
1492 fue un año de éxitos imperiales: gracias al descubrimiento de Cristóbal Colón se expandieron las rutas de navegación hacia lo que sería un nuevo continente, se reconquistó la ciudad de Granada –con lo cual se aseguró la derrota definitiva de los moros– y, en ese marco, como reafirmación simbólica –a través de la palabra– de los logros imperiales de la España de los Reyes Católicos, el humanista de formación clásica Antonio de Nebrija (1444-1522) dio a luz la primera gramática de la lengua española: <Arte de la gramática castellana>. En la dedicatoria a la reina Isabel, Nebrija escribe las famosas palabras en las que relaciona la lengua con el imperio, la apropiación simbólica como apoyo y sustento de la invasión y el saqueo: “Que siempre fue la lengua compañera del imperio e de tal manera lo siguió, que juntamente comenzaron, crecieron e florecieron, e después juntamente fue la caída de entrambos”. Más de quinientos años después, cuando aquel Imperio español es sólo un recuerdo, las palabras siguen funcionando como instrumentos de dominación muy bien utilizados por los actuales centros imperiales.

Las casas dan vueltas y los hombres caminan con la cabeza
Ante el desafío de nombrar lo desconocido, el autor recurre a comparaciones con la cultura europea. En el libro décimo, Pedro Mártir describe la adoración de imágenes por parte de los aborígenes. “He aquí las cosas más notables. Adoran imágenes en público porque creen que de noche se aparecen fantasmas que los llevan a errar. Con algodón que rellenan fabrican efigies humanas sentadas que se parecen a los fantasmas nocturnos (que nuestros artistas pintan en las paredes)”(página 209). Los aborígenes denominan “zemes” a estas imágenes, que para Pedro Mártir son “simulacros”. En este mismo libro, donde se hace referencia al accionar de los hechiceros o “bouitos”, se describe un ritual sagrado de adivinación con ayuda química: “De la misma manera que los antiguos paganos pensaban en dríadas, hamadríadas, sátiros, panes y nereidas protegían las fuentes, las selvas y el mar, y a cada cosa asignaban su dios, que les sirviese de numen protector, así estos isleños juzgan que los zemes, rogados, escuchan sus deseos. Cuando los caciques los consultan para saber el éxito de una guerra, por los víveres o por la seguridad, entran a la casa dedicada a ellos, y una vez allí, absorbiendo por las narices la chohobba (así se llama una hierba que los embriaga, que también los bouitos comen para enloquecerse), enseguida comienzan a gritar, al parecerles que las casas dan vueltas y los hombres camina con la cabeza. La fuerza de ese polvo es tanta que puede enloquecer a alguien para siempre. Cuando la locura se les pasa, se quedan cabizbajos con la cabeza en las rodillas y después de estar un tiempo en esta posición empiezan a balbucir palabras sin sentido”(páginas 214-215).
Las palabras de Pedro Mártir, aunque constituyen un testimonio de segunda mano (relatos de los relatos de los hombres que volvieron de un Más Allá impensable), transmiten el asombro ante aquello que carece de nombre. Y además permiten reconstruir una imagen de Colón irremediablemente alejada de la versión escolar.
Colón aparece como un hábil navegante aventurero que se irá consumiendo en su reclamo por el oro y la gloria del descubrimiento en medio de intrigas cortesanas. Un saqueador saqueado que pudo comprobar con dolor que, tal como creían los aborígenes, hay espectros que se aparecen por las noches y son capaces de llevarlo a uno a errar, a veces hasta lugares lejanos, demasiado lejanos.

Historia/Filología. De Orbe Novo, Pedro Mártir de Anglería 
Versión y estudio de Stelio Cro
Alción, Córdoba, 2004, 217 páginas

miércoles, 15 de diciembre de 2010

amas de casa

Había una foto de la dictadura cívico-militar argentina (1976-1983) en la que se veía a una ama de casa que cruzaba una esquina porteña en la que estaban desplegados soldados con fusiles en uno de los típicos operativos patoteriles de entonces. La mujer llevaba una bolsa de los mandados y era, vagamente, una epifanía de la vida cotidiana en tiempos de la política del terror: la necesidad que se abre paso en medio de las condiciones más extremas, o la pueril seguridad de quien podría escudarse tras la bolsa de los mandados de cualquier contaminación ideológica. Quién sabe.
Foto de Antonio Scorza (AFP), 14-12-2010.

Las amas de casa siguen hoy cruzando con el único escudo de sus bolsas de mandados los retenes más feroces. Así lo prueban estas fotos tomadas respectivamente en una favela de Río de Janeiro y Atenas.
 Foto de Kostas Tsironis (AFP), 15-12-2010.

el imperio, la ficción y la historia

La primera temporada de Boardwalk Empire (acá traducida como El imperio del contrabando, doce episodios de casi una hora producidos por Martin Scorsese y escritos por Terence Winter, el padre de Los Soprano) ya terminó en Estados Unidos y culminará en HBO Argentina el domingo 26 de diciembre con el capítulo “A return to normalcy” (Regreso a la normalidad), palabras del presidente republicano electo en 1921 Warren G. Harding, que los protagonistas de la serie escuchan mientras festejan en Babette’s, el salón más exclusivo de Atlantic City, escenario principal de la tira y feudo del puntero político, gángster y tesorero municipal Nucky Thompson, encarnado por Steve Buscemi en una actuación que ya tiene aires legendarios.
No vamos a espoilear más sobre ese final. Nos queda analizar un poco toda esta inmensa trama.
 
 
 
 Día de elecciones en Atlantic City, 1921.

Hay que decir, de nuevo, que en la televisión paga norteamericana, principalmente canales como HBO —con su lema “No es televisión, es HBO”— y AMC —donde se emite Mad Men—, se han reconfigurado los conceptos de historia y ficción, primero —lo más obvio— al ofrecer un medio con mayor despliegue temporal que un film para desarrollar las tramas; luego, dando lugar a escritores que abrevan en lo mejor de la tradición literaria para desplegar situaciones y personajes. El comentario es acaso pertinente si se tiene en cuenta que Telefé levantó la emisión de la serie Caín y Abel, su gran apuesta a la ficción en la que, supuestamente, el público tendría oportunidad de ver los entretelones criminales de una familia vinculada a una gran empresa. El resultado fue un culebrón mentecato, con escenas de lascivia siempre sugerida y la irrealidad perenne de las actuaciones de Fabián Vena, Luis Brandoni y un montón de mujeres apenas lindas. Curiosamente. Al final de Caín y Abel Canal 5 emitía los viejos episodios de Los Simuladores, serie en la que Damián Szifrón también convocó a escritores —cierto que no siempre conocidos— y en la que la propuesta era siempre la ficción, no necesariamente verosímil. La abismal diferencia con el bodrio de Caín y Abel era que en esa ficción desaforada, planteada con recursos cinematográficos y guiones ajustados asoma con mucha más precisión el contexto político y social de la Argentina de principios de la década del 2000, cuando todo el sistema político y económico era visto como una simulación. En definitiva: una serie no tiene por qué informarnos sobre el presente o la historia, pero sólo puede hacerlo a condición de que no renuncie a sus requisitos formales.
Bueno, lo que queríamos decir es que la relación entre historia y ficción de Boardwalk EmpireBoardwalk Empire revisa así un particular período de los Estados Unidos, el de la hegemonía republicana, el de la Prohibición, el del nacimiento del crimen organizado. Lo que le permite la serie a Scorsese y Winter es no sólo desplegar todos estos tópicos, sino poder entrelazarlos, poder desarrollar mejor las relaciones entre el imperio incipiente —los EEUU ponían una pata en los negocios globales tras enviar un millón de soldados a la Primera Guerra y se asomaban sin saberlo al abismo del crack-up de 1929—, el crimen, la moral y la ideología. tiene larga data. Nadie ignora que la historia se escribe desde el presente y que su verdadero objeto es el futuro. Algo similar podría decirse de la ficción.
Los EEUU que nos muestra la serie, a diferencia de lo que pueden hacerlo las películas —no por nada Coppola hizo de su film El Padrino una trilogía, es decir, una serie—, es la tierra de promisión pero también de promiscuidad —y no en un sentido moral, sino político—, un crisol y un lugar en el que nada puede quedar al margen del sistema, es decir, de la acumulación de capital: todos acumulan capital en Boardwalk Empire, las mujeres lo hacen a través de la prostitución y la maternidad, los gángsters a través del contrabando, los negros adquieren derechos a cambio de votos, los jóvenes vuelven de la guerra y se convierten en asesinos. Mientras tanto, la puesta en escena subraya la presencia de los niños —todos se reproducen o buscan reproducirse en la serie, ya sea a través de críos o de acólitos y esbirros—, es decir, de quienes serán los soldados de la Segunda Guerra, la que llevará el impero a todos los rincones del orbe.
En toda esta magnífica puesta en escena, en esta impresionante representación del mundo “americano”, queda claro que nadie puede acumular capital sin ensuciarse las manos. Ni el magistral personaje de Kelly Macdonald (Margaret Schroeder: la madre irlandesa que envidua), ni el ex combatiente devenido asesino que protagoniza Michael Pitt (Jim Darmody, otro personaje para la historia), ni siquiera las damas de beneficencia que integran la liga antialcohol, quienes apoyarán el voto femenino y terminarán dando el espaldarazo a la reelección republicana.
Boardwalk Empire es el mundo antes del imperio, cuando el imperio ya conoce el camino. A diferencia de las series sobre conspiraciones, que desde los años 90 proliferan en la televisión, en esta la conspiración es transparente: cuando la acumulación de capital no puede ya continuar en la oficina contable es necesario sacar la guerra a la calle. Mientras tanto, el país se llena de mano de obra nueva: judíos, irlandeses, polacos, italianos, húngaros. En esa Babel turística que es Alantic City, de verdad en lo que hace a sus sangrientas peleas intestinas, y de pacotilla en su fachada de madera para el visitante, también podemos ver la marquesina de Hollywood, porque se sabe que no hay imperio sin circo*.





 Festejos hasta el amanecer en Babette's, sobre el boardwalk de la ciudad y contra la bahía.

* Y vale aclarar: no es que piense que Hollywood sea un circo, en el sentido progre y llano que suele dársele al término. Lo de circo, en todo caso, puesto en una nota publicada en la página donde trabajo, alude a esa necesidad del imperio de traducir en términos de imagen su expansión.

martes, 14 de diciembre de 2010

that's the way the year ends

Así es como termina el año del Bicentenario, con esa simetría degradada. Hace cien años también la Argentina recibía el aluvión inmigratorio. Lo dice el prólogo del libro que se presenta este martes en el Museo de la Ciudad, Ciudad de Rosario: la mala vida de los trabajadores inmigrantes, que erigió las chimeneas y la pujante industria vernácula fue la bandera con la que la aristocracia rosarina disfrazó sus orígenes esquivos e inciertos. Las muertes en Villa Soldati, los retenes de vecinos en Villa Lugano, que buscan detener la avanzada "boliviana", más la expansión del drama mediático a nivel nacional, traen de nuevo el aluvión al discurso. Según un cable de NA, Evo Morales pidió ayer calma a sus compatriotas en Buenos Aires. Mientras, grupos de vecinos en los que aún se distinguen los rasgos de una desfigurada clase media, montan guardia en las calles de las zonas más empobrecidas de Capital Federal, en alerta ante nuevas oleadas invasoras. Hace cien años, durante la Semana Trágica, fueron los niños bien y el lumpenaje de rigor —lo que hoy son los barrabravas— los que salieron a poner en su lugar a los inmigrantes judíos, italianos, polacos. Cabe señalar, a favor nuestro, que los muertos no llegaron aún a 700, y que se ha democratizado el protagonismo en los progroms contemporáneos.
En la primera foto, de Marcelo Capece (NA), se ve a un grupo de vecinos de Villa Lugano que custodian las calles adyacentes al predio del Complejo Deportivo Albariño, donde se produjeron serios incidentes cuando se apedrearon con los ocupantes del terreno para intentar desalojarlos.
 En la foto que sigue, de Filippo Monteforte (AFP), Silvio Berlusconi, presidente de unos italianos cada vez más eunucos, se burla de sus opositores durante una votación en el Parlamento. Su gesto, despreciable, es también el de quien domina la ignorancia y el miedo de su público.
La última es la foto de Mauricio Macri (tomada por Guillermo Viana, fotógrafo oficial), que viene a decirnos que no hay plan, que nunca lo hubo, que las clases dirigentes nunca tuvieron siquiera planes maquiavélicos, más allá de lo que aprendieron con el contador de turno.
Todas las imágenes pertenecen a este mismo día, uno de los últimos del año del Bicentenario.


lunes, 13 de diciembre de 2010

just do it


 Foto de Jesús Alcázar (AFP).

El adolescente mexicano Sergio Adrian Hernández tenía 14 años hasta el lunes 7 de junio último, cuando un agente de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos le descerrajó un tiro bajo lo que llaman “el Puente Negro” –el puente internacional Santa Fe, por donde sólo pasan trenes entre Estados Unidos y México—, en Ciudad Juárez. Según el artículo de La Jornada, el muchacho era parte de un grupo que se enfrentó a pedradas con los policías. Un video en YouTube muestra el momento del asesinato. La foto de Jesús Alcázar que volvió a poner en circulación la agencia francesa AFP hoy, entre varias imágenes bajo el lema “Latin America pays a strong tribute to its wars against drug trafficking” (Latinoamérica paga un alto precio por sus guerras contra el narcotráfico), nos muestra los pies de Sergio, las zapatillas Nike Shocks, que en los boliches exclusivos de la Argentina son un pasaporte directo a la exclusión, y que la página oficial de Nike para América latina ni siquiera ofrece en el catálogo. “Tu oportunidad. Escribe el futuro”, nos recibe la página de Nike. “Just do it”, decía antes, acá y en la China el slogan. Porque se sabe que cualquiera entiende que just do it es que hay que hacerlo, ponerse en marcha, cruzar el puente. Arrojar la piedra. Correr. Corre, Sergio, corre.

domingo, 12 de diciembre de 2010

apolo 11



En la infancia había
un porche
un pino de agujas
una calle
cuesta arriba
una noche clara
en la que mi padre
señalaba
una luciérnaga plateada
que corría
en la bóveda estrellada
“Es el Apolo 11”
me decía
y yo miraba
y corría
por el césped oscurecido
tenía
unos mocasines
de gamuza
como para pisar
la luna
tenían
una costura de cuero
tan delicada
y unos flecos
que me alaban
y un día
ya no estaban

tesoro

se convence de que el tesoro perdido
es el más maravilloso:
las manos vacías retienen
el tacto fantasmagórico
de las joyas que no tocaron

la viña

Walter Alvarez, Fernando Demarco y Hugo Lagostena recuperaron la viña nicoleña. 
Las imágenes son de W.A. y fueron tomadas de su perfil de Facebook.

sábado, 11 de diciembre de 2010

un soplo



Leo un párrafo de la Retórica especulativa, de Pascal Quignard —y debo esa lectura a Gilda Di Crosta—: "La voz humana es un soplo (psyché) sin el cual la vida es posible". Es una cita de Aristóteles —bastante intrigante e incómoda— y a mí me recuerda los poemas de Osvaldo Aguirre en Campo Albornoz. Es más, me lo recuerda mejor el recuerdo que tengo de la cita, en el que creí leer algo así como que el ejercicio estético fundamental es el que prescinde de todo sentido y se queda con el "soplo".
Es decir, Campo Albornoz [el enlace lleva a dos poemas en el blog de Aguirre] continúa con esa línea que Osvaldo desarrolla desde Las vueltas del camino (1992): unos versos escuetos que cuentan un momento, una pequeña revelación, un satori despreocupado que acontece en un paisaje que la voz narrativa-poética recupera porque de algún modo abandonó. La quema de un paraíso caído, la busca de un perro llamado General después de una tormenta en Navidad, cuando la familia estaba reunida en la casa del campo, y así. Campo Albornoz desparrama trece pinceladas sobre un territorio preciso —aunque desaparecido—: un caserío rural del departamento de Constitución en la provincia de Santa Fe. En esas pinceladas aparecen personas que acaso tuvieron su doble también en la vida real: una maestra, una mujer que erigió una capilla al lado de un camino, un hombre que sale a buscar a un perro predador. Y así.
Los pequeños detalles que diseñan esas vidas parecen ser el objetivo del dibujo que hace Osvaldo en sus poemas. Porque, tan importante como ese dibujo, esa figura que queda de unas personas perdidas en ese paraje del campo, tan importante como eso es que el relato —el poema— no se expide ni se pronuncia, no pierde su carácter de "soplo". Como en ninguno de sus otros libros, en ninguno de estos poemas hay una sola frase que nos sirva de emblema; cada frase es, antes que una cita, una huella en ese "soplo".
Dice Osvaldo en la página inicial del libro que Campo Albornoz "era el nombre de un paraje que surgió alrededor de una estancia, en el sur de la provincia de Santa Fe. La estancia fue fraccionada y desapareció, y con ella el paraje, que la cartografía no registra. Sin embargo, el nombre persistió en el habla de la gente del lugar, como un punto de referencia en el tiempo y en el espacio".
Yo no sé, pero a mí todo esto me suena muy eucarístico. Además, está ese poema —"El punto indicado"— de la mujer que levanta la capillita junto a un camino que fue, en el pasado, una ruta histórica. La mujer ha dejado a su esposo en la mesa, con la comida servida, y fue a mostrarle la capilla a unos visitantes, como si ese mostrar la capilla alimentara a su vez un tipo de "comunión" social que, como la religiosa, une la dimensión horizontal y la vertical, la historia personal y la de la comunidad.
Es decir, Campo Albornoz, que existe en el habla y la memoria, existe ahora en el libro de Osvaldo, y su recuperación, a través de ese "soplo" que son los poemas, se realiza mediante el recuerdo escriturario de las acciones más simples (comer, beber, lavarse, cazar: funciones vitales y elementales que son las que representan los sacramentos). Y es eucarísitico porque los poemas, al no expedirse, al mantenerse en sus palabras y sus frases fiel a ese "soplo" —un habla, las menciones de un lugar y una gente y las pequeñas obras hechas a un lado del camino—, nos ofrecen un banquete de micro-memorias que sólo podemos acoger como una acción de gracias: el lector y los personajes —alusiones a las personas reales— del poema, todos aquellos que se acercan a través de ese territorio de palabras, están a su vez siendo llamados a una communio que los liga.
Salir de un libro sin otra cosa que ese "soplo" que nos lleva a construir por nuestra propia cuenta las palabras que dan cuenta de nuestra lectura es, tal vez, el mayor de los méritos poéticos-literario (whatever): atravesar unas páginas como quien atraviesa un paisaje, una ciudad. 



Osvaldo Aguirre. Foto de Héctor Rio.

viernes, 10 de diciembre de 2010

poesía civil


Casarse, a esta edad, es una ofrenda. A quién o a qué, bien no lo sé. Me enteré de que Cecilia y Martín se casaban de boca de ellos, aún en el invierno de 2010, en el bar Pasaporte. El bar, en la esquina de Maipú y Urquiza, está frente al edificio de la ex Aduana, donde venía con mis padres entre mediados y fines de los 70 a tramitar la residencia definitiva en Argentina y donde, siempre, me fascinaba la escalera que, a modo de calle escalonada, une Urquiza con la avenida Belgrano. Ese casamiento, al fin y al cabo, siempre tuvo una suerte de aura de celebración de "lo civil". Sí, claro, pero también más allá de esto de la ceremonia civil que implica casarse: algo de lo que me compete como ciudadano se jugó allí, algo de la civitas me comprometía con eso. El mensaje que recibí el 7 de septiembre en mi casilla de correo electrónico, firmado por ellos dos, decía: “En un taxi, por calle Entre Ríos dirección sur, a la altura del 2100 o 2200, justo cuando pasábamos frente a un edificio llamado Islas Malvinas, hace dos meses, decidimos que ya era hora de casarnos”. El detalle de la “dirección sur”, más el del edificio que se llama “Islas Malvinas” —es decir, las islas cuya guerra sellarían definitivamente lo ganado y lo perdido por nuestra generación—, más el de esa decisión de casarse no es un dato menor: como si la ciudad misma, como si algo que habita la historia de la ciudad llevara a ese acto civil de modo irrenunciable. Y, sin embargo —porque no hay que olvidar que Martín y Cecilia tienen de algún modo un compromiso con lo que se escribe—, ahí estaba esa enunciación: liviana, portátil, adaptable al cuadro de texto del correo electrónico.
Entonces, casarse, pero también señalar que ese casorio es parte de una trama urbana, histórica, emotiva: como si el taxi, al conducir a la pareja por el escenario de la ciudad, la condujera al interior de sí misma. Me acuerdo, ahora, de aquél poema de René Char que cita Blanchot en el que alguien se asomaba a un silo como al interior de sí mismo. Uno, en ese párrafo de invitación, se asoma a algo de sí al asomarse al casamiento de esta pareja.
Y el casamiento es también este regocijo: ponerme el traje negro y la corbata finita, el perfume con el que retuve el abrazo de mi esposa, la escena esa, casi pasajera, en la que contemplo a mi esposa acomodándose un detalle del vestido frente al espejo. Es también ese momento íntimo que se expande en la ceremonia civil, que convierte a esas prendas de un lujo ocasional con las que nos encontramos en con Mariela en la habitación, antes de salir, en una suerte de uniforme, el del amor civil: la crianza de los hijos, el ganarse el pan, el espectro multiplicado de la familia.
Y la fiesta del casamiento es también eso con lo que uno puede tejer su historia: los adultos que leímos y admiramos; el padre de Martín, el de Cecilia, sus docentes, pero también sus hijos, Lisandro, Valentín, con quienes algunas vez cruzamos unas palabras que nos parecieron insuficientes, y sin embargo aquí vuelven, con el agradecimiento y la suave caricia de los jóvenes que nos recuerdan.
Pero también, la gente que conocimos a través de Cecilia y Martín, y las ciudades y la “civilidad” que ellos trajeron, como si allí, en esa boda, lo que se tejiera fuese algo más que un vínculo personal: Sergio Raimondi, autor de Poesía civil y de una mitología de Bahía Blanca, Daniel García Helder y las escenas de la periferia de Rosario, el Chacra Moreira, Nora Avaro, Gabriela Saccone, Oscar Taborda. Y, también, los compañeros de trabajo, con los que acomodamos nuestro hacer al tumulto cotidiano de la ciudad.

la máquina del placer


publicado en la revista gazpacho número 5, del cceba.

El bar La Rosa es un prostíbulo, aunque se ofrece como antro del rock, de lo exótico, templo de culto del Indio Blanco (alias de Juan Cabrera, dueño de ese y otros lugares de la noche rosarina): una moto recordaba en la entrada de la antigua sede del quilombo, frente a la Terminal de ómnibus, a su hijo muerto. Ahora, instalado en la zona de Pinchincha, a media cuadra de la ex estación Rosario Norte y en el histórico barrio prostibulario, la entrada exhibe bajo un piso de vidrio un enorme ataúd forrado de raso donde los muchachos que celebran su despedida de soltero cogen con una de las chicas mientras la concurrencia mira y alienta, o una de las bailarinas hace un show que consiste en clavarse la cruz que está sobre el féretro como si fuese un consolador. El Indio Blanco también posa en una foto gigantesca sobre una pared de vidrio, dentro del recinto, está desnudo (una sábana le cubre las bolas pero deja ver una mata de pendejos negros bajo la línea de la panza) con los brazos en cruz.
La Rosa funcionó, y aún lo hace, con el beneplácito de funcionarios políticos, judiciales, policiales, acaso unidos por una natural camaradería. Pero el Código Penal considera delito el proxenetismo, y una serie de notas periodísticas —sobre todo luego del asesinato de la dirigente sindical de meretrices Sandra Cabrera, en 2004— llamó la atención sobre este asunto y hoy hay un discreto revuelo.
Los clientes vienen de todos lados. “Ya no se ven tantos picarones jóvenes de acá”, me dice mi amigo Sebas, fotógrafo, quien vio una noche en La Rosa a Pappo —el finado Roberto Napolitano—, abrazado al staff de chicas, en calzoncillos y con un sombrero mexicano. Entrar cuesta 30 pesos; un whisky, 70. Encamarse media hora en una pieza del hotel de al lado (al que se ingresa desde el interior del bar), 100 pesos más.
El boom sojero también lleva clientes, como Tío, que deja a su familia en Bigand, se perfuma, se cuelga el bremer en los hombros y se va en la Ranger hasta el bar. “Si ves en la calle a esas minas les proponés matrimonio”, dice.
Cierto, las chicas son de primera, aunque siempre del tercer mundo: Paraguay, Dominicana, Argentina. Van casi en bolas, pero siempre con tacos. Hay algo de ritual que ordena el lugar: los tipos se desinhiben pero, para usar la descripción de Tío, sin que se les caiga el bremer de los hombros. La Rosa funciona así como una máquina de coger virtual, donde lo que importa no es tanto coger, como ser parte de un mecanismo.