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domingo, 19 de diciembre de 2010

nuevo mundo, vieja intriga


A mediados de 2004 desde editorial Alción nos llegó De Orbe Novo, un magnífico libro que reseñó Pablo Bilsky. La nota se publicó el 16 de noviembre de 2004 en las páginas de Cultura del desaparecido diario El Ciudadano & la región. La bajada decía: "Por primera vez en cinco siglos se edita en forma completa y en castellano la obra que atribuye a Colón el desembarco en América. Una trama política y económica plagió y tergiversó el texto".


por Pablo Bilsky

Donde alguna vez se erigió una magnífica mezquita, hoy un frío epitafio reza: “Al narrador de los acontecimientos de nuestra edad y del nuevo mundo hasta ahora desconocidos, Pedro Mártir, milanés, senador cesáreo, quien, habiendo dejado su tierra, participó como combatiente en la guerra de Granada, luego en la conquista de la ciudad, y fue primero canónico y luego prior de esta iglesia, el deán y el clero, al carísimo colega erigieron este sepulcro, en el año 1526”. La tumba de Pedro Mártir del Anglería (1457-1526) se erige en la Catedral de Granada, no muy lejos del lugar donde descansan los Reyes Católicos, un sitio umbroso visitado por turistas, un rincón dedicado a imponentes tumbas reales donde también están depositados los restos de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, y donde un retablo recuerda la reconquista de Granada.
Amigo de Antonio de Nebrija (autor de la primera gramática española) y de Cristóbal Colón, humanista y diplomático de destacada actuación en la corte de los Reyes Católicos, soldado e intelectual, Pedro Mártir de Anglería fue una suerte de precursor de lo que hoy se denomina periodismo, y dio a luz una descripción del Nuevo Mundo sin haber viajado nunca a las tierras descubiertas por el almirante genovés. Y es justamente este hecho lo que acerca su relato a ciertas formas de la crónica periodística actual. Pedro Mártir entrevistó a Cristóbal Colón y a otros integrantes de la expedición en España, cuando estos hombres ya habían retornado del primer viaje. Y lo hizo en medio de una serie de disputas –políticas y económicas– en la que estuvieron en juego los réditos del descubrimiento: el oro, una palabra clave en los diarios de Colón.
En este punto también puede hacerse una comparación con las actuales “operaciones periodísticas”: la crónica de Pedro Mártir lleva la impronta, y participa activamente, de la contienda entre Cristóbal Colón y Américo Vespucio por la gloria y el oro del descubrimiento.
La reciente edición de De Orbe Novo de Pedro Mártir de Anglería (Alción Editora, Córdoba, 2004) pone al alcance de la mano un texto complejo, que funciona como un intrincado sistema de cajas chinas que contiene no sólo la crónica del humanista italiano sobre el Nuevo Mundo, sino también referencias biográficas que dibujan una vida excepcional (un humanista milanés en las cortes de los Reyes Católicos) en medio de una época no menos excepcional. También se narran los avatares de la historia del texto original de Anglería, plagiado y tergiversado con fines políticos y económicos. Este último aspecto –que constituye una historia dentro de la historia– sostiene una apasionante narración, una suerte de novela filológica no exenta de misterios típicos del género policial.
El estudio preliminar, la traducción y las notas (es decir uno de los textos que componen la compleja trama de relatos en cajas chinas) están a cargo del filólogo italiano Stelio Cro, que realizó un cuidado seguimiento de los manuscritos de la obra a través de la historia. “La presente edición, primera absoluta en quinientos años traducida al español, restituye la legítima autoría de Pedro Mártir, siendo ésta la primera edición completa del primer libro sobre el descubrimiento de América, cuya versión primera –en latín– hiciera publicar Don Antonio de Nebrija, en Sevilla, en el año 1511, en la imprenta del impresor alemán Cromberger. Las ediciones previas, al ignorar ON11, son incompletas”, se advierte en la reciente edición de Alción. (La enigmática denominación “ON11” se refiere al texto de la edición de 1511 en la forma abreviada utilizada por los filólogos). A partir de esta advertencia, y ya desde la primera página, el lector se encuentra con un texto fundacional, que además carga con toda una historia de tergiversaciones e interesados escamoteos.
De Orbe Novo es un texto fundacional en más de un sentido: es la descripción de un mundo nuevo, desconocido, que está más allá de lo pensable y, sobre todo, de lo nombrable. Como toda crónica que describe lo absolutamente nuevo –aquello para la cual no hay palabras–, crea al poner un nombre y de esta manera devela una característica propia de la lengua, que por definición inventa lo que nombra bajo el engañoso ropaje de la descripción del objeto.
La obra de Pedro Mártir sirve de fuente de consulta para temas tan diversos como la política de los Reyes Católicos, la conquista y colonización de América (con una descripción de los aborígenes y sus costumbres, y del trato que le dispensaran los invasores hispanos) y los intrincados juegos de las cortes europeas en la lucha por la hegemonía, entre otros asuntos que incluyen la descripción de tubérculos y enfermedades.
De Orbe Novo se cuenta entre los textos que contribuyeron a construir el mito de la Edad Dorada en el Nuevo Mundo. Por esos años circulaban gran cantidad de relatos de esa naturaleza, que describían sociedades en las que no funcionaba la propiedad privada y en las que los términos “tuyo y mío” carecían de referentes.
Estos relatos formaron parte de toda una construcción mayor que a través de la imposición del nombre –y con él de toda una visión del mundo– aportó al proyecto imperial de saqueo económico las necesarias formas de apropiación simbólica. Frente al presunto comunismo de los aborígenes –una interesada construcción europea que mezcla ficción con testimonios históricos en proporciones variables– se erigió, aplastante, el afán de apropiación de los invasores cegados por el oro, impulsados a la conquista por aquel poderoso caballero que asoma, insistente, por detrás del decorado superestructural del relato de la evangelización: “Madre, yo al oro me humillo,/Él es mi amante y mi amado”, escribió Francisco de Quevedo en el siglo XVII, denunciando amargamente que el oro saqueado a través del genocidio de los pueblos de América fuera a parar a las arcas de los usureros del norte de Italia. “Nace en las Indias honrado/Donde el Mundo le acompaña;/Viene a morir en España,/Y es en Génova enterrado./Y pues quien le trae al lado/Es hermoso aunque sea fiero/Poderoso Caballero/Es Don Dinero”, dice la más famosa letrilla de Don Francisco.
En el libro segundo de De Orbe Novo, Pedro Mártir compara los monarcas de la tradición clásica europea con los reyes aborígenes: “Se enteran de que aquí hay muchos reyes, unos más poderosos que otros, como leemos que el mítico Eneas halló el Lacio dividido entre varios jefes, es decir Latino y Mesencio y Turno y Tarcón, que estaban separados por límites estrechos y las otras tierras divididas entre tiranos. Pero yo pienso que nuestros indios de la Hispaniola son más felices que aquéllos, con que acepten la religión cristiana, porque desnudos, sin pesas ni medidas, sin el mortífero dinero, viviendo en la edad dorada, sin leyes ni jueces engañosos, sin libros, contentos del estado natural, pasan la vida sin preocuparse para nada del futuro”(página 133).
Y unos ochenta años después, Miguel de Cervantes Saavedra puso en boca de su ingenioso hidalgo el mismo mito de la Edad Dorada: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque ellos el oro, que en nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino que por entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”, dice el famoso caballero ante un grupo de asombrados cabreros en el capítulo XI del Quijote. Y hay un dejo de ironía y amargura en las palabras del hidalgo. Corrían ya los primeros años del siglo XVII, los Reyes Católicos descansaban en la Catedral de Granada y la decadencia del Imperio español era evidente. Las palabras tuyo y mío se habían impuesto a sangre y fuego.

 
La lengua como instrumento imperial
1492 fue un año de éxitos imperiales: gracias al descubrimiento de Cristóbal Colón se expandieron las rutas de navegación hacia lo que sería un nuevo continente, se reconquistó la ciudad de Granada –con lo cual se aseguró la derrota definitiva de los moros– y, en ese marco, como reafirmación simbólica –a través de la palabra– de los logros imperiales de la España de los Reyes Católicos, el humanista de formación clásica Antonio de Nebrija (1444-1522) dio a luz la primera gramática de la lengua española: <Arte de la gramática castellana>. En la dedicatoria a la reina Isabel, Nebrija escribe las famosas palabras en las que relaciona la lengua con el imperio, la apropiación simbólica como apoyo y sustento de la invasión y el saqueo: “Que siempre fue la lengua compañera del imperio e de tal manera lo siguió, que juntamente comenzaron, crecieron e florecieron, e después juntamente fue la caída de entrambos”. Más de quinientos años después, cuando aquel Imperio español es sólo un recuerdo, las palabras siguen funcionando como instrumentos de dominación muy bien utilizados por los actuales centros imperiales.

Las casas dan vueltas y los hombres caminan con la cabeza
Ante el desafío de nombrar lo desconocido, el autor recurre a comparaciones con la cultura europea. En el libro décimo, Pedro Mártir describe la adoración de imágenes por parte de los aborígenes. “He aquí las cosas más notables. Adoran imágenes en público porque creen que de noche se aparecen fantasmas que los llevan a errar. Con algodón que rellenan fabrican efigies humanas sentadas que se parecen a los fantasmas nocturnos (que nuestros artistas pintan en las paredes)”(página 209). Los aborígenes denominan “zemes” a estas imágenes, que para Pedro Mártir son “simulacros”. En este mismo libro, donde se hace referencia al accionar de los hechiceros o “bouitos”, se describe un ritual sagrado de adivinación con ayuda química: “De la misma manera que los antiguos paganos pensaban en dríadas, hamadríadas, sátiros, panes y nereidas protegían las fuentes, las selvas y el mar, y a cada cosa asignaban su dios, que les sirviese de numen protector, así estos isleños juzgan que los zemes, rogados, escuchan sus deseos. Cuando los caciques los consultan para saber el éxito de una guerra, por los víveres o por la seguridad, entran a la casa dedicada a ellos, y una vez allí, absorbiendo por las narices la chohobba (así se llama una hierba que los embriaga, que también los bouitos comen para enloquecerse), enseguida comienzan a gritar, al parecerles que las casas dan vueltas y los hombres camina con la cabeza. La fuerza de ese polvo es tanta que puede enloquecer a alguien para siempre. Cuando la locura se les pasa, se quedan cabizbajos con la cabeza en las rodillas y después de estar un tiempo en esta posición empiezan a balbucir palabras sin sentido”(páginas 214-215).
Las palabras de Pedro Mártir, aunque constituyen un testimonio de segunda mano (relatos de los relatos de los hombres que volvieron de un Más Allá impensable), transmiten el asombro ante aquello que carece de nombre. Y además permiten reconstruir una imagen de Colón irremediablemente alejada de la versión escolar.
Colón aparece como un hábil navegante aventurero que se irá consumiendo en su reclamo por el oro y la gloria del descubrimiento en medio de intrigas cortesanas. Un saqueador saqueado que pudo comprobar con dolor que, tal como creían los aborígenes, hay espectros que se aparecen por las noches y son capaces de llevarlo a uno a errar, a veces hasta lugares lejanos, demasiado lejanos.

Historia/Filología. De Orbe Novo, Pedro Mártir de Anglería 
Versión y estudio de Stelio Cro
Alción, Córdoba, 2004, 217 páginas