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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 21 de diciembre de 2010

deseo de revolución

desde cuadernos del inadi me llega el acceso a este artículo con el que acaso podamos charlar algunas cosas cuando nos encontremos con juan manuel.

por Jean-Luc Nancy



Comienzo respondiendo directamente, para no hacer trampa: no, no estoy habitado por el deseo de revolución. Más precisamente: puedo sentir un deseo como ése, atravesándome; pero no puedo pensarlo. Sin embargo, no hay “renuncia”, ya que ustedes supondrían que la ausencia de deseo sería un renunciamiento. Al contrario, no renuncio a pensar qué hace que no pueda sentirme cómodo con esta frase: “Deseo la revolución”. Tema bien serio. Pero no se equivoquen, no estoy diciendo “¡Hablemos en serio!”, ni mucho menos juego el juego del supuesto “pensamiento único”, sometido a la “dominación”, del que habla Michel Surya. Lo serio aquí es evidentemente del orden de la gravedad. Es un asunto grave –creo que todos lo sabemos- repensar, sin reservas, la totalidad de los significados, de los postulados, de lo que está en juego en la palabra “revolución” (que incluye también un pensamiento sobre la igualdad, de eso también estamos hablando). Revolución, deseo, igualdad. Es un asunto grave aún por poco que se tenga en común con alguna “tradición revolucionaria”. Es justamente la pregunta por saber que quiere decir aquí “una tradición”: ¿qué debe transmitirse? ¿No hay primero una exigencia de no contentarse con ninguna tradición? Pero, además de revolución, deseo, igualdad, hay al menos tres cosas: justicia, sentido, verdad.
Y ahora, los detalles, que serán, lo se, discontinuos, desorganizados: eso también forma parte del estado del problema….
Su pregunta es bienvenida. En un sentido, está aquí sin cesar, alrededor de nosotros, en nosotros, inevitable. Al mismo tiempo, ya la hemos casi olvidado, o tal vez, no nos animamos a volver sobre ella. “Revolución” (como justicia, como igualdad) es una palabra que nos lastima, de un modo o de otro: ya sea que lleva la amargura de las revoluciones fallidas o traicionadas (pero también la dificultad de establecer históricamente esos conceptos: “fallido”, “traicionado”…) ya sea que mantiene un orgullo y una dignidad de la que no quisiéramos renegar, ya sea que abre fría y seriamente el abismo de una interrogación filosófica y política con la que no hemos terminado: con la que quizás recién hemos comenzado, y que no es, en última instancia, nada más que la cuestión misma de la (o de lo) “política” (“político”) hoy. De golpe, aparece la cuestión misma del “hoy”: ¿viene antes? ¿Viene después? ¿No va, no viene de alguna parte?
Paralelamente, “revolución” es una palabra herida en sí misma: rota en pedazos, entre los conceptos de vuelta atrás, de desandar, de darse vuelta, de retorno a lo mismo; los de interrupción, incluso los de erupción e inauguración y (re) fundación; más tarde los de revuelta, insurrección, levantamiento. Una violencia (¿o más de una?) está unida necesariamente a esa palabra. Pero la violencia es a su turno un término bífido: violencia justa, santa, soberana; violencia intolerable, terrorífica. Es necesaria la primera para pensar la revolución, ¿pero de donde tomar hoy su “justicia”, su “igualdad”, su “santidad”, o su “soberanía”? La igualdad, sí, ¿pero qué absoluto justificará cuál(es) violencia(s)?
Decimos entonces que su pregunta toca un punto sensible, pero a partir de una sensibilidad ella misma deformada, de la que me animo a preguntar si no se tranquiliza interpelándonos, no sin cierta brusquedad gentil, de un modo en el que, algo rústicamente, transcribo: “Entonces, ¿todavía la desea? ¡Reconózcalo! ¿Pero se volvió usted viejo? ¿Enfermo?”
Ocurre que “revolución” (ni tampoco igualdad, ni justicia) es verdaderamente el problema de su pregunta, sino más bien “deseo”. Esa palabra es la que formula la pregunta. Esa palabra hace surgir otras cuestiones. ¿Por qué “deseo” y no “interés” o “necesidad” o “proyecto”? ¿Qué le parece? Es decir: ¿Cómo piensa arrancarle desde el vamos esta palabra a la subjetividad? Ya que si le pregunto qué desea, me estoy dirigiendo a su subjetividad. Y usted sabe bien que, si yo me emociono más o menos, por momentos, con el pensamiento de Saint-Just o de Cronstadt, de Barecelona o de Mayo del 68 (que, según dicen, no fue una “revolución”) no es más que una emoción, no una reflexión.
Pero le tengo confianza: no se rebate el asunto de la subjetividad sabiendo que la emoción puede ser otra cosa que la conmoción de un alma virtuosa. Usted llama a otra cosa, con el “deseo”: sugiere que la revolución, que la igualdad, podría ocurrir ante todo en su deseo. Que el movimiento revolucionario es esencialmente el impulso que dio calor a esa palabra, fría durante mucho tiempo que es “revolución” (en el sentido geométrico/astronómico). Que todo lo que ha congelado la revolución pertenece al control, a la represión, o a la sistematización maníaca de ese impulso. Con la igualdad sucede otro tanto. ¿Pero un impulso no está destinado a acabar? Su pregunta significa también: ¿Cómo mantener un impulso que no se transforme en su propio imperialismo?
Mucho hemos girado, estos últimos veinte años, en torno a un momento inicial, un momento instituyente (“constitutivo”), imaginario, del acto revolucionario, a veces nombrado, más recientemente, como “subjetivante”.  Quiero pensar que la esencia revolucionaria está en el levantamiento: hace falta, se necesita una revolución permanente (¡Hace falta también la fiesta revolucionaria!) ¿Y si este levantamiento es, precisamente, deseo? ¿Y si el deseo es siempre deseo de un objeto ausente? ¿Nos está proponiendo renovar la “revolución”, la igualdad, como término infinito, como proceso interminable? ¿Cómo hay que entender aquí al deseo? ¿Cómo pensarlo de otra manera que tendiente hacia un objeto ausente, pero sin precipitarlo al apetito furioso de su realización: qué quiere decir hoy “tomar el poder”? O aún: ¿Qué significa “gozar” (porqué “gozar” está de ahora en más desgarrado entre un “imposible” simbólico y una saciedad sórdida)? ¿Entre una ascesis de “la ley” y las innobles violaciones “éticas”?
Retomo por otro camino, por otra definición mínima de “revolución”: el rechazo opuesto por el espíritu al mundo que lo indigna. Esta frase me incomoda: podría decir que la leo cada mañana en el diario. No cabe duda, el mundo es indignante. Es indigno del nombre de “mundo”, si ese nombre designa un espacio de vida y de sentido. Pero estamos en este mundo, en él, y con él. La pose heroica del “espíritu” me incomoda. Es demasiado espiritual, justamente. La indignación contra el curso del mundo me parece hoy un atajo confortable y bienpensante (es decir: pensar bien de uno mismo, en su indignación). Escucho demasiado el acento cristiano (preciso: cristiano europeo. Otra cosa bien diferente es el tono cristiano revolucionario en América del Sur). Vuelvo al “mundo”. Una condición para clarificar el tema es dejar de ser los contemporáneos cristianos del “mundo”: ni caritativos ni benditos. Estamos en este mundo. Hay allí un combate permanente. Nosotros inventamos -sí, fuimos nosotros- imperativos para este mundo (justicia, igualdad, ¿es necesario agregar fraternidad? ¿Hay que decir verdad?) que forman parte del mundo como imperativos: eso significa también, tal vez, como exceso absoluto de toda posibilidad de mundo. Asumir este exceso, ¿es lo mismo que querer, a través de la revolución, instalarlo como norma?
En cambio, sin dudas hay que precisar lo siguiente: la revolución ha sido siempre pensada como el cambio de un orden de dominio por un dominio inverso, teniendo este segundo dominio que producir, a su turno, el sujeto de otra historia, que se produciría ella misma como sujeto de otra historia (del hombre y del mundo). La inversión de la dominación no pudo ser disociada de la vuelta de una dominación en la otra, de un sujeto en el otro, y de una (auto) producción en la otra: es decir, de una vuelta de lo mismo a lo mismo, en el interior de un esquema general a Occidente. Sin duda, el marxismo, en todas sus formas, sufrió ese problema (a diferencia de ciertos pensamientos libertarios, anarquistas, que por cierto, sufrieron otras limitaciones). Eso significa que no hay pensamiento posible de la revolución –en caso de que esa palabra deba revivir- que a través de una revolución sobre el tema del dominio, de la producción y de la autoproducción del hombre y de su historia. Lo que no es un asunto menor… Pone en juego nuestra propia relación con el sentido (o la verdad), absolutamente.
Sin ninguna duda, hay que luchar, absolutamente: también en el pensamiento. ¿Cómo quitarle al mundo, tal como es, la exigencia de un deseo intratable sin caer en la pose quijotesca? ¿Y si comenzamos por saber aquello que, del mundo, hace ya mundo (vida y sentido)? ¿Si intentamos comprender qué le ocurre al mundo en su historia, en tanto ella se revoluciona, ella, en este momento, ante nuestros ojos –pero no necesariamente en nuestros “espíritus”? Si hay que hablar de “revolución”, ¿podemos hacerle deslizar una trascendencia oculta, un negativo del mundo que no tiene necesidad de ser religioso –que puede declararse perfectamente ateo- para ser obstinadamente, compulsivamente, eso que debemos llamar apocalíptico, con los valores de esa palabra (revelación y cataclismo, desembarco de lo absoluto)?
Para terminar, lo siguiente: si no “deseo”, tal como lo dije, en cambio intento esperar, acechar. Estar listo a asir el acontecimiento. Que éste no sea un objeto de mi representación, sino de mi acción. Como antes Hölderlin, debemos decir que estamos listos a arrojar nuestra pluma para ir a pelear Pero hay también un combate que se realiza con la pluma. Y en ese combate se compromete la calidad de la atención y de la espera.
Posdata: Mucho tiempo después, vuelvo sobre lo escrito: sí, ¡Ningún Apocalipsis! Ni revelación, ni desgarramiento de los cielos (revolución, revelación: hay una vieja complicidad). Ninguna escatología: la revolución fue siempre pensada como una escatología en el presente, como un tiempo inaugural, al mismo tiempo que final. Siempre pensada, de alguna manera, como una revancha contra un tiempo perdido, como una venganza contra el pasado del presente, contra su futuro inmediato. Una revolución siempre revulsiva en algunos aspectos, no en todos. Quizás había una única revelación: no hay nada a revelar. Única terminación: no hay ninguna terminación. Pero eso no implica ninguna resignación: si nada termina, es que todo recomienza. La “revolución” también ignora su devenir: pero ella tampoco puede existir, si se trata de de su existencia- bajo esa ignorancia: no una ceguera, sino a la inversa: la lucidez –inquieta- bajo la ceguera que pueden provocar la previsión y el programa de volverse providencia.




Tomado de la revista Lignes, París, Febrero de 2001. Número dedicado a la pregunta por el “Deseo de Revolución”. Traducción: Luciana Bata.