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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 29 de agosto de 2011

welcome to the human race

En 1996, cuando ya estaba prohibido fumar en las universidades europeas y los estudiantes no fumadores comenzaban a hacer demandas judiciales contra los docentes que se reunían a fumar extra muros con los alumnos, con el argumento de que la camaradería entre personas que compartían el vicio podía redundar en beneficios a la hora de los exámenes, en 1996, decíamos, John Carpenter estrenó Escape de Los Ángeles, en la que vuelve su personaje Snake Plissken (Kurt Russell), quien debe meterse en la ciudad de Los Ángeles, convertida en una prisión-lager cósmica a la que se deportan no sólo a los criminales, sino a los disidentes del régimen (un anticipo de los que sería la era Bush Jr.). Plissken desobedece, se hace de un arma poderosa y apaga toda la energía del mundo (lo que lleva a la civilización a empezar de cero). Al final enciende un cigarrillo (sobre el que pesa la mayor de las prohibiciones) y con la brasa aún crepitando en la pantalla oscura dice: “Bienvenidos a la raza humana”.
Fumar es malo y cualquiera lo sabe, sin embargo ha habido algo muy humano en esa elección de algo que hace mal y de eso (que visualmente tiene tantas alusiones) se ha nutrido el cine: la consumación de la espera, del acto amoroso y de las cosas que se han ido tras el humo del cigarro. Los ejemplos son inagotables. Pero nos interesa, en estos tiempos antitabaco, señalar una nueva metáfora que trae el cigarrillo.



 Tres escenas de Beneath the dark.
El film Beneath the dark (“Bajo la oscuridad”, de difícil estreno en el país y de circulación en festivales), según su director, Chad Feehan, es un homenaje a Psicosis y a El resplandor: un motel en una ruta desierta y las elecciones que debe tomar el protagonista para reparar un daño hecho en su pasado. Y, claro, hombres que fuman. Es más, fuman una marca que es una declaración: Overlook (disculpar, pasar por alto).
La serie Mad Men (2009) vino a mostrar a las nuevas generaciones lo extendido que estaba el cigarrillo en los 60 (médicos que fumaban en el consultorio, reuniones cubiertas de humo), pero más allá de estas señales casi antropológicas, es notable cómo aparece el cigarrillo, de modo lateral, en series como Breaking Bad: la esposa que debe decidir si deja a su esposo y enciende un cigarrillo en el auto, junto a su bebé, bajo la mirada condenatoria de otra automovilista; o en la serie “The Killing”: la detective que busca a su hijo adolescente y vuelve a fumar mientras hunde en el silencio sus fallas como madre y esposa.
Fumar, en las series y películas que vemos hoy día, en un mundo destabaquizado e hiperdeportivizado (que tuvo su primer hito en los festivales olímpicos de 1936, no hay que olvidarlo) es una alusión a la otra vida, no sólo a la que no fue, sino a la que aún irradia el presente con una carga tardía, no mejor ni deseable, pero sin la condena de un mandato siempre positivo, en la que los seres se rigen, antes que por una misión vital, trágica o ética, por una sanitaria.