socio

I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

domingo, 10 de junio de 2012

en manos del tiempo


Fotos tomadas del sitio de la serie en AMC.

La detective Sarah Linden vuelve a fumar en algunos de los episodios de la primera temporada de The Killing, cuando no sólo el caso que tiene entre manos parece estancarse en aguas muertas (muertas y heladas como las del lago donde hallaron el auto y, en su baúl, el cadáver de la adolescente Rosie Larsen: la intriga motriz de la serie es ¿quién mató a Rosie?), sino cuando su vida, es decir el trato con su hijo también adolescente, con el novio que la espera en otra ciudad, todo eso se viene abajo.
También fuma su compañero, el detective Stephen Holder, que viene de la división Drogas y trae de su pasado algo turbio, desprolijo. Pero Holder (Joel Kinnaman) fuma siempre: su pasado y su presente, a diferencia de ella, se debaten por dominar el tiempo detrás de la brasa encendida. El cigarrillo, como nos enseñó a verlo Guillermo Cabrera Infante en Puro humo, es una señal y acá, en The Killing (2011), versión norteamericana que cargó con los mejores premios del gremio, para la cadena AMC de la serie danesa Forbrydelsen (2007), el cigarrillo es el signo de esa otra vida que regresa para enseñar la fantasmagoría de los ausentes.

Tiempo suspendido
The Killing sigue –en su primera y segunda temporada, de 12 13 episodios cada una– el día a día de la investigación del asesinato de Rosie Larsen. En doce días, una sola muerte, en una historia ensimismada en el interior de la vida de los investigadores policiales, de la familia de la víctima y de los sospechosos principales (en la primera temporada, el candidato a intendente de Seattle, Darren Richmond, que interpreta Billy Campbell).
La puesta en escena, con escasos grandes planos generales que por lo general aparecen empañados por la neblina o la lluvia, abunda en tomas cortas, centradas en los personajes, en la escena doméstica, en el primer plano de Linden o Holder tras la ventanilla mojada del auto. Esta escenografía de la intimidad es también la de la claustrofobia, la de seres atrapados en la telaraña de un Mal que se despliega minuciosamente sobre todos aquellos que toman contacto con este único y terrible crimen. Si algo de magistral hay que celebrar en The Killing es su novedosa operación para convertir lo terrible en un mecanismo que se despliega hacia todos los rincones del tiempo, por eso el cigarrillo aparece aquí como metonimia: el pasado de cada personaje consume cada instante del presente, desde la antigua relación entre Stanley, el padre de Rosie (Brent Sexton) con el mafioso polaco Janek Kovarsky, hasta la compleja unión entre la detective Linden, obsesionada con el caso, con su hijo adolescente.
“Es el pasado que vuelve”, sí, como en el tango: los personajes se han implicado en esta trama desatada por el crimen y toda su historia está en juego. Sin embargo, en esta pieza maestra –que a todo esto la productora y guionista Veena Sud (también creadora de la original) desarrolla de acuerdo a los estándares de audiencia– en la que la escenografía es siempre un rincón de la ciudad donde siempre llueve, que recuerda a la puesta de Seven (Siete pecados capitales, David Fincher, 1995), donde no sólo la ciudad había sido reducida a la lluvia y a sus datos escenográficos mínimos, sino que también trataba sobre el Mal y su poder para reducir la vida a un único y miserable instante; sin embargo, decíamos, la temporalidad que se percibe en The Killing es mucho más shakespeariana que tanguera: hay aquí una suspensión, un estado de “avance del mundo de las tinieblas” (Thomas De Quincey) en el que se disuelve todo el cotidiano de la vida. Así, el bosque en el que asesinan a Rosie, el bosque de la isla donde está la reserva india y funciona el casino en el que la víctima fue vista por última vez; toda esa naturaleza oscura remeda el paisaje europeo en América del Norte, le da una pátina de “gótico americano”, de herencia trasplantada y sombría.


Identidad
Sarah Linden está protagonizada por la inmejorable Mireille Enos, a quien recordamos como una de las esposas del mormón polígamo en esa otra gran serie Big Love (una suerte de Los Soprano pero en clave mormona), sólo que aquí ya no hay poligamia. La libido, el deseo quedó suspendido por el crimen de Rosie, cuyas pistas sugieren un complot político con derivas hacia redes de tratas de personas, desvíos de fondos para campañas partidarias y un entramado económico entre poderosos locales. En su camino hacia el asesino, Linden deja atrás su inminente matrimonio, su hijo, su amistad con la asistente social que intervino en el pasado inmediato, cuando la obsesión de la detective con un caso anterior llevó al Estado a intervenir por el abandono del niño.
¿Qué es lo que convierte a The Killing en un whodunit (designación que daba Hitchcock con cierto desprecio a esos films que terminaban cuando se descubría al asesino) extraño, desviado?: el misterio que se instala a partir de cada punto de vista. Si hay una intriga que se establece en cada episodio con mayor hondura es la de la identidad de cada uno de estos personajes.
De este modo, The Killing es también una preciada muestra del universo de las nuevas series de televisión hechas en el norte: en las mejores (desde Boardwalk Empire, producida por Martin Scorsese y ambientada en Atlantic City en los 20, hasta Mad Men–Nueva York, una agencia de publicidad en los primeros 60– o Breaking Bad –la actualidad, en Albuquerque, donde un profesor de secundario con cáncer produce droga para dejar una herencia a su familia–) hay una intersección fundamental entre la Historia y la historia privada que vuelve a cualquier personaje un ser político.