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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 8 de noviembre de 2012

semillas suicidas


Había leído bastante sobre su novela anterior, La intemperie, que recién empecé ahora como si buscara permanecer en la atmósfera en la que me sumió La omisión, segunda novela de Gabriela Massuh, que leí con alguna demora, preguntándome a veces si no se trataba, al fin y al cabo, de una de esos coqueteos de clase con la literatura al modo en que Jauretche –según recuerdo lo poco que leí de Jauretche y porque no me acuerdo del argumento de David Viñas– habla de Beatriz Guido ("la escritora del medio pelo"). Es decir, sospeché en algunos pasajes que la autora ponía a su narradora a discurrir sobre demasiadas cosas que tienen que ver con el gusto y las preferencias de cierta clase social alta. Así como hallé otros párrafos que me desvelaron. Pero, me dije al cabo de unas páginas, ¿no son esos detalles en torno a las preferencias de una clase lo que hacen a cierto kitsch argentino? La omisión transcurre así entre varios círculos: la intimidad de una mujer mayor que enviudó hace poco y se queda sola en su coqueto departamento, con su empleada doméstica –los hijos hacen su vida, se han vuelto casi extraños–, el recuerdo y la amistad con una compañera de la facultad, la noticia de que su esposo llevaba una doble vida, la memoria de una infancia en el campo... Como veo que ha sucedido antes, La omisión vuelve a "cifrar" la política: "¿soja o infancia?", como señala María Moreno en la contratapa.
Por ahora quería citar este diálogo entre Matilde (la protagonista) y Sara, la amiga reencontrada, que, como la charla del final del libro, es maravilloso:
«—Yo sé muy bien que a los sojeros de aquí se les hace agua la boca hablando de las bondades de la sociedad del conocimiento. ¿Qué patraña es esa, de qué me están hablando? (...) Eso dicen. Yo misma lo vi por televisión a ese Soropol, Logrópoto, Porotel, Robocop o como se llame. Decía "Exportamos conocimiento a Venezuela" y se sentía Einstein. Se refería a esa semilla maldita, la terminator, esa que se suicida. Porque hay una semilla que se suicida, ¿no?
—Sí, una semilla manipulada para que no dé fruto (...).
—Mirá si no me doy cuenta de lo que pasa. Buen futuro nos espera si el conocimiento se concentra en una semilla suicida... –Matilde había empezado a divertirse–. La semilla Robocop.
—Hablando en serio, ¿sabés lo que yo pienso? –preguntó Sara.
—No, decime.
—Que la soja es la gran venganza del peronismo contra la clase ganadera tradicional.
(...)
—¿No te parece una buena idea construir un museo del futuro? –dijo Sara de pronto–. (...) Como el futuro dejó de existir, bueno sería dedicarle museos y monumentos para que las generaciones futuras se enteren de cómo era.»
Acá creemos que ese museo son las series.