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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 10 de junio de 2013

arrasar la historia



El vigésimo y último episodio de la primera temporada de la serie Revolution se emitió hace casi dos semanas (siempre en su país de origen y disponible a través de internet). Su “hermana” de género y de producción, por ponerlo de alguna manera, Falling Skies largó este domingo pasado los dos primeros episodios de la tercera temporada. La existencia de las dos tiras (la primera de la NBC, la segunda de TNT, o sea, dos cadenas que vienen un poco lerdas en esto de actualizar el formato de la ficción televisiva como fueron precursoras HBO, AMC o Fox) ha sido incapaz hasta ahora de producir el más mínimo movimiento de las partículas elementales del universo, sólo produjeron una respetable audiencia que las mantienen en el aire.
Como ya lo había señalado J.G. Ballard, en estas series futuristas de ciencia ficción (porque también hay relatos de ciencia ficción que tienen al pasado como fuente de especulaciones, como las maravillosas Crónicas marcianas o Titanic –ya expondremos nuestra teoría al respecto): es el pasado lo que está en juego en estas visiones del porvenir, es decir, nos plantean como dilema los alcances actuales de la ciencia, el atolladero ecológico, demográfico y económico con el que nos desvelan los titulares de diarios actuales.
Además, tienen entre su elenco más o menos célebre (Billy Burke, Giancarlo Esposito y Elizabeth Mitchell en Revolution; Noah Wyle en Falling Skies) algunas figuras femeninas como Tracy Spiridakos o Moon Bloodgood (de una y otra serie, respectivamente), que le permite al televidente más inquieto ver los episodios con la mano.
Las dos series, de una forma bastarda o, mejor, banal, pretenden abrevar en la Historia: en Falling Skies el protagonista es un historiador quien, como se hizo alarde en capítulos iniciales, sería el encargado de “traducir” las acciones de ciertos episodios a la doctrina histórica americana. Es decir, como historiador dotaba de un legado las nuevas batallas en las que una humanidad agazapada y en fuga en su propio planeta resiste una invasión alienígena, hallaba en esas luchas un paralelo histórico que le permitían a los guionistas jugar con los próceres de la historia. Pero todo quedó en un par de discursos en torno a invasores y luchadores de la resistencia (la trama de la serie se parece, además, a la que conocimos en El Eternauta).
En Revolution la humanidad es rehén de una conspiración que dejó sin energía eléctrica a todo el planeta y sumió, en Estados Unidos, a la población al hostigamiento de las milicias. En esta serie no hay tal pretensión en torno a la historia, porque acá la trama va hacia el enigma en torno a quién o qué creó el apagón, lo que deriva en una red de complots que en los últimos episodios alcanzan ribetes absurdos y, lamentablemente, están lejos de provocar risa. Pero aún en su pobreza, hay que decir que en Revolution –es decir, en su trama– se entendió esto: que la gran fantasía del capitalismo es poder llevar a la Historia a su grado cero a partir de la técnica, es decir, que la tecnología que permite al capital reproducirse y expandirse, podría también borrar la Historia, borrar ese horizonte que permitiría a los hombres emanciparse al elegir sus herramientas para erigir un mundo digno de ser vivido.
Revolution, además, era más promisoria: sus capítulos iniciales se habían rodado en la ciudad fantasma de Prypiat, Ucrania, abandonada hace 27 años cuando la hecatombe nuclear de Chernobyl, es decir, la escena de un fin de mundo: el de la tecnología nuclear como fuente de energía y poder. Lo que creímos ver en esas imágenes de los parques de diversión abandonados y los edificios de ventanas vacías devorados por las enredaderas era un final reciente, cercano y, a la vez, un punto de partida. 
En los dos casos, por ineptitud, pobreza o pereza de los guionistas –y de los productores: Steven Spielberg, que no parece haber aprendido de su fracaso con Terra Nova, está al frente de Falling Skies; J.J. Abrams, que aún sigue buscando la isla perdida de Lost, comanda Revolution–, eso que llamamos la historia, el ingreso de lo político en la trama, se escabulle siempre. Tal vez porque en ambos casos las premisas épicas (salvar la humanidad, encender el mundo) con las que se desarrollan las acciones, son incapaces de hacernos ver el pequeño mundo doméstico sobre el que se construyen las grandes tragedias. Por algo las mejores series de los último años renunciaron a esos titánicos actos salvíficos y se dedicaron a mostrarnos, por ejemplo, las microdecisiones de un hombre que se mueve entre la cocina de su casa en un suburbio de Albuquerque (Breaking Bad) y la cocina de metanfetamina que ha montado en un tráiler junto a un ex alumno de la secundaria donde da clases de Química. Y todo para sostener un sueño americano intrascendente: pagar su casa, enviar a su hijo a la universidad, mantener a su esposa satisfecha. En otras palabras, quien quiera escrutar la historia más vale que se meta en el living de la vapuleada clase media.

En fin.