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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 2 de noviembre de 2009

la anunciación

Rosario – Cruz Alta. 1995

El 16 de agosto de 1992 invertí 18 pesos en la compra de Introducción a la vida angélica, de Eugenio D’Ors, en la ya desaparecida librería Trieste, en la galería del bar Remember. Tres años después, un viernes de principios de agosto de 1995, repasé páginas de ese libro al volver de Cruz Alta, donde daba clases de cine en el colegio secundario Santa Juana de Arco.
“Los Ángeles del Señor —citaba D’Ors—,
Que Jacob vido en escala,
No bajan en un volar
Magüer que posean alas.
No bajan volando, no.
Peldaño a peldaño bajan”. Cada cual construye su ángel, recuerdo que predicaba D’Ors en su libro, y también usaba el término “personalidad” y “diálogo” para referirse a esa compañía extramundana que podía caer y arrastrarnos o ser nuestra guarda. Pero yo había vuelto sobre esas páginas no debido a los vaivenes de mi trato intelectual con el Absoluto, sino al encuentro que había tenido la plomiza mañana del viernes 4 de agosto de 1995 en el ómnibus que me llevaba a Cruz Alta. A ese encuentro suelo atribuir la concepción de mi primera hija. Al viaje a Cruz Alta, en el límite entre Santa Fe y Córdoba, atribuyo también un descubrimiento pequeño acerca de la vida y la obra literaria; un hallazgo acaso trivial con el que me digo cosas que ya entenderé y son tal vez el motivo último de estas líneas.

Asiento 33
Aquella mañana de agosto de 1995, con el cielo resplandeciente y gris y el aire enrarecido por la lluvia de la noche, subí al ómnibus a eso de las 7 y 10 con los pasajes comprados la noche anterior en la Terminal. El asiento 33, el de la ventanilla, estaba ocupado por una mujer joven, de la que no vi sino su hijo, una criatura acurrucada en sus brazos que parecía todo lo que esa mujer tenía para mostrar o, mejor, parecía ser todo lo que hasta ese momento estaba dispuesto a ver.
El viaje de media distancia, frecuente, de rutina, como el que hacía entonces a Cruz Alta o San Nicolás, funcionaba de alguna manera como una suspensión. Algo quedaba para mí en suspenso entonces, algo que era mío a condición de perderlo: lo que era trastabillaba, se debilitaba como el paisaje que transcurría frente a la ventanilla. No significa que no sabía quién era, sino que, precisamente, era como hundir el dedo en eso con lo que subía al ómnibus y notar su espesor más blando, o su falta de espesor. De repente, leyendo un libro, escuchando música —por lo general extranjera, por lo general country, que es la dimensión angélica de la música popular—, mi ángel, ese diálogo con el que me había hecho en tierra firme a mí mismo, se convertía en fantasma y lo que yo era saltaba de una morada a otra del camino que seguía el ómnibus y lo que me volvía, en la forzosa soledad de la butaca, era la melancolía de esas vidas que se deshilachaban en la ventanilla antes de ser vividas. Eso: el viaje era el lugar, el momento en el que me encontraba con mi extranjería como quien se encuentra con la novia o la niñera de la infancia.
Así que esa mañana, a contramano de mis hábitos, decidí sentarme al lado de la mujer con su crío. El gurisito me recibió con un estiramiento de sus piernas, cosa que recibí como una patada, y otra. Y, de inmediato, la excusa de la madre. Y, lo más extraño, mi respuesta: que no, no me molestaba en absoluto. Y más raro aún: no me molestaba en absoluto que el bebé improvisara una caminata lunar sobre mis pantalones de corderoy color caqui que había pagado en Rholand siete u ocho veces más caros que el libro de D’Ors. Antes de salir de Rosario, mientras el cielo de acero echaba un brillo pálido sobre el rancherío de avenida Godoy, habíamos entablado una conversación con la madre. Tenía la edad de algunas de mis alumnas en Cruz Alta: diecisiete años. Había tenido a su hijo en Buenos Aires hacía un año, a los dieciséis. “No recuerdo cómo era mi vida antes de que él naciera”, recuerdo que dijo. Y recuerdo muy bien cómo me trató cuando argüí que no, que los niños no eran para mí, que pese a pisar los diez años de noviazgo eso de tener hijos... bueno. Y ella, cuyo nombre no anoté, hizo un gesto con la mano, terminó de disolver los fragmentos de la estúpida vulgata que acababa de desembozar y me retó como si el adolescente fuera yo, como si hasta entonces hubiese perdido el tiempo y tratara de excusarme. “Creo que vale la pena ser padre”, dijo. Sus frases eran sencillas, acaso porque no buscaba decirlas, sino hablar de eso que era ella en ese viaje: poco más que una niña con un bebé en brazos. Una niña que viajaba hasta Arequito a enseñarles su hijo a sus padres, que no habían querido, no habían podido, no habían ido a Buenos Aires a conocer a su nieto. Él, su esposo, su pareja, era de San Nicolás, y allá había quedado, en la primera posta de un viaje que habían emprendido los tres. Apenas recuerdo la larga conversación durante los 90 kilómetros del trayecto. Pero me acuerdo, sí, que la ayudé con un cochecito y un bolso que bajé hasta la banquina embarrada. Recuerdo haberle dicho al chofer que me esperase y recuerdo la boca abierta del ómnibus, con su tufo cálido y adormecido, esperándome a mis espaldas mientras dejaba en el piso los bártulos y ella oteaba el camino rural donde una camioneta venía a buscarla. “Peldaño a peldaño”, como en la cita de D’Ors, mi hija nació casi un año más tarde, el 12 de julio de 1996.

Ruta 92
Visto que no era descabellado que mis clases de cine en Cruz Alta incluyeran una parte práctica, y como práctica había adquirido hacía cinco años atrás, trabajando de realizador en un canal de cable de San Nicolás, propuse a una alumna que vivía en San José de la Esquina (a 30 kilómetros) visitar la casa natal de Ezequiel Martínez Estrada y ver si podíamos hacer algo así como un cortometraje documental. Averiguaría, me dijo; su tía era la jueza de Paz de San José, su familia estaba vinculada a la vida política y social del pueblo desde hacía al menos tres generaciones.
El viernes siguiente, un radiante día de septiembre, después de almorzar en la casa de la directora del colegio, subí a uno de los ómnibus que hacían el recorrido de Laboulaye a Rosario, pasaban por Cruz Alta y hacían escala en San José de la Esquina, en la ruta 92. Mi idea era tanto visitar la casa de Martínez Estrada como caminar esas calles que veía todos los viernes envuelto en el sopor del viaje, meterme en su luz, transitar su aire ajeno dopado por las visiones remotamente familiares que había tenido desde la ventanilla.
Fernanda, mi alumna, me interceptó en la parada del ómnibus y no recuerdo bien por qué cuestiones de itinerario, pasamos por su casa, una mole que recuerdo marrón y pálida, de techos altos, cuya disposición original había mutado con el tiempo. En un rincón de la cocina comedor había un lavarropas de tambor con la ropa apilada encima de la tapa y en la mesa, el hermano menor hacía la tarea. El aroma del detergente se mezclaba con el de la viruta de unos lápices de colores recién afilados. El niño alzó la vista de su carpeta, saludó e hizo temblar un lápiz rojo en el aire. Más allá, sobre una mesa de televisor cargada de revistas, estaba la mochila de mi alumna: unas carpetas asomaban a través del cierre abierto. De repente, esa visión que había acariciado desde la ventanilla, la del pueblo fantasmagórico, hundido en su halo de película inconclusa, cristalizaba en esos souvenirs escolares.
En el Juzgado de Paz, la tía de Fernanda nos atendió enseguida, en medio de un ruidoso trajín de oficina. “Martínez Estrada —dijo la mujer—, no, no lo conozco. ¿Hace mucho que se fue del pueblo?” Mi explicación: la envergadura del personaje, el poco tiempo que había vivido ahí antes de que sus padres se lo llevaran, a los doce años, hacia Buenos Aires; el carácter de algún modo simbólico de la busca que encarábamos con su sobrina, no hicieron más que desconcertar a la jueza, que demoraba el ingreso de una empleada en pos de entender de qué trataba aquella convocatoria.
Cuando salimos, Fernanda se rió de su tía y me dijo que no importaba, que había preguntado, que fuésemos hacia una calle que debo haber anotado en algún lado. Allí había una carpintería, donde nos atendió un hombre de unos 40 años, rubio, la ropa empolvada de aserrín, las manos ásperas y los ojos celestes encendidos sobre la sonrisa. “Todos me dijeron que esa es la casa”, dijo. “Todos” eran otros vecinos, gente vieja, su padre, que también era carpintero y era amigo de Martínez Raymonda, un político vernáculo. Pero la casa natal de Martínez Estrada era ahora el depósito de la carpintería. Las galerías que daban al patio cobijaban tablones y muebles lijados, a medio desarmar.
“Ve, ahí está el tapial con vidrios de botellas del poema”, dijo el carpintero. Y era cierto, no lo del “tapial erizado con vidrios de botella” (como dice el verso de Martínez Estrada) que, de haber existido fuera de la imaginación del poeta, habría sido avistado entre 1896 y 1907. Lo que era cierto es que hay un poema, “San José de la Esquina”, en el libro «Argentina» (1927), donde también menciona una ventana, unas rejas y la luna detrás. Pero el tapial que tuve enfrente aquél mediodía de septiembre de 1995 tenía unos culos filosos de tubos de ginebra, Crush y Agua Cunnington, y los ladrillos desnudos, unidos por telarañas y sombreados por un níspero.
“¡Ah, para siempre inmóviles recuerdos tan remotos
que no sé si son míos, si ciertos o de fiebre!”, escribe Martínez Estrada en su poema. “Peldaño a peldaño” subí al ómnibus que me devolvió a Rosario. Y descendí con aquellos vidrios que miraban al cielo incandescente clavados en ese pequeño recuerdo. También las obras más grandes y fascinantes parten de esa discreta incertidumbre de haber estado, haber visto sin ver, haber partido.

Una versión reducida de esta crónica se publicó en el número 3 de la revista Transatlántico (verano de 2008), del CCPE.