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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 8 de diciembre de 2009

el cazador en su ermita


hacer cinco años, a principios de enero de 2004, escribí esta nota y la publiqué en las páginas de cultura que editaba en el desaparecido diario el ciudadano & la región. a la semana me llegó un misterioso correo electrónico que ya no encuentro (acaso llegó a la casilla de elciudadano.net, cuyo servidor fue dado de baja) en el que un anónimo sujeto me decía que tenía datos y pruebas que aseguraban que j.d. salinger vivía recluido en pergamino o junín, buenos aires. respondí, como corresponde, quise saber más, pero no volví a obtener respuesta. ahora salinger tendrá 90 años y refloto esa nota.


“Si de veras querés que te lo cuente, lo que probablemente querrás saber primero es dónde nací, cómo fue mi infancia miserable, de qué se ocupaba mi padre antes de que yo naciera, en fin, toda esa cháchara estilo David Copperfield; pero, para hablar con franqueza, no me siento con ganas de mencionar esas cosas”.  
Así, con las mismas palabras con las que se inaugura la novela El cazador en el centeno, podría haber comenzado su largo relato Margaret Salinger, hija de J.D. Salinger, el escritor que el próximo 30 de diciembre cumplirá 90 años y que junto con Thomas Pynchon se ha transformado en el ermitaño más célebre de las letras norteamericanas. Margaret le había comunicado a su padre, hace como veinte años o más, que estaba embarazada. Su progenitor, en alguna de las habitaciones de la casa de campo en Cornish, New Hampshire, en la aristocrática Nueva Inglaterra (sobre el East Coast de Estados Unidos), en la que el escritor vive recluido desde hace casi cincuenta años, le espetó entonces que mejor abortara.  
Salinger, quien según las confesiones de una de sus ex esposas y la de su propia hija, ha sentido siempre una religiosa repulsión hacia el sexo y los retorcidos placeres de la carne (aquello que en la inolvidable definición de san Pablo engendra la muerte en la vida), vivió la maternidad de su segunda esposa con gran desagrado y se desembozó con desparpajo ante su hija diciéndole que era asqueroso ver la transformación de su cuerpo. La muchacha le preguntó entonces cómo se le ocurría sugerirle que matara a su niño, a lo que el involuntario abuelo, padre a su vez de una literatura que tiene a los niños y los jóvenes en el centro de la escena, contestó con una retórica aprendida en el oficio de la escritura: “Bueno, «matar» –dijo, más o menos el celebrado autor–, es tal vez una palabra demasiado dramática. Sólo estoy diciendo lo que diría cualquier padre de una hija en tu situación”. De acuerdo al testimonio de Margaret en Dream Catcher (cazador de sueños, según la traducción literal, que también juega con el título de la única novela publicada de Salinger: The catcher in the rye: el cazador en el centeno), fue esa conversación la que la convenció de publicar el libro, hace unos cuatro años, en el que levantaba la cortina de silencio que el hombre había erigido en torno a su vida privada. “En ese momento sentí derrumbarse mi sueño de un papá perfecto. Empecé a darme cuenta de que papá, no obstante su talento, no era ni bueno ni malo. Mi padre me había enseñado que hay que avergonzarse profundamente de cualquier imperfección. Vencer, ser de primera calidad, tener genio creativo, eran las únicas cosas que contaban. Pero con este libro quiero que él sepa que existe un justo medio entre perfección y destrucción, entre paraíso e infierno. Quiero que un día él logre decirle a un amigo, a una amante o a un hijo: «No estoy de acuerdo con todo lo que haces pero de todas maneras te amo». Sin embargo, mi padre no es capaz de eso”. Pese al pesimismo de la buena de Margaret, al menos puede decirse a favor de Salinger que supo inculcarle algunos valores a su niña.


La saga del soldado. Como Mark Twain, otro norteamericano creador de novelas iniciáticas, Salinger pudo haber proclamado que su educación fue muy buena hasta que la interrumpió la universidad. Tres veces desertor de carreras universitarias, el escritor, nacido en Nueva York (la ciudad de todas sus ficciones) el 1° de enero de 1919, se alistó en el ejército ni bien comenzaban los 40 y participó del desembarco de las tropas aliadas en Normandía durante la Segunda Guerra. De su paso por el viejo continente trajo a Sylvia, su primera esposa pero, sobre todo, el recuerdo de su encuentro con Ernest Hemingway, de cuyo Nick Adams tomaría la idea de una saga de relatos en los que los personajes se repiten y saltan de un momento a otro de su historia que el lector deberá reconstruir una vez concluida la lectura, en retrospectiva, en una “segunda mirada”, como gustaban calificar los románticos. De este procedimiento, que se remonta también a William Faulkner, a Juan Carlos Onetti, y hasta a un premio Nobel colombiano, surgirían las narraciones que tienen como protagonistas (centrales o tangenciales) a siete hermanos, Seymour, Franny, Zooey, Boo Boo y Buddy entre los más importantes, hijos del matrimonio Glass, dos comediantes retirados.  
En 1951, luego de que Salinger publicara varios cuentos en la revista The New Yorker, la editorial Little, Brown and Company distribuyó en Estados Unidos El cazador en el centeno (traducido también como El cazador oculto), que narra los tres días y las tres noches alucinadas de Holden Caufield, un adolescente que luego de ser expulsado de la escuela deambula por las calles de Nueva York, su ciudad, espiaba su casa y sus padres y mantenía una no menos alucinada conversación con su hermana menor Phoebe. Como bien lo expuso el escritor y ensayista Carlos Gamerro en el desaparecido suplemento de Cultura del diario Clarín al referirse a El cazador en el centeno: “Los jóvenes —los adolescentes, los teenagers— no existieron desde siempre y en todas partes: su invención es reciente, tuvo lugar en los Estados Unidos, y en los años 50. (...) Hace 50 años, los jóvenes tomaron la cultura por asalto. Lo hicieron en distintos frentes y con distintos liderazgos: en el cine con James Dean, en la música con Elvis Presley y en la literatura con J.D. Salinger”. 
Seymour, el sensible y emblemático personaje creado por Salinger y presentado en el primero de los Nueve cuentos (1953), “Un día perfecto para el pez banana”, en el que asistimos a su suicidio, le lee a su hermana Franny en Levantad carpinteros la viga del tejado (1963) un cuento taoísta acerca de un hombre que a pedido del rey y recomendado por un amigo elige un caballo por sus dones espirituales y se gana las sospechas del monarca porque ni siquiera repara en el aspecto del matungo. Según la cronología de la ficción, Seymour contaba 17 años en ese entonces y Franny, apenas 10 meses. Salinger dedicó Levantad carpinteros, acaso uno de los mejores relatos de la serie, a su esposa y sus hijos y narra el reencuentro de la familia Glass durante el casamiento de Seymour y postula con maestría la marca Salinger: hechos ordinarios observados en ese fragmento pleno de luz solar que se cuela en los resquicios y revela, en el polvillo que flota en el aire, un milagro cotidiano, como prefería el no menos místico Léon Bloy. En todas estas narraciones (de las que “El tío Wiggily en Connecticut”, en Nueve cuentos, es acaso otra de las piezas más acabadas) los protagonistas están siempre próximos a esa edad dorada que trae la infancia. Es probable que la moraleja de ese relato taoísta haya sido la que buscó siempre Salinger para su vida y su obra, antes que la que se desprende del periplo de Holden Caufield en Nueva York, donde el personaje declara: “Lo que me impresiona de veras es un libro que, al terminar de leerlo, nos haga desear que su autor fuera un estupendo amigo nuestro, a quien pudiésemos telefonear cuando nos viniera en gana”.


Lectura para magnicidas. El 8 de diciembre de 1980, Mark David Chapman, como él mismo declaró, le puso “el último clavo al ataúd de los 60” cuando mató a tiros a John Lennon. En el juicio en el que se lo condenó de por vida el asesino se defendió invocando a Salinger: “Como Holden Cauldfield –dijo entonces–, estoy en una cruzada contra la hipocresía”. La noche del crimen Chapman fue atrapado con el arma homicida y El cazador en el centeno entre sus pertenencias.  
Un año más tarde, John Hinckley saltó a la fama luego de herir al entonces presidente de los Estados Unidos de América, Ronald Reagan. Mientras un ahora difunto presentador de la televisión vernácula (cuyo nombre no merece ser recordado) anunciaba: “En Argentina no matamos a nuestros presidentes”, la pantalla mostraba un ejército de trajeados agentes del Servicio Secreto sacando de la nada armas largas como en el Inspector Ardilla y abalanzándose sobre la figura de Hinckley quien, más tarde, al ser interrogado por el atentado, respondió con la última frase de El cazador: “Nunca le cuentes nada a nadie. Si lo haces, empezarás a perder a todo el mundo”. 
Para ese entonces Salinger llevaba dieciséis años de reclusión en Cornish, un pueblito de unos 1.700 habitantes convertido en centro de peregrinación de los devotos del escritor. En 1974 había concedido su última entrevista telefónica, en la que afirmaba que escribía como poseso todos los santos días e insistía en que no quería ver alterada su privacidad, al punto que ni la mismísima Jacqueline Kennedy logró casi diez años antes convencerlo de asistir a una velada en la Casa Blanca. 
La única que logró cruzar durante un tiempo el cerco y convivir con Salinger en la casa fue la periodista y escritora Joyce Maynard, quien a los 19 años, en 1972, y tras escribir un artículo sobre la obra del autor, recibió una carta del mismo Salinger que fue su salvoconducto para ingresar en su vida. De esa relación nacería un libro, cuando ya los lazos amorosos se habían disuelto, en 1998: At Home in the World (Como en casa en el mundo), donde la mujer, que en 1999 ofreció a la casa londinense Sothebys las cartas de amor que intercambiara Salinger con ella, describía la intimidad del escritor. Acaso también el FBI haya encontrado la forma de llegar a la casa de Cornish cuando entrados los 90 voces anónimas señalaron a Salinger como el criminal más buscado del país: el Unabomber.



Parte de la religión. Budista, taoísta, místico cristiano, como en varios pasajes de Franny y Zooey (1961), la obra de Jerome David Salinger no parece la de un escritor judío. Sin embargo, según sus biógrafos, el aroma del queso kosher que vendía su padre en Nueva York lo acompañaba no sin desagrado a través de ficciones protagonizadas por una sensible y aristocrática clase media alta. No pocos insisten en que el autor guardó siempre distancia de sus orígenes y ven en su casamiento con Sylvia casi un síntoma de este asunto: la mujer había sido una antigua colaboradora de los nazis en Francia, donde no era raro encontrar personas dispuestas a colaborar con el invasor durante la ocupación.    
En todos estos años Salinger mantuvo en cambio su fidelidad a sus personajes, exigiendo bajo contrato que ninguna de sus narraciones sea llevada al cine (rechazó en su momento una oferta del mismo Elia Kazan para filmar El cazador) y que las editoriales que publican sus libros no incluyan ilustración alguna en la tapa. No obstante, hace un año la cadena de televisión británica BBC decidió recrear la escena principal de esa novela para un programa que ubicó al libro entre los más vendidos. Desde Cornish, la respuesta no se hizo esperar y la BBC recibió una demanda millonaria. Mientras tanto, la editorial catalana Edhasa, nuevamente activa, anunció en estos días la edición en castellano de los cinco libros conocidos de Salinger: El cazador, Nueve cuentos, Franny y Zooey, Levantad carpinteros y Seymour, una introducción (1963), que en el país distribuyeron Sudamericana y Alianza. De acuerdo a las prescripciones legales de Salinger, cabe esperar que los libros se conozcan sin ilustraciones de portada, sin fotos del autor (la última que le tomaron muestra a un hombre canoso descerrajando un puñetazo a la cámara), sin resúmenes biográficos ni comentarios críticos. Una de las cláusulas exigidas por el escritor prohibe a los editores calificar a él o a su obra como “clásicos”. Sin embargo, una desacatada contratapa de El cazador publicado por la Compañía General Fabril Editora en Buenos Aires en 1989 recoge esta frase de Salinger: “Sé que muchos de mis amigos se entristecerán o escandalizarán ante ciertos capítulos de El cazador en el centeno. Algunos de mis mejores amigos son niños. Es más, todos mis mejores amigos son niños. Y resulta totalmente intolerable para mí saber que este libro será guardado en un estante fuera de su alcance”. La novela, de lectura obligatoria en los colegios norteamericanos, no parece correr esa suerte, aunque muchos hubiéramos preferido que Chapman no llegase nunca a ese estante.