socio
"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).
viernes, 8 de junio de 2012
cultura y capital
Clarísima esta entrada de E.M. Martínez en el que analiza cultura y capital, una inmejorable lectura de los que nos decía Marcuse en Acerca del carácter afirmativo de la cultura. Escribe: "La cultura de una comunidad no es otra cosa
que el conjunto de comportamientos que le permiten adaptarse al entorno y con
ellos encontrar una manera de sobrevivir y, en ocasiones, de ser exitosos, de
aspirar de manera autónoma a una vida mejor. Es decir: la naturaleza, la
relación con otros pueblos, la división de trabajo y capacidad económica al
interior de la sociedad, determinan escenarios en que se instalan las conductas
con que cada ciudadano se adapta o en el mejor de los casos, cree que la pelea". Acá completa.
martes, 5 de junio de 2012
pasear el perro
Suena el teléfono a las nueve menos cinco y, para que no se despierte nadie y seguir acá en la máquina, atiendo. Es Ana María Ilari: su saludo es en realidad la continuación de otra charla, no importa si la recordamos, recordamos el hilo, el eco de la charla en la charla y seguimos.
Me habla de una actividad que dará este miércoles en el CCBR, para empezar. Me dice que el título de la actividad (pensada para padres de adolescentes y organizada por psicólogas) es "Mandame un mensajito". Le pregunto si el título es suyo. Claro, ¿de quién si no? Le menciono Loser, de Robertita, le digo que tiene que leer esa novela. Toma nota (Ana María no usa correo electrónico ni busca las cosas en gúguel y me dice, entre otras cosas que se refieren específicamente a este tema, que se escribió con Julia Kristeva luego de que la encontrara en noviembre pasado en Buenos Aires: se escribieron cartas, en papel y por correo postal). Sigue la charla sobre la charla en el CCBR: "Hay tanta reflexión sobre la adolescencia y no dejan a los adolescentes transitar por sus cuestiones con liviandad", me dice. Y también: que hay tanto odio (es decir, contra los adolescentes, acusados de dorgadictos, de perdidos, de molestos). Y esta cosa de los mensajitos: "Tiene que ver con la cuestión de los teléfonos, viste –me dice–, que están todo el tiempo armando redes (sociales), mandándose mensajes, como lo que pasó en Egipto, ¿no?, que se juntaron no sé cuántos miles de personas en una plaza a través de las redes sociales pero después no saben qué hacer. Loas adolescentes lo mismo, se mensajean todo el día, entre muchos chicos, pero después no pueden nunca encontrarse". Y me dice: "N hay nunca acontecimiento". Y entiendo: no sucede el acontecimiento, eso que desborda al sujeto que domina la escena, que se convierte en suceso precisamente porque no hay "mensaje" sobre ello (no en vano Facebook –en su carrera de degradación de la experiencia en la web– ofrece entre sus aplicaciones la de "crear un suceso", es decir, informar sobre una actividad y convocar contactos: como si los sucesos pudieran "crearse"), porque su suceder requiere siempre anticiparse al mensaje. Pero también, como escribe Ana María en su recuerdo del encuentro con Kristeva, el suceso o el acontecimiento como la "oportunidad de la palabra".
Y me cuenta, al teléfono, que sigue saliendo a pasar su perro a la hora de la salida de las escuelas secundarias, precisamente para escuchar a los adolescentes: la esconden el perro y la edad, la disfrazan entre los grupos que salen desaforados de la técnica, como me cuenta. Tras la correa de un perro que no habla, Ana María escucha esos crudos cruces entre los pibes y las chicas e interviene a veces, generando por lo general risa y sorpresa (una chica le dice a un compañero si no quiere ir a tomar una coca cola. Él: "Pero por qué no te vas a la concha de la lora". Y Ana María: "Eh, si eso le respondés porque te invitó a tomar una coca qué le vas a decir cuando te invite a tomar un whisky"), generando una "oportnidad de la palabra".
Me habla de una actividad que dará este miércoles en el CCBR, para empezar. Me dice que el título de la actividad (pensada para padres de adolescentes y organizada por psicólogas) es "Mandame un mensajito". Le pregunto si el título es suyo. Claro, ¿de quién si no? Le menciono Loser, de Robertita, le digo que tiene que leer esa novela. Toma nota (Ana María no usa correo electrónico ni busca las cosas en gúguel y me dice, entre otras cosas que se refieren específicamente a este tema, que se escribió con Julia Kristeva luego de que la encontrara en noviembre pasado en Buenos Aires: se escribieron cartas, en papel y por correo postal). Sigue la charla sobre la charla en el CCBR: "Hay tanta reflexión sobre la adolescencia y no dejan a los adolescentes transitar por sus cuestiones con liviandad", me dice. Y también: que hay tanto odio (es decir, contra los adolescentes, acusados de dorgadictos, de perdidos, de molestos). Y esta cosa de los mensajitos: "Tiene que ver con la cuestión de los teléfonos, viste –me dice–, que están todo el tiempo armando redes (sociales), mandándose mensajes, como lo que pasó en Egipto, ¿no?, que se juntaron no sé cuántos miles de personas en una plaza a través de las redes sociales pero después no saben qué hacer. Loas adolescentes lo mismo, se mensajean todo el día, entre muchos chicos, pero después no pueden nunca encontrarse". Y me dice: "N hay nunca acontecimiento". Y entiendo: no sucede el acontecimiento, eso que desborda al sujeto que domina la escena, que se convierte en suceso precisamente porque no hay "mensaje" sobre ello (no en vano Facebook –en su carrera de degradación de la experiencia en la web– ofrece entre sus aplicaciones la de "crear un suceso", es decir, informar sobre una actividad y convocar contactos: como si los sucesos pudieran "crearse"), porque su suceder requiere siempre anticiparse al mensaje. Pero también, como escribe Ana María en su recuerdo del encuentro con Kristeva, el suceso o el acontecimiento como la "oportunidad de la palabra".
Y me cuenta, al teléfono, que sigue saliendo a pasar su perro a la hora de la salida de las escuelas secundarias, precisamente para escuchar a los adolescentes: la esconden el perro y la edad, la disfrazan entre los grupos que salen desaforados de la técnica, como me cuenta. Tras la correa de un perro que no habla, Ana María escucha esos crudos cruces entre los pibes y las chicas e interviene a veces, generando por lo general risa y sorpresa (una chica le dice a un compañero si no quiere ir a tomar una coca cola. Él: "Pero por qué no te vas a la concha de la lora". Y Ana María: "Eh, si eso le respondés porque te invitó a tomar una coca qué le vas a decir cuando te invite a tomar un whisky"), generando una "oportnidad de la palabra".
lunes, 4 de junio de 2012
"todos somos delincuentes"
para Cruz del Sur
Al final, cuando el grabador del teléfono ya está apagado, Beatriz Busaniche, que participó hace tres
semanas del Festival
de Arte & Tecnología 404, en Rosario, y dio una charla en la Facultad
de Humanidades y Artes, habla del primer episodio de la miniserie inglesa Black
Mirror (2011, sólo accesible a través de internet), ese en el que
secuestran a una princesa británica para obligar a que el primer ministro
inglés tenga relaciones con un cerdo frente a las cámaras de televisión. Busaniche
ha visto en ese capítulo, cuyo tema central es la transmisión de información a
través de las redes sociales e internet, una suerte de narración sesgada de lo
que son hoy las comunicaciones y el relato del poder en un mundo en el que
internet es algo así como el paisaje natural de la vida moderna, del mismo modo
que lo fue la naturaleza en el siglo XIX o la urbe en el XX. Busaniche preside
la Fundación Vía Libre y es miembro fundadora de Wikimedia Argentina, además de tener
una licenciatura en Comunicación en Rosario, donde nació hace 41 años.
(Wikimedia, Vía Libre: organizaciones ligadas a la defensa de los derechos
ciudadanos en internet y la libre circulación de la información y la cultura.)
Ese episodio señala una nueva relación de los usuarios con la
información y la intimidad, pero culmina con una vuelta a la rutina en la que
no cambió lo fundamental: desmantelar los mecanismos que generan la feroz
acumulación de capital, el crimen y la injusticia social. “No, claro –dice–,
hay una reformulación muy grande en torno a cómo circula la información, pero
no hay ningún cuestionamiento más allá de eso. El capital está cambiando de
manos, como en toda gran crisis del capitalismo. Mucha gente tiene la ilusión de
internet como un medio democratizante. Si mirás el pleito de las leyes SOPA y PIPA (propuestas
represivas de Estados Unidos y Europa en pos de las leyes de copyright y las
restricciones en el acceso a contenidos de la web), y mirás quiénes eran los
jugadores enfrentados ves corporaciones de uno y otro lado: de un lado Disney,
Microsoft, las asociaciones de discos y películas, y enfrente estaba Google,
Facebook. Además, lo que me llamó mucho la atención fue que viéndolo desde
América latina, tenemos una idea de la participación del ciudadano muy distinta
de la que tienen en Estados Unidos. Los medios estadounidenses en ningún momento
tomaban en cuenta la participación de ciudadanos comunes, que no pertenecieran
a las corporaciones, como los wikipedistas que hicimos el bloqueo (el
19 de enero pasado), las organizaciones de base del mundo tecnológico como
Mozilla, Wordpress, los grupos de ciudadanos organizados en el campo de la
tecnología. No existimos para ellos y sin embargo nosotros hicimos el bloqueo,
fuimos los que más vigorosamente actuamos, la Wikipedia, que la hacen
ciudadanos comunes. Eso lo silencian en la discusión. Lo ven sólo como un
pleito de intereses comerciales, de modo que queda la idea de que uno gana y
otro pierde, y se nubla toda la discusión de los derechos ciudadanos, que es la
nuestra”.
—Wikipedia señala en su portal que las entradas en español son 897 mil,
mientras que en italiano (que tiene mucho menos hablantes) son más de 900 mil. En
inglés son cuatro veces más, ¿por qué?
—Hay distintas teorías. Hay un hecho concreto de hace unos años que no
explica la cuestión. Cuando recién se lanza la enciclopedia hubo una idea de
hacerla comercial y ponerle publicidad y ante la sola idea la comunidad en
español se movió hacia otra enciclopedia, y volvió esa comunidad cuando se dijo
que el proyecto iba ser libre como ahora y eso restó tiempo de desarrollo. Pero
ya pasó mucho tiempo de esto y no explica el fenómeno. Creo que se explica por
el acceso a internet: si bien el español es muy hablado, se habla en España y
toda América latina, que sigue siendo el continente más desigual del mundo. Las
tasas de acceso a internet no son las mismas que en Europa o América del Norte.
Esa es una primera barrera para contribuir. La otra la defino como un tema de
autoestima: la idea de “¿y yo qué tengo para aportar?” Gente que accede, lee y
no se le ocurre qué puede poner. El alemán se habla mucho menos que el español
y tiene comunidades más activas. Quizás tenga que ver con idiosincrasias.
—¿Y cuántos de los contribuyentes son mujeres?
—Sólo el 9 por ciento. Ahí hay otra brecha enorme: estamos hablando de
contribuyentes mujeres de toda la Wikipedia. Y tampoco se sabe por qué pero hay
un estudio con el que estamos tratando de indagar, de hecho ahora tendremos un encuentro de mujeres wikipedistas.
En el mundo de las nuevas tecnologías hay una brecha de género muy grande. En
el mundo del que yo vengo, que es el del software libre, también, la brecha es
brutal, similar a la de Wikipedia, es un entorno muy masculino, machista,
demandante de trabajo voluntario: las mujeres no siempre tienen tiempo libre
para eso. Pienso en estas brechas preguntándome: ¿qué hace una mujer con su
tiempo libre? ¿Y qué hace un hombre? Porque todos estos proyectos se hacen con
el tiempo libre. Entonces la pregunta es cuánto tiempo libre tiene un hombre y
cuánto una mujer, y a qué se lo dedica. Creo que mientras no se superen las
brechas cotidianas del empleo del tiempo de las mujeres (volvés de trabajar
pero tenés que seguir trabajando, cuidar los chicos o ir al gimnasio porque hay
que estar divina).
—Internet es como un paisaje hoy día, del mismo modo que lo fue la
conflictiva visión de la naturaleza en el siglo XIX o la urbe en el XX. Parece
que donde se entendió esto es en las series de tevé: por su durabilidad, por el
tipo de historias que cuentan, por cómo repercuten en la web. ¿Qué pensás de
esto?
—Sí, la posibilidad de hacer metadiálogos; por ejemplo, Lost, todo lo que pasó alrededor de la
serie pasó en internet. Tenés la Lostpedia, y todo un
fenómeno y una audiencia que ya no es la que sienta a mirar a la hora en que le
ponés la serie, sino una audiencia que es capaz de mirarse una temporada en un
fin de semana, en la computadora. Creo que tiene que ver con los cambios en el
consumo cultural que son irreversibles, por más que traten de ponernos en la
cajita del espectador que va a mirar las cosas a la hora y el día que alguien
decide; eso, que se olviden.
—Decías también que las leyes de propiedad intelectual de Argentina
están entre las más restrictivas del mundo.
—Hay una red de consumidores mundial que cada año hace un informe
sobre el estado de las leyes de propiedad intelectual en el mundo. Lo que
hacen es un cuestionario de análisis legal entre las sedes de los distintos
países y comparan las leyes, hacen un ránking que este año puso a Argentina en
el segundo puesto. ¿Qué cosas miran?: por ejemplo, duración de copyright
(estamos en uno de los peores escenarios: 70 años post mortem, que es mucho más
de lo que exige la Organización Mundial del Comercio; o sea, Atahualpa Yupanqui
va a entrar al dominio público cerca del 2060). También el informe mide el
nivel de excepciones que hay: Argentina es uno de los 20 países del mundo que
no tiene excepciones para bibliotecas.
—¿Excepciones con respecto al copiado, que prohíben las leyes de
copyright?
—Sí, por ejemplo, copia para uso bibliotecario, una fotocopia de una
obra deteriorada, para conservación: son delitos, como sucede en muchos países
africanos. Eso está contemplado entre las excepciones de Estados Unidos y
Europa. Está claro que los países desarrollados no tienen un sistema tan rígido
como el nuestro. No tenemos excepciones educativas, toda la gente que está en
esta facultad (Humanidades y Artes), todos son delincuentes, le pueden dar seis
años a cada uno, porque todos fotocopiamos libros para estudiar, sino es
imposible tener un título.
—Incluso cuando no hay libros, porque las grandes editoriales no
reeditan ni ceden su fondo editorial a editores interesados en publicar obras
que no son de venta masiva.
—No, porque depende de sus cuestiones de mercado. Y estoy segura de que
en esta facultad hay cantidad de bibliografía agotada y que no se consigue.
—¿Va a cambiar la internet tal como la conocimos hasta ahora?
—Ya
cambió y va a seguir cambiando, pero hay que defenderla, hay que defender el
carácter descentralizado, necesitamos distribuir infraestructura, que no todos
los caños sigan pasando por Estados Unidos, necesitamos descentralizar eso y el
sistema de nombres y dominios (DNS), necesitamos a como dé lugar, la
neutralidad de la red y defender el anonimato en la red y el uso de
herramientas de anonimización en la navegación y de privacidad en las
comunicaciones, todo eso es urgente. Necesitamos defender internet de la
censura y el control.la serie del futuro ahora
Continuum es una serie canadiense de ciencia ficción, comenzó a emitirse en
el canal Showcase el domingo 27 de mayo pasado y su creador es un cuarentón
inglés, Simon Barry, que
tiene entre las cimas de su trabajo el guión de aquél film en el que actuaba
Wesley Snipes, El arte de la guerra
(2000). La podemos ver, claro, pero no en televisión.
La trama es algo así como un Terminator
al revés: una detective del año 2077 queda atrapada en el presente y debe
cazar a unos terroristas del futuro que quieren modificar el tiempo porque el
porvenir está gobernado por las corporaciones y así. En el presente, la
detective (que encarna la actriz y modelo Rachel Nichols,
con varias batallas en películas y series de ciencia ficción y fantásticas,
como la última y triste versión de Conan
el bárbaro) cuenta con un aliado, el hacker Alec Sadler, con quien a su vez
mantiene –al menos en el primer episodio– una relación virtual, como si lo
conociera por chat, digamos, sólo que la cosa funciona a través de algo que Kiera
Cameron (así se llama el personaje, y el Cameron, en una serie que “cita” a Terminator, no es casual) tiene en la
cabeza: como que tiene una suerte de computadora en algún lugar del cerebro que
le permite usar los ojos como cámaras inteligentes y hablar con Sadler sin
cables ni micrófonos. Y encima, claro, es un bombón y anda en el subte con un
traje súper ajustado que repele las balas y atrae todas las miradas.
Ahí hay un dato: demasiados bombones para ser muy
buena. Es cierto, la ciencia ficción debe captar esa libido “flotante” de los
nerds que están todo el tiempo pegados a la pantalla, pero series como Lost o Fringe demostraron que ese sutil llamado a Onán no se va a enfriar
si en el elenco hay algunas excepciones, que además suelen ser buenos actores y
le dan una inquietante atmósfera al relato. En fin.
Por ahora hay mucho tiro por elevación: alusiones,
como decíamos, al contacto no analógico, al chat, a las técnicas de vigilancia
y rastreo de las nuevas tecnologías, el poder de corporaciones informáticas
como Microsoft, citas textuales a películas (los que llegan del futuro “caen”
al presente en una suerte de burbuja que destruye una carretera, sólo que Nichols
no está desnuda, porque hay que dejar aquella libido flotante y no permitir que
se derrame, y así).
El centro dramático de la trama es la relación de la
esbelta Kiara con el joven Alec (Eric Knudsen,
coprotagonista de Scott Pilgrim vs. el
mundo, primer film rodado con la lógica y la estética del videojuego):
porque ella sabe quién será este hábil programador en el futuro y él… bueno, él
mira lo que pasa a través de los ojos de Kiara, que se detiene frente a un
espejo apenas vestida con una malla que hace de ropa interior.
Como suele suceder en este tipo de series, en las que
alguien llega de otro tiempo y debe confrontar el presente, algunas situaciones
resultan infantiles (en el peor sentido del término: un acto adulto que pierde “estatura”).
Eso incluso pasa en la serie inglesa Torchwood, precuela de Dr. Who, una tira que
también abunda en viajes temporales y cuya puesta en escena entre psicodélica e
irónica la salvó siempre de este tipo de ridiculeces.
La prensa especializada (léase por ejemplo el Hollywood Reporter,
que es el tipo de pasquín influyente en las audiencias) apenas si reseñó
que Rachel Nichols se exhibiría en un nuevo programa de tevé canadiense, o que Jon
Cassar (director de las series 24 o The Kennedys) estaría a cargo de la
dirección. De lo que deducimos que no hay en este caso expectativas de sucesión
de otras series, como pudieron ser Caprica
con respecto al éxito de Battlestar
Gallactica, o Flashforward e
incluso la recién cancelada Alcatraz con
respecto a Lost. Acaso sea mejor así.
Por
último, con apariciones raleadas por su pertenencia al futuro, Continuum nos reencuentra con el actor
canadiense William B. Davis, el queridísimo e intrigante “Hombre que fuma” de Los
expedientes secretos X, que aquí (es decir, en la nueva serie) ya no
fuma y está, como nos lo presentó la clásica tira de ciencia ficción de los 90,
siempre un paso más allá, cerca de la oscuridad. domingo, 3 de junio de 2012
parodia
Fuimos con Mariela a la inauguración de la muestra Paraná Ra'Anga, Itinerancia 2011-2012. Luego fuimos a cenar con algunos de los expositores, armadores, viajeros de esa expedición y, por supuesto, nuestros amigos anfitriones.
Es el final de la cena, hemos charlado de todo un poco, de comida peruana, china; de cómo se formaron las organizaciones de derechos humanos en Argentina, de lo íntimo de su reclamo; luego, cuando se acercó Martín, de las dificultades de pasar obras de arte entre las fronteras del Mercosur por las leyes de protección de patrimonio –que parecen burlarse de las pretensiones de libre tránsito regional. En el medio, salí a fumar al patio de la Parrilla Norte varias veces, hablé con otra gente... Pero al final, Coco Bedoya retoma el hilo de eso que empecé a contarle, mi entrevista con una artista que no mencionaré por ahora. Dice Bedoya (con una lucidez que hasta ese momento mantuvo a raya, como si la hubiese afilado durante la velada): "Todo parodia". Y encuentra el chascarrillo: "Para odiarla más". Y agrega algo así como que le dicen "cita", pero es parodia. Y entonces tira esto que, crudamente, con esas palabras desnudas del fin de la conversación, del encuentro, de la comilona, tiene aún más fuerza: "Porque para que haya invención hay que estar metido en el conflicto". Si no –y no sé si lo agrego o lo dijo también–, sólo se trata de una parodia.
Es el final de la cena, hemos charlado de todo un poco, de comida peruana, china; de cómo se formaron las organizaciones de derechos humanos en Argentina, de lo íntimo de su reclamo; luego, cuando se acercó Martín, de las dificultades de pasar obras de arte entre las fronteras del Mercosur por las leyes de protección de patrimonio –que parecen burlarse de las pretensiones de libre tránsito regional. En el medio, salí a fumar al patio de la Parrilla Norte varias veces, hablé con otra gente... Pero al final, Coco Bedoya retoma el hilo de eso que empecé a contarle, mi entrevista con una artista que no mencionaré por ahora. Dice Bedoya (con una lucidez que hasta ese momento mantuvo a raya, como si la hubiese afilado durante la velada): "Todo parodia". Y encuentra el chascarrillo: "Para odiarla más". Y agrega algo así como que le dicen "cita", pero es parodia. Y entonces tira esto que, crudamente, con esas palabras desnudas del fin de la conversación, del encuentro, de la comilona, tiene aún más fuerza: "Porque para que haya invención hay que estar metido en el conflicto". Si no –y no sé si lo agrego o lo dijo también–, sólo se trata de una parodia.
sábado, 2 de junio de 2012
transatlántico hacia el futuro
Al fin salió el Transatlántico 14, y en él esta nota (que lleva el
título de una de sus frases: “Algo
han visto que no cabe en la superficie del mundo”) que mejoraron la edición
de Nora Avaro (quien redactó esta bajada que me deja claro –¡a mí!– sobre qué estuve escribiendo: "El mañana, tal como lo presentan las series televisivas sean
o no de ciencia ficción, no aspira ya al vaticinio sino a la pausa: suspende el
pasado y pone en escena una configuración del presente que, con sus islas,
abismos y monstruos, nos recuerda los frágiles lazos que unen cada época con su
historia") y las correcciones de Gastón Bozzano. Cuando escribí la nota no
se había estrenado aún Black
Mirror, cuyos tres episodios hubieran sido dignos de entrar en este
análisis.
“El único planeta
verdaderamente extraño es la Tierra”.
J.G. Ballard
El
futuro es bastante próximo en las visiones que de él nos llegan a través de las
series de televisión de ciencia ficción en boga en los últimos años —incluidas Lost, Fringe o The Walking Dead—.
Ese futuro no difiere mucho, en su escenografía, del presente, como si,
llegados hasta aquí, fuese casi imposible avanzar con la idea de un “progreso”.
En los pasajes entre este universo y uno alternativo, en el que la historia
parece haberse desarrollado en su lado B, las especulaciones en torno a los
días por venir están atrapadas en el presente rabioso de las comunicaciones y
la tecnología actual. A esto sólo se le opone la fantasía de un nuevo comienzo,
pero por desgracia está protagonizada por una horda de zombies.
Tiempo real
Las
distopías, las visiones pesimistas de las sociedades futuras al estilo de las
ya clásicas 1984, Un mundo feliz, difícilmente puedan
competir con el “desierto
de lo real” (sí, la frase de Matrix
tamizada por el filósofo popular Slavoj Zizek) de la economía pos-capitalista.
Es que, como dice el texto de Mark Fisher que nos hizo conocer la gente de Planeta X, “es
más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. El futuro no
es otra cosa que la urgencia, “el tiempo real” en el que se despliegan las
comunicaciones de la economía global y el lugar privilegiado para acceder y
observar esa información.
Entre
noviembre de 2001 y mayo de 2010 el canal Fox emitió ocho temporadas de la
serie 24, acaso una de las más
populares de la década, en la que Jack Bauer (Kiefer Sutherland) interpretaba a
un agente de inteligencia estadounidense enfrentado a una conspiración
terrorista. El atractivo no era tanto el argumento en sí, sino que la acción se
desarrollaba en tiempo real: 24 episodios de una hora que sumaban 24 horas (el
tiempo que requería Bauer para hallar a los villanos). Los sistemas satelitales
e informáticos de rastreo eran tan protagonistas como Sutherland: fue la
primera serie en la que la tecnología real dominaba la escena (además de
desarrollarse en paralelo en oficinas de la Casa Blanca en una suerte de
pantomima de la Realpolitik). Más
allá de la anécdota de que el presidente David Palmer (Dennis Haysber), en la segunda
y tercera temporada, es negro, lo que generó el chascarrillo de que Barack
Obama es un invento de 24. Contemplamos
ese despliegue tecnológico real de la serie como un atisbo del futuro, no como
utopía, sino como condena: estamos condenados a lo real del tiempo y la
tecnología.
Flashback
En El mármol,
César Aira imagina un delirio de chinos, extraterrestres y una lotería de
Babilonia degradada y contemporánea. Sus extraterrestres dicen que vienen de un
mundo idéntico y que sólo se puede viajar a mundos idénticos, pero el viaje ya
destruye ese principio de identidad e introduce la nostalgia. El futuro,
podríamos decir, funciona en la ficción del mismo modo: sólo hay futuros casi
idénticos al presente, lo que nos interesa es el “casi”.
J.G.
Ballard, al analizar en La guerra de las
galaxias (1977) la vejez de la tecnología (notó que los efectos especiales
se aplicaron a oxidar las astronaves, que deambulaban por el espacio como
vetustos vapores vagabundos), señalaba que es el pasado lo que está en juego en
los films futuristas.
Las
películas de ciencia ficción, en lo que tienen de genéricas, es decir, en lo
que muestran como piezas de comunicación sobre el estado actual del mundo y en
lo que especulan en torno a un posible futuro, suelen cruzar los mitos clásicos
con el apocalipsis científico. Terminator,
que es el gran film de este tipo, puede parangonarse con Titanic (ambas son de James Cameron): en las dos hay un fin de
mundo, un desafío humano que se vale de la máquina, una ambición “titánica”, y
una amenaza en el futuro (las dos parten de la premisa de que el espectador ya
conoce el final: el Armagedón en Terminator,
el hundimiento en Titanic).
Titanic puede verse como un film de ciencia
ficción por la imponencia de esa reconstrucción de lo real pero también, como
señalamos, por sus temas, porque al hacer real ese pasado dota al presente más
inmediato de signos predictivos. Podemos aplicar el mismo criterio a una serie
que reconstruye “antropológicamente”
un pasado más o menos conocido: Mad Men,
ambientada en una agencia de publicidad en la Nueva York entre 1959 y 1964.
La
serie escruta ese período en el que los soldados que participaron de la Segunda
Guerra ya son adultos de menos de 40, cuando los niños del baby boom se están desarrollando y sus padres les fabrican un
futuro, es decir, cuando aún hay lugar para la promesa utopista. En el último
episodio de la segunda temporada de Mad
Men (26 de octubre de 2008), los personajes participan de la histeria
colectiva por la crisis de los misiles cubanos (que tuvo lugar en octubre de
1962): por un momento, cuando el protagonista llega a su casa, ve a su familia
dormida y echa un vistazo por la ventana, seguro de que el mundo puede hundirse
en cualquier momento en una hecatombe nuclear y, a su vez, desconociendo lo que
como espectadores conocemos (que no hubo tal hecatombe), estamos ante el
fantasma de un futuro que ya no volvería a desplegarse.
Como Titanic, Mad Men también hace inminente un futuro que no por conocido
resulta menos extraño o, mejor, el modo en que vemos a los personajes
encaminarse al abismo (el hundimiento en el film, la política del terror en
plena promesa del estado de bienestar en la serie) es lo que irradia una
novedad sobre el futuro conocido por nosotros, espectadores. “Hay palabras o
pausas que nos hablan de ese invisible extraño: del futuro que se las dejó aquí
olvidadas”, escribía Walter Benjamin en Infancia en Berlín.
El
futuro, el que nos traen las series por lo menos, no aspira más que a esa
pausa: con mayor o menor arte suspende el pasado y nos enseña un momento
liminar, pone en escena una configuración de lo real que, más allá de su
novedad, nos recuerda los frágiles lazos que unen al presente con la historia.
El sueño de la razón
Pongamos
una fecha: hasta que Ridley Scott adaptara libremente un cuento
de Philip K. Dick para su film Blade
Runner (1982), el futuro en el cine había sido más o menos utópico, más o
menos higiénico. Claro que hay films anteriores. De hecho, la versión de
François Truffaut (1966) de la peor novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451 –esa fábula moral y
progresista que no por nada es un manual de buenas intenciones en las clases de
literatura de la secundaria–, ya es un paisaje de lo que se llama distopía (por
contrario a utopía) y podríamos señalar acá como pesadilla de la razón, es decir, la puesta en escena de aquél postulado de
Francisco Goya que dice “El sueño de la razón produce monstruos”.
Lo
que Blade Runner inaugura es la
cercanía, la familiaridad de los restos del pasado (nuestro presente) en el
futuro: una ciudad de Los Ángeles en el 2019 que conserva la fisonomía de la de
los años 80 sólo que transfigurada, adaptada a un barroco de tecnología,
inflación demográfica y mugre.
El
futuro, parecen decirnos las nuevas series como Fringe, Lost, Person of Interest o las interrumpidas Flashforward y Defying Gravity (única, de las de la última década con astronautas
y un viaje estelar), es el drama de esa imposibilidad de habitar “otro” futuro.
Hay mundos paralelos en los que los personajes se enfrentan a su doble, quien
ha tomado los caminos no tomados en este mundo. Hay, como en Blade Runner, replicantes, sólo que acá
tienen el aspecto siniestro del doppelgänger,
el doble.
Monstruos
En la
serie The
Walking Dead seguimos a un grupo de sobrevivientes de lo que ya
cualquiera llama con ligereza “holocausto zombie” (basada en el célebre cómic de Robert Kirkman), en
True Blood, accedemos a la
vicisitudes de una comunidad que convive con vampiros una vez que se oficializa
un tipo de sangre artificial que permite que los vampiros no tengan que
devorarse un cristiano para la cena. Hay más, pero son los programas más prominentes
entre los que incluyen zombies y vampiros, es decir, los no-muertos (undead), tan en boga en la televisión y
el cine más próximos.
Tanto la novela Soy leyenda (1954), de Richard Matheson, como
los zombies que creara George Romero en su film 1968 (La noche de los muertos vivientes), basado en los caracteres que
imaginara Matheson, mezcla de vampiros y zombies que conviven con un último
humano que resiste en un rincón de una desolada ciudad, vienen a señalarnos el
monstruo de nuestros días, porque sabemos que cada época genera su monstruo.
El
zombie (que siempre es legión), como el vampiro, nuestros monstruos
contemporáneos, no tienen contrato social y son siempre una quimera: objeto
ficticio de una experiencia imposible, anudan los hilos de un texto siempre
rasgado. En ellos habitan los refugiados sin derecho ni país, los marginados,
los soldados que partieron a guerras inverosímiles. En ellos estamos atrapados,
nuevamente, en un futuro sin futuro o, como lo dice un personaje de The Walking Dead, en la esperanza de un
nuevo comienzo.
Nuestros
monstruos, como signo del futuro, son el retoño de la megápolis contemporánea convertida
en un bosque o, en palabras de Paul Virilio, en una obesidad de la
civilización. “La ciudad –dice Virilio– se transformó en la gran catástrofe del
siglo XX”.
Volver
a casa
En
octubre de 2005 la cadena de televisión Showtime estrenó la primera temporada
de Masters of
Horror, serie de 13 capítulos de una hora independientes entre sí, para
los que el productor, director y guionista Mick Garris convocó a varios de los
hombres más prominentes del género: John Carpenter, Joe Dante, John Landis,
Dario Argento, Takeshi Miike.
En la
primera temporada, Dante rodó Homecaming (Regreso a casa). El
episodio transcurre durante una elección presidencial en Estados Unidos que el
espectador sigue a través de dos asesores políticos especializados en medios
masivos. En una audición de tevé, una madre que tiene a su hijo en la guerra de
Iraq pide ante las cámaras que su vástago y todos los jóvenes que están
muriendo lejos de casa regresen, como sea, que regresen. Y, como en el clásico
cuento “La pata de mono”, su deseo se cumple: los soldados comienzan a volver a
la patria, después de muertos, un vasto ejército de zombies deambula por las
calles del país decididos a depositar su voto en las urnas para impedir que el
presidente que los mandó a la muerte vuelva a ganar las elecciones. “Esta es
una película de terror porque la mayoría de sus personajes son republicanos”,
declaró Dante.
A
diferencia de otras películas de zombies y muertos vivos, Homecoming no
apuesta a la sorpresa, sino a la rutina: en el andar desgarbado de los muertos reverbera
la imagen de los parias, los otros: negros, latinos, árabes.
El abismo y la isla
En las
series de ciencia ficción, los temas recurrentes son los universos paralelos (Lost,
Fringe,
Paradox,
FlashForward) y
el viaje correctivo en el tiempo herencia de Terminator (de
nuevo Lost; también, según dijimos, Mad Men, o el extraño
policial Life
on Mars). En otras palabras, algo así como la condición irredimible del
presente requiere que se eche luz sobre los últimos días mediante el regreso a
tiempos sobre los que habría, en principio, un orden: los 60 anteriores a Mayo
del 68 y Woodstock, los virulentos 70 al filo del final de Vietnam (Life on
Mars). Pero también, descubrir en la actualidad las alternativas que
devuelvan al presente un resplandor utópico: si del otro lado, si en el
universo paralelo de Fringe, Flashforward, Paradox o Lost
las opciones que se tomaron no hicieron las cosas más felices, por lo menos
desde allá nos llegan signos, pistas para evitar ciertos errores.
Así,
las series de televisión que inauguraron el nuevo milenio podrían representarse
según dos metáforas planteadas en dos sagas ejemplares: Lost o la Isla,
y Mad Men o la Caída, el Abismo. El carácter insular de Lost, su
cosa pequeña, doméstica y cerrada, que se despliega y busca lo abierto para
instalar allí sus planteos fundamentales puede percibirse en la gran mayoría de
las series, desde Fringe hasta Battlestar
Galactica (su versión 2004, creada por Ronald D. Moore tomando como
base el oxidado culebrón
de los 70 que protagonizó Lorne Greene). El carácter abisal (en el abismo
siempre está el demonio, advertía William Blake), de inminente caída, puede
percibirse en Mad Men, Flashforward y en la breve temporada de Caprica
(precuela del año 2009 de Battlestar
Galactica). En estas series sus personajes, al igual que el Scottie de Vertigo
(Hitchcock, 1956), no sólo están al borde de una caída, sino que llevan el
abismo en la mirada: algo han visto que no cabe en la superficie del mundo que
pisan. Y, más terrible, ese algo, el futuro mismo, debe ser aún construido.
Anotación del 2 de junio de 2012: Lástima no haber tenido a mano este artículo de Agamben que publica Link en su blog.
martes, 29 de mayo de 2012
"el relámpago de una mutación"
Todas las imágenes en el sitio de Nicola Costantino.
Con Savon de corps (2004), obra en la que había fabricado lujosos jabones de tocador con un 3 por ciento de su grasa corporal, obtenida tras una lipoaspiración, detestaba lo que hacía Nicola Costantino y creía que podía fundamentar ese rechazo con las palabras de Jacqueline Lichtenstein cuando visita el museo de Auschwitz y se dice que le parece que está en un museo de arte contemporáneo –tal como lo refiere Paul Virilio en “Un arte despiadado” (2003)–: “Ellos (los nazis) ganaron, ya que impusieron un modo de percepción que es una unidad con el modo de destrucción tan propio al que dieron lugar”. Es decir, no había caído en la cuenta de que Lichtenstein se refería a un museo de la memoria, mientras que Costantino, con Savon de corps, estaba haciendo arte contemporáneo y, sobre todo, estaba poniendo el cuerpo, su cuerpo y, con ello, actualizando el que sigue siendo el más contemporáneo de los acontecimientos de la modernidad, el plan de exterminio de la Alemania nazi, ese que desnuda, descarna lo real de la acumulación del capital: en su expresión más acabada, el capitalismo paga el trabajo con la muerte, con el consumo de la vida de los esclavos que producen los bienes de consumo.
Después leí aquél artículo de Carlos Kuri
en la revista Nueve Perros
que se llamaba, así, sin pelos en la lengua, “El jabón de Nicola Costantino”,
donde reseña: “Los objetos de Costantino exponen aquellos estados del cuerpo
que hay que suprimir de la vista. Lo cadavérico en la comida, lo inhumano en la
moda, el cuero, la piel y la cabellera humana en la vestimenta, y ahora el
dominio de la cosmética y la cirugía”. Y escribe también Kuri en ese texto que
encabezará un libro próximo a publicarse con la obra reunida de Costantino: “La
estética en Costantino es así el relámpago de una mutación de lo ideativo y
ético, lo ético y la idea se deshacen en obra, no duran más que lo necesario
para producir el resplandor de lo secreto”.
En fin, trabajo, consumo y muerte han sido los
temas sobre los que gravita la obra de Costantino. Al principio me maravillé
con el oficio puesto en la fabricación de sus objetos, pero a partir de su
trabajo con la fotografía y el video (desde 2007 en adelante) comencé a ver una
suerte de unidad con historia. Por ejemplo, en su video instalación “Vanity
con tocador”, Costantino aparece en el espejo de un tocador maquillándose
el rostro. Y ese rostro, en ese espejo oscuro, que no nos muestra nuestro
reflejo, sino el de ella, pero en el gesto automatizado de maquillarse
eternamente, su rostro va convirtiéndose en los distintos rostros que nos
enseñó el cine, desde los pálidos maquillajes de los films mudos e
impresionistas de los 20 hasta los cargados y coloridos de los 80, como si al
modelar su rostro modelara la historia. Me digo y hasta se lo pregunto a ella:
su trabajo parte del cuerpo, de manipular con arcilla cuerpos animales, la piel
de “Peletería humana” para, una vez que ese universo cobrase forma, una vez
erguido el gólem
de su creación, desplegar las imágenes de un sueño demiúrgico.
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sábado, 26 de mayo de 2012
spektor
Stephen Thompson debe ser el más despistado de los comentaristas de NPR, porque al hacer una débil descripción del último disco de Regina Spektor, What We Saw from the Cheap Seats (Lo que vimos desde la popular), se detiene en lo que considera detalles: que Spektor haya llegado al Bronx a los 9 años desde Moscú, por ejemplo... Y, sin embargo, Thompson no es tan despistado: lo que su "detalle" señala es esa libido migrante que nos traen las canciones de Spektor (acaso como fenómeno, antes que como canciones). Es decir, la voluntad de crear un deseo "nacional" allí donde su música funda un vacío: la canción centroeuropea de cabaret despojada de su escenario. Una mujer muy cercana, al escuchar uno de los discos de Regina Spektor, me dijo que no le interesaban las cantantes que buscan "calentar" a los tipos que las escuchan: un error del oído que ha escuchado perfectamente ese desvío que opera en la performance de la Spektor.
Acá podemos escuchar el último álbum.
Acá podemos escuchar el último álbum.
miércoles, 23 de mayo de 2012
y entonces nos lo perdimos para siempre
Martín Prieto recuerda el no regreso de Carlos Fuentes a Rosario: «El entonces intendente, Miguel Lifschitz, nos había llamado, en 2009, para que participáramos de los fastos del Bicentenario organizando un Encuentro internacional de Literatura, para el año siguiente. Teníamos libertad de armado y de pensamiento, a cambio de una solicitud: que la apertura o el cierre de dicho Encuentro quedara en manos de Carlos Fuentes, cuyo encendido discurso en el Congreso de la Lengua Española que se había hecho en nuestra ciudad unos años atrás se ve que aun resonaba en la cabeza de Miguel. Comenzamos, a través de nuestros modestísimos contactos, a buscar a Carlos Fuentes, y a poco andar ya sabíamos que Fuentes no atendía el teléfono ni contestaba correos. Una enigmática mujer –tal vez una secretaria, o su mujer- filtraba las comunicaciones o se atribuía la facultad –no sabíamos si delegada o no por Fuentes- de decirnos que no. A todo. De manera muy amable. “Otros compromisos”. “Inglaterra”. “París”. Finalmente nos enteramos de que Fuentes llegaba a Buenos Aires y a través de nuestros buenos amigos de la editorial que publicaba sus libros en la Argentina, conseguimos un desayuno con el insigne mexicano. En su hotel. Nuestra media hora. Fuentes cargaba su plato de salmón ahumado, jamón, frutas. Rebozaba salud y parecía no haber comido durante meses. Nuestras armas: la carta de invitación firmada por Miguel, la apuesta a un recuerdo, que imaginábamos feliz, en nuestra ciudad. “Una ciudad lo espera”, exageramos un poco la nota. La carta le interesó. La leyó, nos hizo unas preguntas sobre el Partido Socialista, sobre el gobierno de la ciudad y sobre el de la provincia. Después le dijo al joven que trabajaba en la prensa de la editorial, que también desayunaba con nosotros, que le llevaran la carta a la habitación. Pero Rosario... Parecía no acordarse, ni del Congreso de la Lengua, ni de la ciudad. De golpe, algo se le iluminó: el recuerdo, o el recuerdo de una recuerdo: “El hotel donde me alojaron era bastante malo.” Eso dijo. Una semanas más tarde, a través de la editorial, nos avisaron que Fuentes agradecía enormemente la invitación, pero que no vendría al hemisferio Sur en todo el 2010.»
Agrego, entre los invitados al XVI FIPR, hubo uno que había tenido algún trato con Fuentes en México y se asombraba de la versatilidad de temas que era capaz de abordar el célebre escritor en cualquier conferencia o encuentro al que fuese, que eran muchos. Por versatilidad, nos dejó en claro, entendía el buen tino que tenía Fuentes para seleccionar a sus "colaboradores".
navegante anónimo
René Magritte, "La reproducción imposible" (1937, tomada de este blog).
Mientras el proyecto de Canon
Digital (se pretendía que todos los medios de almacenamiento digital como
discos y pendrives, por ejemplo, pagasen un impuesto remunerativo destinado a
subsidiar las posibles pérdidas de los grandes pulpos editoriales de música, literatura
y cine por las copias y descargas no autorizadas) duerme la siesta en el
freezer, tras el fuerte rechazo que tuvo el año pasado; Proyecto Sur presentó un
proyecto para despenalizar la copia en Internet que pretende legalizar el
acceso a los bienes culturales en el espacio público de Internet siempre que
esto se realice para fines personales, para goce de la cultura,
entretenimiento, educación sin que medien fines de lucro.
En el marco de la deriva legal que hay sobre el tema,
que siempre es aprovechada por los intereses más rapaces, la noticia es
buenísima. El proyecto, tal como lo presenta en su página Beatriz
Busaniche, directora de Wiki Media Argentina y presidenta de la fundación Vía Libre, es simple claro y conciso:
“El acceso a las obras autorales comprendidas por la ley 11.723, o su uso,
mediante la red Internet, realizado en forma individual o en la intimidad del
hogar, en el ámbito escolar, universitario, o bibliotecas de acceso público y
gratuito, con la finalidad exclusiva de instruirse, educarse, informarse,
entretenerse, o emocionarse, y con exclusión de cualquier modalidad de
utilización comercial o uso público de las mismas, constituye el ejercicio del
derecho de acceder a la cultura y, en ningún caso, podrá configurar un acto
ilícito aún cuando el usuario realizare una única copia en un archivo digital
en su ordenador personal y la misma no fuere utilizada con fines comerciales o
de lucro. Tampoco será punible el facilitar este acceso cuando el mismo se
ofrezca gratuitamente al usuario”.
El proyecto se presentó el lunes 14 de mayo en la
Cámara de Diputados de la Nación, con el diputado Fernando Solanas, el
legislador Julio Raffo (experto en derecho de autor y autor del texto
legislativo), junto con Valentina Delich, directora de la maestría en Propiedad
Intelectual de FLACSO y Martín Becerra, investigador del Conicet y docente de
la UBA y la Universidad Nacional de Quilmes.
Ese mismo día se conocía el pedido
de juicio oral a los tres socios que regentean el sitio argentino Trainga y comenzaba por tres o cuatro días el
bloqueo del sitio de intercambio de archivos torrent Thepiratebay, todos lugares de los que
descargarse, de forma privada cualquier tipo de archivo. El bloqueo a The
Pirate Bay, que afectó a todos los navegadores en Argentina, se logró por medio
de un mandato preliminar concedido en una corte de Hamburgo a Disney
Enterprises y Paramount Pictures, asociados con Sony Pictures, Twentieth
Century Fox, Universal Studios y Warner Bros que se exigió a CyberBunker, el
proveedor de internet que deje de ofrecer ancho de banda y hosting al sitio. En
caso de no hacerlo, enfrentarían una demanda legal en Alemania.
«CyberBunker –informó el blog Alt1040–
aceptó dejar de ofrecer servicios al sitio de torrents y quedaron offline”. De
este modo, la justicia en casi cualquier parte del mundo baja la cabeza ante
grandes corporaciones pseudo-defensoras del Copyright. Como ningún directivo de
estas multinacionales del neolítico parece querer entender cómo funciona la
web, la respuesta es negar el presente o buscar prebendas como la del Canon
Digital.
El jueves a primera hora The Pirate Bay ya había
conseguido servidor y volvía a estar online.
Desde que el FBI logró cerrar los servidores de Megaupload,
a fines del año pasado y a través de una orden judicial ¡emitida en Virginia,
Estados Unidos, para intervenir en Nueva Zelanda y Hong Kong!, la internet y el
intercambio de archivos en la red no ha vuelto a ser el mismo. Por eso los
especialistas recomiendan lo que llaman “anonimizar” la navegación a través de
programas de enmascaramientos de la IP (la identidad que tiene la computadora
particular en internet), entre los que recomiendan TOR (siglas de The Onion Router: el direccionador de la
cebolla –lo de cebolla es por las sucesivas capas–) un proyecto surgido
originalmente en el terreno de la inteligencia militar para cubrir las
comunicaciones, que si bien no puede proteger del todo los datos transferidos,
es eficaz a la hora de borrar los rastros de la navegación y ocultar la IP.
La libre circulación de la cultura en internet es
apenas el síntoma de un mundo cada día más biometrizado, con registros de
entradas y salidas del trabajo mediante impresión digital, reconocimiento de
retinas o numeración de tarjetas de transporte como Sube
y, pronto, pagos vía celular. El anonimato parece ser la última línea de
resistencia de la intimidad.
jueves, 17 de mayo de 2012
ella vendrá (por neil young)
Nunca escucharon “She’ll
Be Coming Round the Mountain” como suena acá, informa Bob Boilen en la NPR.
Y sigue: Para su primer álbum juntos en nueve años, Neil Young y Crazy Horse tomaron
la música del clásico repertorio folk americano y la revigorizaron con músculo,
luminosidad y mucha guitarra eléctrica. Algunas de las canciones del siglo 19
incluidas son: “Oh Susanna” (sin banjo) y “Tom Dula” (mejor conocida como “Tom
Dooley”). También hay canciones del último siglo que incluyen “This Land Is
Your Land”, de Woody
Guthrie, que hacen entera con los versos omitidos de la original.
El mismo Young anota, según menciona
Boilen, sobre la canción “She’ll be Coming Round the Mountain”: «Escrita en el
siglo XIX y basada en un viejo negro spiritual, esta canción se refiere a la
segunda venida de Jesús. “Ella” (“she”) es la carroza sobre la que llega Jesús.
Algunos la interpretan como el fin del mundo. Otros han dicho que “ella” se
refiere a la dirigente sindical Mary Harris “Mother” Jones, quien acudía a los
campos mineros de carbón de Appalachian para promover la unión de los
trabajadores. Los arreglos de Americana
retoma el proceso folk con una nueva melodía, un nuevo título [lamentablemente
Young no tomó la segunda interpretación y tituló: “Jesus’ Chariot”] y una nueva
combinación de fuentes para la letra».
de ernesto cardenal
Imagen hallada en theletterisback.
Oración por Marilyn Monroe
Señor
Recibe a esta muchacha conocida en toda la
tierra con el nombre de Marilyn Monroe
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de
la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se
había querido matar)
y que ahora se presenta ante Ti sin ningún
maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche
espacial.
Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en
una iglesia (según cuenta el Time )
ante una multitud postrada, con la cabeza
en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no
pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los
psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del
seno materno
pero también son algo más que eso…
Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el
chorro de luz).
Pero el templo no son los estudios de la 20th
Century-Fox.
El templo –de mármol y oro– es el templo de
su cuerpo
en el que está el Hijo del Hombre con un
látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de 20th
Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una
cueva de ladrones.
Señor
en este mundo contaminado de pecado y
radioactividad
Tú no culparás tan sólo a una empleadita de
tienda
Que como toda empleadita de tienda soñó ser
estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la
realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script
que le dimos
–el de nuestras propias vidas– y era un
script absurdo.
Perdónala Señor y perdónanos a nosotros.
Por nuestra 20th Century
por esa Colosal Superior-Producción en la
que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos
tranquilizantes,
para la tristeza de no ser santos se le
recomendó el psicoanálisis.
Recuerda Señor su creciente pavor a la
cámara
y el odio al maquillaje -insistiendo en
maquillarse en cada escena-
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.
Como toda empleadita de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un
psiquiatra interpreta y archiva.
Sus romances fueron un beso con los ojos
cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
¡y apagan los reflectores!
y desmontan las dos paredes del aposento
(era un set cinematográfico)
mientras el director se aleja con su
libreto porque la escena ya fue tomada.
Y como un viaje en yate, un beso en
Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del duque y la
duquesa de Windsor vistos en la salita del apartamento miserable.
La película termino sin el beso final
la hallaron muerta en su cama con la mano
en el teléfono
Y los detectives no supieron a quién iba a
llamar.
Fue
como alguien que ha marcado el número de la
única voz amiga
y oye tan sólo la voz de un disco que le
dice: WRONG NUMBER
O como alguien querido por los gánster
alarga la mano a un teléfono desconectado.
Señor
quienquiera que haya sido el que ella iba a
llamar
y no llamo (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el
Directorio de Los Ángeles)
¡contesta Tú el teléfono!Esta mañana me llegó un correo de Harold Alvarado Tenorio, al que conocí en un encuentro de literaturas hace dos años. En ese momento me pidió el correo y días después comencé a recibir sus mensajes, por lo general lleno de diatribas e información sobre la literatura colombiana e hispanoamericana.
A Ernesto Cardenal lo crucé en una librería, durante el III Congreso Internacional de la Lengua Española, en 2004. Hacía años que no lo leía, pero fue verlo y recordar los libros suyos editados por Carlos Lohle, leídos con fervor entre 1982 y 1984. Me acerqué a darle las gracias, a repetir –como deben hacerlo tantos– mi perorata de la admiración. Incluso en ese entonces había olvidado este magnífico poema escrito en 1964.
de una pantalla a otra
Hasta entrado el año 2009, cuando las redes
sociales como Twitter o Facebook no habían estallado aún, con el consiguiente
aplanamiento de la experiencia en la red y la suma de pajarones que de un día
para otro se reconciliaron con todo su pasado y nos convirtieron en íntimos de
sus miserias, la red social más prolífica era el blog. Los blogs, con sus
autores muchas veces anónimos desplegaron o acentuaron una forma de escritura
cuyo misterio y erotismo –porque lo que circula en la web es también libido–
terminó de configurar una especie de ficción arraigada en el yo y la identidad
de ese yo.
Primero como blog, luego como libro y, por
último como programa de televisión, Carolina
Aguirre fue la creadora de Ciega a citas, que mientras duró en
la web –como blog– muchos leyeron como una historia real: la de una muchacha,
acaso perdedora, que debía conseguir un novio antes del casamiento de su
hermana menor. Lo que resultaba de algún modo inquietante en la lectura del
blog, en 2008, es que el lector no sabía a ciencia cierta si lo que leía era
una novela, un diario personal abierto al público.
Carolina Aguirre me aclara por correo
electrónico que no tuvo nada que ver con el libreto del programa que hasta el
año pasado se
emitía por canal 7. Me dice sin empacho: “No tengo tele hace 10 años, bajo lo que quiero ver de internet. Del
2011 las series que me gustaron mucho (veo casi todas) fueron Mad
Men, Homeland,
The
Killing, Episodes”.
También responde estas preguntas:
—¿Cómo encaraste ese relato en primera persona del blog,
que era una ficción? ¿Cómo intervino tu propia experiencia?
—En realidad yo solo pienso en ficción. Se
me ocurre una historia que me gustaría contar y elijo la forma más eficaz para
narrarla. En ese caso, en el de Ciega a
citas, la primera persona le daba verosimilitud, identificación,
complementaba el formato. Si la historia hubiese sido más eficaz en tercera,
narrada por un hombre, o por una flaca, lo hubiera hecho también. Si después se
desprende otra cosa (es inevitable que afloren obsesiones, ciertos temas
afines, una visión moral del mundo), es un efecto colateral deseable, pero no
su misión. Acá a los escritores se les exige ser intelectuales sí o sí:
filósofos, teóricos, políticos, periodistas, qué se yo. Casi no existe la
figura del escritor de ficción, el que solo está interesado en contar bien una
historia sin que esa historia sea voluntariamente una cifra de otra cosa, un
misil político o social. Esa falencia o ese vicio le hace muy mal a la ficción
porque está obligada siempre a ser un medium, un soporte para otras cosas,
cuando debería (al menos cada tanto) ser un fin en sí mismo. Una historia
genial, nada más y nada menos.
—¿Y cuando se llevó eso a la pantalla, qué te parece
que era incompatible con el blog?
—No lo llevé yo, pero era un folletín y
estaba escrito por mí, que soy guionista, y pienso todo como un guión, así que
ya tenía mucho de tira. De hecho los diálogos estaban estructurados como en una
película. Ciega a citas no nació como
un hijo bastardo de los libros, sino de los guiones audiovisuales, porque yo
entiendo el mundo de esa manera.
—¿Qué es lo que te atrae de la ficción que se ve en
televisión? ¿Qué relación percibís con lo que podríamos llamar los dispositivos
ficcionales de internet?
—No sé a qué te referís estrictamente con
los dispositivos ficcionales de internet. El único que conozco es el anonimato
y si querés, la mentira.
—¿Te parece que hay una especificidad de la ficción
televisiva, o una tradición, por ejemplo el melodrama como el de Ciega a citas?
—Ciega
a citas nunca fue un melodrama y ese fue uno de los errores graves de la
adaptación. Era una comedia romántica. En el melodrama, los protagonistas se
conocen, se enamoran perdidamente y el entorno los separa (la clase social, la
guerra, un casamiento por interés). Ellos saben que se aman pero no pueden
unirse por circunstancias externas. En la comedia, los personajes se conocen
pero no saben que se están enamorando o no lo aceptan. El entorno los favorece
y ellos no pueden. Se dan cuenta al final, cuando se unen. Ciega a citas siempre tuvo estructura de comedia (vos tampoco
sabías quién era el galán porque estaba narrada en estricta primera persona, es
decir, desde el punto de vista de ella que tampoco sabía) pero cuando lo
adaptaron a tele hicieron una mezcla rara, con una estructura de melodrama con
elementos de comedia, que le quitó muchísima intriga y coherencia. Ella
reconocía que amaba al galán en el capítulo 8 y tardaba 120 capítulos en
concretar porque al guionista se le cantaba e inventaba obstáculos.
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