Nuestra columna sobre series (V.O.S.) en MTQN del martes pasado ya se puede escuchar en el podcast del programa, en este caso sobre Mammon, la serie noruega.
socio
"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).
domingo, 11 de mayo de 2014
santa fe
Larga velada en San Nicolás con los amigos y amigas de la secundaria. De vuelta, en el Parador, Adriana Jeambeaut me subió a un colectivo de Costera Criolla que debía dejarme en Rosario. Pero a las 6.37 me desperté y al preguntar dónde estaba me dijeron Santa Fe. La terminal al menos permanece fiel a sí misma. No había vuelto desde el año 2006.
Fui afortunado al despertarme antes de llegar a Paraná (que era el destino que por error figuraba en el pasaje) y al no viajar en auto a San Nicolás, si me hubiera dormido Dios sabe dónde despertaba.
Fui afortunado al despertarme antes de llegar a Paraná (que era el destino que por error figuraba en el pasaje) y al no viajar en auto a San Nicolás, si me hubiera dormido Dios sabe dónde despertaba.
La cena: hay una cosa entrañable en estos encuentros, además del paso del tiempo y la cercanía de los años vividos. Conocernos de esa época en la que con tanta facilidad éramos capaces de mostrarnos en lo más recóndito de nuestros deseos, ambiciones y temores nos vuelve unos adultos extraños aunque conocidos. Lo que acumulamos en estos largo años que pasaron puede permanecer a un lado, así uno se encuentra con una caricatura de eso que construimos, una caricatura que nos divierte y nos intriga.
Etiquetas:
en tránsito,
fotos personales,
lugares,
san nicolás,
vía android
martes, 6 de mayo de 2014
otras 24 horas
Hace tres años, en mayo de 2011, un episodio de la Casa Blanca, transmitido luego al mundo, le daba el cierre definitivo a la serie 24, que el lunes pasado y tras una pausa de cuatro años, largó su novena temporada. El episodio no fue otro que el anuncio del asesinato de Osama Bin Laden, el líder musulmán al que los militares estadounidenses habían formado durante la Guerra Fría y al que acusaron de haber planeado el ataque a las Torres Gemelas del 11 de Septiembre de 2001.
Imagen de Wikipedia.
Así, el gran final de 24, la serie en la que un exhausto
Kiefer Sutherland (en el papel del agente Jack Bauer) hablaba con la
respiración entrecortada e intentaba desmantelar un gigante complot terrorista
en tiempo real –es decir, la edición de cada episodio trascurría en una hora
real de las 24 que insumía un día de peligro–, no tuvo a Sutherland en la foto,
sino al presidente Barack Obama en un salón de la Casa Blanca en la que el
mandatario y parte de su gabinete (el vice Joe Biden, la secretaria de Estado
Hillary Clinton, entre ellos) seguían la operación en la que un grupo de la
Navy SEAL acababa con Bin Laden en Pakistán. En realidad, hemos seguido muchas
veces esas operaciones en las series más actuales, como las mencionadas. De
hecho, fue la cuarta temporada de 24 la que “inventó” al presidente negro David
Palmer y la que convirtió a la tecnología y las salas de seguimiento de
acciones de militares en un rol de protagonismo desconocido hasta entonces. El
último episodio de la octava, y la que parecía que iba a ser la temporada final
de la serie 24 se había emitido en realidad el 24 de mayo de 2010.
La nueva temporada, presentada no como novena, sino bajo el
título “Live
another day” (“Vivo un día más”) se emitió en su país de origen (Estados
Unidos, en el canal Fox) el domingo pasado y puede verse en Argentina a través
de Fox Latinoamérica los lunes a las 22. Pero si algo parecen haber aprendido
en la producción de la serie –que arrancó en noviembre de 2001– es que el
formato actual exige muchos menos episodios, por lo tanto, los veinticuatro
capítulos a los que alude el título original se reducirán a doce, aunque los
eventos, como anuncia cada comienzo, “ocurren en tiempo real”.
Según nos lo mostró el primer episodio de “Live another
day”, la cosa viene con los drones. Pasaron cuatro años y Jack Bauer está
clandestino en Londres cuando lo hallan agentes de la CIA –está prófugo de su país
por traición y terrorismo y buscado por agencias de Inteligencia de varios
países (entre ellos Rusia) por el asesinato de algunos de sus funcionarios–,
quienes a su vez protegen la visita del presidente estadounidense a Inglaterra.
A todo esto, la hacker Chloe (Mary Lynn Rajskub, cuya
presencia en la temporada anterior fue, en los capítulos finales, la
responsable de bruscas subidas del ráiting), compañera de Bauer y responsable
de brindarle apoyo virtual y comunicacional –todo un despliegue tecnológico que
incluso colaboraba con hacer más soportable la actuación de Sutherland–, fue
detenida en una sala de torturas de la CIA en Londres, hacia la que se dirige
Bauer. En fin, desentrañar qué hace el perturbado agente de la Unidad
Antiterrorista (CTU, por sus siglas en inglés) en Londres, qué pasa con un
drone que vigila una operación de los Marines en Afganistán y cuál es la
relación del jefe de Gabinete estadounidense (interpretado por Tate Donovan) con
el pasado de Bauer parecen ser los nudos de “Live another day” que, como lo
hizo hasta ahora, ostenta al menos la virtud de sobrellevar una sinceridad que
sólo puede provenir de la derecha militarizada: un orden político, económico y
social criminal requiere una política criminal.
Todo el daño que Sutherland hizo como Jack Bauer en 24
quiso repararlo como Martin Bohm en Touch,
pero fue cancelada el año pasado luego de dos temporadas en las que el hijo
autista de Bohm no resultaba tan efectivo como las pantallas y dispositivos que
Chloe le proveía a Bauer para hacer de su actuación algo soportable.
La foto de Obama en la que sigue a su grupo SEAL durante el
asesinato de Bin Laden –colgada en el Flickr de la Casa Blanca– expresó hace
tres años la “cruel sinceridad” con la que se comanda un imperio, como el realismo
inapelable con el que se desarrollan este tipo de series.
Desde 2001 estas ficciones refuerzan la idea de los enemigos
únicos, drásticos, letales. Hay que recordar que la ficción madre de la epopeya
norteamericana es el western, en el que el valor y la justicia individual es
muchas veces la ley. Así, la figura del héroe halla verosimilitud.
Pero, de vuelta en la sala
de operaciones de la Casa Blanca en 2011, parece que la parafernalia desplegada
en estas ficciones televisivas no hicieron sino tender un manto de realidad a
lo que muestra la foto que —hay que subrayar esto— la presidencia de Estados
Unidos pone en la red como si se tratara de uno de los tantos cuadros dignos de
decorar las galerías de la casa de gobierno: un momento cumbre de la historia
del país. Equiparable a las fotos de los manifestantes que pedían la caída de
Mubarak en la plaza de la Libertad de El Cairo, Egipto, o las protestas en
Libia contra Gadafi. La foto de Obama y su gabinete es una imagen casi íntima,
con Hillary Clinton cubriéndose la boca como si las imágenes en tiempo real de
la matanza le quitaran el aliento y el general manipuando su notebook, con
gesto profesional, el único en uniforme. Una imagen que reafirma lo que ya nos
habían enseñado las series, que las afrentas contra Estados Unidos son afrentas
casi personales, individuales, como sus enemigos, que se reducen a una persona,
a lo sumo a diez, como reza la página de los top ten de los más buscados del
FBI.domingo, 4 de mayo de 2014
en la feria del libro
No sé si fue Victoria, quien posa en la foto con el ejemplar de San Nicolás de la Frontera, o si fue Gustavo el que lo encontró y quien, seguro, sacó la foto y me la envió con el asunto "Presente" en el correo electrónico. Pero ahí está, en el stand santafesino de la Feria del Libro porteña.
Etiquetas:
amigos,
fotos personales,
libros,
lugares
viernes, 2 de mayo de 2014
luke haines
A mediados de
2001 el compositor inglés Luke Haines
(Londres, 1967) lanzó sus dos primeros discos como solista, Christie
Malry’s Own Double Entry –que reunía la música de una película basada
en un comic– y The Oliver Twist
Manifesto, en el que el músico coqueteaba con las técnicas de
producción del hip hop. La aparición de este último álbum fue entonces
acompañada de un llamado a la huelga nacional del pop, un silencio de radio que
se extendería durante una semana por el Reino Unido y clamaría el indulto por
todos los crímenes cometidos en nombre del pop.
Los álbumes de
2001 sólo confirmaron la carrera solista de Haines, quien desde fines de los
80, primero con su grupo The
Servants y, luego, con The Auteurs, Baader Meinhof
y Black Box Recorder, había entregado ya al repertorio de la música popular
británica un puñado de melodías sólidas y virtuosas en la tradición del Elvis
Costello pop, de Ray Davies y los Kinks o del mismo Paul McCartney con Wings. A
su vez, el llamado a la huelga fue una operación estética acorde a un artista
que encabezó algunos de sus discos con citas de Guy Debord y desplegó en su
obra una mirada en la que la ironía se cruza con las clases sociales, la
política, el sexo y los estilos de vida de la ciudad y el suburbio. Una melodía
de Haines, escribió uno de sus
críticos fervorosos, “es el equivalente a recibir un puñete en la puerta de
alguien que apareció ofreciendo caramelos; pero una letra de Haines es el
equivalente a descubrir que el caramelo fue entregado por el chotacabras”.
“La industria de
la música trata acerca de cómo perder dinero”, o “Blur y Oasis son
entretenimiento ligero”, son algunas de las frases con las que Haines azuzó a
la prensa especializada y, sobre todo, a sus pares en la escena pop británica,
entre ellos a Radiohead, asombrado del tiempo que se tomó el cuarteto para
preparar y lanzar un disco.
Escéptico pero
rara vez cínico, Haines canta en “Future Generations” (Las generaciones
futuras): “Esta música podría destruir una nación” y, en “Discomania” (sin
acento y pronunciado “discoménia”, porque es el original en inglés) alardea:
“Esta es la historia de adictos a la Pepsi Cola. ¿Quién de nosotros va a asesinarnos?”
En el álbum The Oliver Twist Manifesto Haines
anuncia en la primera línea de la canción: “Esto no es entretenimiento”.
“Quería salirme de esta idea –diría después el compositor– de que si escribo
una canción eso me convierte en un showman. ¿Por qué debo ser un showman?
¿Quién dijo eso? Por esa razón The Oliver
Twist Manifesto fue el comunicado de una brigada furiosa”.
La relación de
Haines con Inglaterra –de la que confiesa que le cuesta salir– suena
literaturesca y recuerda la de Martin Amis o la de J.G. Ballard con
Gran Bretaña: en los tres el crimen es el gran capital simbólico sobre el que
el imperio vuelve a refulgir sobre sus restos. Los títulos de algunos de sus
discos –de sus distintas formaciones– son elocuentes: Back With the Killer (De nuevo con el asesino, The Auteurs, 1995), After Murder Park (The Auteurs, 1996), England Made Me (Inglaterra me hizo, Black
Box Recorder, 1999).
Inglaterra es, en
realidad, el tema de la mayoría de las canciones de Haines. “Mientras Inglaterra se aproxima cada
día más a la idea de la cultura de las celebridades, donde todo el mundo es
famoso durante quince minutos, me gustaría ser el último de los hombres en
volverse famoso. Debería ser un objetivo para la gente evitar la fama”, declaró
Haines a la prensa. Por eso, las figuras de sus canciones son menos la imagen
de una cultura –la inglesa– que sus tropiezos, sus fallas, sus espacios vacíos,
ya sea a través de la
historia de las hermanas Mitford (en la canción “The Mitford Sisters”), un
bastión decadente del fascismo que en los años 30 bregaba por la unión de
Inglaterra con el Eje; ya sea a través de sus ídolos caídos, como el cantante
del glam rock Gary Glitter.
Anunciado en
muchas publicaciones y weblogs argentinos, los discos de Haines, de quien se
conoció en 2006 Off My
Rocker At The Art School Bop, no están editados en el país pero se
comparten a través de la red. Entre ellos, hay dos compilaciones Das Capital, un doble que reúne lo mejor
(The Best of, según la fórmula discográfica) de The Auteurs y Luke Haines is Dead (según el
latiguillo con el que los iniciados creían escuchar la noticia sobre la
suerte de McCartney en Sgt. Pepper
Lonelyhearts Club Band), una edición de tres discos compactos en el que el
compositor reinterpretó sus canciones con arreglos de cuerdas y creó nuevas
versiones, muchas de ellas, como “Showgirl”, superiores a la original.
Las clases
sociales, los negocios de ropa usada, el trabajo diario, el decadente mundo del
espectáculo y la frágil vidriera en la que hombres y mujeres fortalecen un monstruo
mediático de mil caras son los disfraces más frecuentes en las canciones de
Haines, quien a fines de los 90 unió sus esfuerzos con el creador de The Jesus
and Mary Chain, John Moore, para formar Black Box Recorder (una banda en la que
la voz cantante la llevaba una mujer, Sarah Nixey).
“Comencé a hacer
discos –dijo Haines– porque ya había escuchado la mayoría de la música que me
gustaba. Fui un niño precoz y a los 12 años ya había recorrido la discografía
de (David) Bowie; a los 13 escuchaba a Captain Beefheart. Cuando se llega a ese
punto y uno está a mitad de los 30, para ser honesto, es raro que uno se
interese en los «yeah, yeah»”.
lunes, 28 de abril de 2014
vino turbio
La última vez que estuvimos en San Nicolás, Mingo me dijo que me había reservado "uno de esos vinos con borra que te gustan", de los que producen con Fernando Demarco en la viña (ver El vino nicoleño). Traje la botella hace como dos semanas o más. Ignoro la cepa, pero estimo que puede ser un merlot. Aunque no importa demasiado.
Desde que Mingo y Fernando me instruyeron en esto de los vinos, siempre encontré en los vinos que mis amigos elaboran en San Nicolás un gusto "herbáceo" (el término me lo proveyó Mingo) que, a la postre, sólo sirvió para que mi pobre saber sobre la materia enmascarara todo lo que puedo decir sobre el asunto.
Herbáceo: me hice del término porque en ese resabio de cosa silvestre que trae la palabra, está presente para mí el pasto de la llanura bonaerense y es, a la vez, algo que no está en los vinos mendocinos, salteños o del sur, en los que la uva no sabe a laboratorio, por supuesto, pero (salvo para los súper entendidos, entidad en la que prefiero no creer demasiado) sí es ajena al suelo o, mejor, el suelo está presente en la uva, en su sabor, a costa de desvanecerse. Uno percibe un clima, una atmósfera que propicia la exquisitez del vino.
Pues el vino nicoleño no. Está en ese sentido más contaminado por algo que llamaré "tiempo", en lugar de clima: tiempo, porque acá hablamos del tiempo y ese hablar es el tiempo mismo, con su ciclotimia y su cosa de cosa que acontece mediada por la palabra. El vino de mis amigos es un vino hablado: uno transita por él como lo haría por las grandes superficies de pasto por las que transcurrió la juventud. El pasto que crece frondoso tras las lluvias frecuentes, en la humedad del terreno y en el fondo de las casas. Y, claro, hablado y herbáceo porque Mingo escribió la historia de ese vino, que es una de las grandes historias de San Nicolás y nos reunió a saber de nosotros a través de esa historia.
Entonces, claro, uno puede preferir el vino mendocino, neuquino o salteño; pero lo que ofrece el nicoleño es algo que nunca podría encontrar en esos otros: alguien trajo de lejos (de Italia, del Ligure) su hábito del vino y quiso hacerlo en esta tierra, donde sería enterrado, junto con sus hijos. Y esa historia, que es ajena y tiene tantos matices (incluso aquellos que pueden no importar o no agradar) se esparce entre nosotros, cala en nuestras reuniones, en nuestras comidas y en nuestra percepción del lugar del que provenimos. Y esos frutos de la tierra prosperan en nosotros, los hacemos nuestros en la cena, "comulgamos" con ellos. Amén de que no se trata de nuestro pasado, hallamos en esa historia una forma de transitar un pasado en el que algunos de nosotros somos apenas unos convidados.Un pasado de extranjería y de llanura, donde las cosas inevitablemente se mezclan y en esa mezcla se esconden. La hierba (del "herbáceo") trae la llanura al vino, empuja a la uva a esconderse y a aparecer en el sabor cuando el líquido se traga y en lo último del paladar distinguimos, casi en el momento de fuga del vino, el gusto de la vid, como una revelación. El vino nicoleño, el que cosechan y elaboran mis amigos, es así un aura (es que la tengo con ese concepto irreemplazable): muestra su secreto en el momento mismo en el que desaparece, se aleja al acercarse, se ausenta para mostrarse.
Ahora bien, el vino "con borra" que me regaló Mingo hace unos días es también otra cosa.
La botella sólo señala (la letra, creo, es de Fernando) que no fue filtrado. La sabor de la uva es de una franqueza tal que se impone a cualquier huella del pasto, y el alcohol (el cuerpo, o como se llame) viene a instalarse en la boca con una suavidad (acaso porque lo dejé unas horas abierto antes de terminar de tomarlo) y un impacto que parece sólido. Colabora, creo, la presencia de la borra, de los restos sólidos de la vinificación, el mosto, el hollejo.
Cuando le comento a Mingo lo exquisito que me resultó el vino, me escribe un correo que dice: "Es vino de pura uva. Sin nada. Es la mejor cosecha que tuvimos hasta ahora. A mi también me gusta mucho. Pero cuando probés el Cabernet te caés de culo". Y agrega luego, a propósito de un libro: "Pensé en lo privilegiados que somos al poder narrar lo vivido".
La presencia de la llanura es mucho más sutil en este vino: como si la uva hubiese impuesto su realeza, se hubiera hecho más densa la realidad de la viña, llenando el cáliz y ofreciéndose por entero en la cena universal de las cofradías; me transfiere así una ciudadanía que no sabía que buscaba, la de la hermandad y el terruño.
Desde que Mingo y Fernando me instruyeron en esto de los vinos, siempre encontré en los vinos que mis amigos elaboran en San Nicolás un gusto "herbáceo" (el término me lo proveyó Mingo) que, a la postre, sólo sirvió para que mi pobre saber sobre la materia enmascarara todo lo que puedo decir sobre el asunto.
Herbáceo: me hice del término porque en ese resabio de cosa silvestre que trae la palabra, está presente para mí el pasto de la llanura bonaerense y es, a la vez, algo que no está en los vinos mendocinos, salteños o del sur, en los que la uva no sabe a laboratorio, por supuesto, pero (salvo para los súper entendidos, entidad en la que prefiero no creer demasiado) sí es ajena al suelo o, mejor, el suelo está presente en la uva, en su sabor, a costa de desvanecerse. Uno percibe un clima, una atmósfera que propicia la exquisitez del vino.
Pues el vino nicoleño no. Está en ese sentido más contaminado por algo que llamaré "tiempo", en lugar de clima: tiempo, porque acá hablamos del tiempo y ese hablar es el tiempo mismo, con su ciclotimia y su cosa de cosa que acontece mediada por la palabra. El vino de mis amigos es un vino hablado: uno transita por él como lo haría por las grandes superficies de pasto por las que transcurrió la juventud. El pasto que crece frondoso tras las lluvias frecuentes, en la humedad del terreno y en el fondo de las casas. Y, claro, hablado y herbáceo porque Mingo escribió la historia de ese vino, que es una de las grandes historias de San Nicolás y nos reunió a saber de nosotros a través de esa historia.
Entonces, claro, uno puede preferir el vino mendocino, neuquino o salteño; pero lo que ofrece el nicoleño es algo que nunca podría encontrar en esos otros: alguien trajo de lejos (de Italia, del Ligure) su hábito del vino y quiso hacerlo en esta tierra, donde sería enterrado, junto con sus hijos. Y esa historia, que es ajena y tiene tantos matices (incluso aquellos que pueden no importar o no agradar) se esparce entre nosotros, cala en nuestras reuniones, en nuestras comidas y en nuestra percepción del lugar del que provenimos. Y esos frutos de la tierra prosperan en nosotros, los hacemos nuestros en la cena, "comulgamos" con ellos. Amén de que no se trata de nuestro pasado, hallamos en esa historia una forma de transitar un pasado en el que algunos de nosotros somos apenas unos convidados.Un pasado de extranjería y de llanura, donde las cosas inevitablemente se mezclan y en esa mezcla se esconden. La hierba (del "herbáceo") trae la llanura al vino, empuja a la uva a esconderse y a aparecer en el sabor cuando el líquido se traga y en lo último del paladar distinguimos, casi en el momento de fuga del vino, el gusto de la vid, como una revelación. El vino nicoleño, el que cosechan y elaboran mis amigos, es así un aura (es que la tengo con ese concepto irreemplazable): muestra su secreto en el momento mismo en el que desaparece, se aleja al acercarse, se ausenta para mostrarse.
Ahora bien, el vino "con borra" que me regaló Mingo hace unos días es también otra cosa.
La botella sólo señala (la letra, creo, es de Fernando) que no fue filtrado. La sabor de la uva es de una franqueza tal que se impone a cualquier huella del pasto, y el alcohol (el cuerpo, o como se llame) viene a instalarse en la boca con una suavidad (acaso porque lo dejé unas horas abierto antes de terminar de tomarlo) y un impacto que parece sólido. Colabora, creo, la presencia de la borra, de los restos sólidos de la vinificación, el mosto, el hollejo.
Cuando le comento a Mingo lo exquisito que me resultó el vino, me escribe un correo que dice: "Es vino de pura uva. Sin nada. Es la mejor cosecha que tuvimos hasta ahora. A mi también me gusta mucho. Pero cuando probés el Cabernet te caés de culo". Y agrega luego, a propósito de un libro: "Pensé en lo privilegiados que somos al poder narrar lo vivido".
La presencia de la llanura es mucho más sutil en este vino: como si la uva hubiese impuesto su realeza, se hubiera hecho más densa la realidad de la viña, llenando el cáliz y ofreciéndose por entero en la cena universal de las cofradías; me transfiere así una ciudadanía que no sabía que buscaba, la de la hermandad y el terruño.
Mingo y Fernando frente al boliche donde paraba Hormiga Negra, en San Nicolás. Fotografía tomada el 11 de diciembre de 2011.
Fernando en octubre de 2011, al promocionar el vino Los Arroyos, con vides cosechadas y vinificadas en San Nicolás.
Elena y Martín pisan uvas merlot en la viña; los asiste Fernando en febrero de 2007.
Mingo, Fernando, Martín y Elena en la viña.
En diciembre de 2009 descorchamos el Merlot 2007 en la casa de Mingo en San Nicolás.
Etiquetas:
amigos,
heridas,
lugares,
san nicolás
viernes, 25 de abril de 2014
fargo
La serie Fargo está
ligeramente basada en la
película de los hermanos Coen o, mejor, la película ofrece un escenario,
unos personajes a partir de los cuales la serie comienza una fuga.
Matt Zoller Seitz escribe en Vulture
que los ambientes iluminados por los tubos fluorescentes, como la sala de
espera de hospital en la que el vapuleado Lester Nygaard (Martin Freeman) se
encuentra al solitario asesino Lorne Malvo (Billy Bob Thronton)
definen a la tira mejor que los exteriores desérticos y nevados del film. Es
cierto, si bien los episodios conservan cierta lealtad al universo narrativo de
los Coen, también son fieles a la escenografía televisiva, que propende a la
intimidad. Claro que también hay mucha nieve, mucho frío; muchos “yah”.
Imagen de Micropsia.
Creada
por Noah Hawley (responsable
de Bones), la
primera temporada de Fargo (que
arrancó en su canal de origen, FX, el 15 de abril pasado) tendrá diez episodios
en las que se cerrará la historia, más allá de que haya otra temporada.
También
la serie comienza con la leyenda de que se trata de una historia real en la que
se modificaron los nombres a pedido de los vivos y se respetaron los hecho en
honor a los muertos, sin embargo, los dos asesinos que en el film interpretaban
Steve Buscemi y Peter Stormare aparecen transfigurados y podrían caber en los
roles que en la serie encarnan Adam Goldberg y Russell
Harvard, sin embargo, las diferencias entre la serie y la película se parecen a
las diferencias entre universos paralelos en, por ejemplo, la serie Fringe.
Por eso, el punto inicial sentado por la película es un punto de fuga para la
película.
El
asesino que interpreta Thornton, cínico e instigador, se parece a otros
asesinos de los Coen, pero no está en el film. Tampoco la policía embarazada
que encarnara Frances
McDormand, personaje que parece haberse desdoblado en dos, la esposa del
jefe de policía (que está embarazada) y la agente que interpreta brillantemente
Allison Tolman.
Tampoco
el personaje central que hacía William H. Macy (el vendedor de autos) coincide
con el de Freeman (un vendedor de seguros maltratado por su esposa, a la que
termina asesinando en el primer episodio).
De algún modo, con los rasgos de humor negro que
caracterizan a los Coen y son herencia –de algún modo– de los yeites de Ring Lardner, en la
serie nos encontramos con los pactos con que Alfred Hitchcock solía enseñarnos
el Mal en films como Extraños en
un tren, aunque sin su horizonte redentor.martes, 22 de abril de 2014
1979
El nombre de los archivos dice "1979", aunque me arriesgaría a decir que las fotos son posteriores (podrían ser del 80 u 81), o quién sabe, bien pueden ser esos años, en San Nicolás,
Gustavo, que era, creo, el único que andaba con una cámara de fotos en esos días, comenzó a enviármelas este lunes, hasta que terminé enviándole un muy maricón mensaje con la leyenda "You are killing me softly". A los dos nos corroía la "ternura" que hallamos en estas imágenes, casi todas, salvo la que es en blanco y negro, en las casas que en ese entonces habitó Gustavo: la de León Guruciaga y la de los monoblocks frente al cementerio, sobre avenida Francia. Tengo todavía la camisa azul que llevo puesta en la foto donde estoy sentado.
Gustavo, que era, creo, el único que andaba con una cámara de fotos en esos días, comenzó a enviármelas este lunes, hasta que terminé enviándole un muy maricón mensaje con la leyenda "You are killing me softly". A los dos nos corroía la "ternura" que hallamos en estas imágenes, casi todas, salvo la que es en blanco y negro, en las casas que en ese entonces habitó Gustavo: la de León Guruciaga y la de los monoblocks frente al cementerio, sobre avenida Francia. Tengo todavía la camisa azul que llevo puesta en la foto donde estoy sentado.
Si es así, si era Gustavo el único que nos retrataba en esos días, hay que decir que aquél programa suyo de formarnos en ese tiempo (sus reuniones y sus conversaciones, con muchas preguntas y mucho de introspección grupal) fueron también nuestra novela familiar. Lo vi hace poco, en una reunión que hicimos para celebrar el cumpleaños de Celia (que está en dos de las fotos y por esos años manejaba un Ami 8 celeste al que un día se llevó por delante un camión, en Urquiza y Belgrano), vi la irradiación de esa tutoría que Gustavo desplegó sobre nosotros: como un llamado, algo que él llevaba y traía de los lugares por donde andaba, muchas veces lejos del terruño donde siempre permanecíamos. Eso, Gustavo nos acercaba su lejanía y con ello dibujó cierto aura que ahora vuelve con la imagen que capturó de nosotros.
En las fotos, 1, parados: Pablo Makovsky, Adolfo Vergara, Eduardo Orlov, JCN; sentados: Sergio Rabadá, Marcelo Suárez, Alfredo Marengo y Celia López. 2, parados: Gustavo Ng y Eduardo Orlov: sentados, Rabadá, Suárez, Marengo, López y JCN. 3: Ng, Orlov, Fernando Demarco y Adolfo Vergara. 4: JCN, Vergara, Makovsky y, delante, las primas Marcela y Olivia.
Etiquetas:
amigos,
fotos personales,
heridas
fantasía encarnada
Aunque
nacida en Rosario en 1975, Carolina Musa pasó su infancia y adolescencia en
Orán, Salta, que es el lugar o, mejor, “la zona” –como si se tratara de la
irradiación de un espacio– donde transcurren los cuentos de En el cuerpo quién sabe, su primer
volumen de narrativa (publicado este mes por la editorial rosarina BaltasaraEditora).
Los relatos de En el cuerpo quién sabe suceden en una atmósfera provinciana sin costumbrismo, y los personajes, como en una película de John Carpenter, sufren transformaciones en el cuerpo que los dejan como en otra vida. En esa “otra vida”, creemos, habitan los fantasmas que la joven Musa dejó en el norte del país y conjura en estos cuentos que a veces rozan –por su precisión formal, sus simetrías y analogías– el guion fílmico, ese que trae en una imagen cotidiana una revelación hecha de asombro y melancolía.
En el cuerpo quien sabe se presenta el sábado 26 de abril a las 19.30 en el bar Bienvenida Casandra (Sarmiento 1490).
Musa,
cuyo nombre dispara los retratos más variopintos en el buscador de imágenes de
Google, es conocida por sus intervenciones en el ámbito de la poesía (publicó el
libro de poemas Acústico en 2011 y
participó en al menos tres antologías, además de haber sido invitada al
Festival Internacional de Poesía y haber asistido a cursos con Marcelo Cohen y
Daniel García Helder, entre otros).
Los relatos de En el cuerpo quién sabe suceden en una atmósfera provinciana sin costumbrismo, y los personajes, como en una película de John Carpenter, sufren transformaciones en el cuerpo que los dejan como en otra vida. En esa “otra vida”, creemos, habitan los fantasmas que la joven Musa dejó en el norte del país y conjura en estos cuentos que a veces rozan –por su precisión formal, sus simetrías y analogías– el guion fílmico, ese que trae en una imagen cotidiana una revelación hecha de asombro y melancolía.
—Hasta ahora habías publicado libros
de poesía y transitaste bastante ese mundo, el de la poesía, ¿qué encontrás en
la narrativa a diferencia de la poesía?
—Me divierto
más, eso seguro, porque el tiempo de la escritura dura más. En general mis
poemas son respuestas a estímulos puntuales y después los corrijo mucho, voy
quitando, depurando palabras, versos enteros. No escribo poesía con un programa
previo, aunque sí entiendo que los poemas que tienen la misma pulsión se van
reuniendo casi por contigüidad. En cambio en la narrativa tengo una conciencia
desde el principio de los elementos formales del texto. Pienso mucho en los
personajes, hago esquemas de sus posibles pasados, de sus frustraciones, trato
de captar esos momentos que pueden definir la vida de una persona, todo un
laburo de búsqueda del que queda muy poco en los textos.
—¿Existe la tentación de “poetizar”
la prosa? ¿Cómo ves esa cuestión (pensada, digamos, en relación a Saer, con su Arte de narrar que consiste en poemas)?
—No. No.
Bah no sabría cómo hacer eso. ¿Qué es poetizar una prosa? A veces un personaje
viene con la poesía a cuestas, un viajero, supongamos, puesto a monologar
quizás se permita cierto lirismo. Al narrador yo no se lo permito. A llorar a
misa. Pero a veces sí. Son esas cuestiones que como aprioris no me importan,
salvo que lo demande el personaje, el paisaje, la trama, o algo.
—Hay siempre elementos de algún modo
misteriosos y hasta fantásticos en los cuentos (“Emergencia sanitaria” es para
mí una actualización á la creole de Invasion of theBody Snatchers), ¿encontrás allí una genealogía, un interés particular a
partir de ciertas lecturas? ¿Cómo definirías ese elemento extraño que aparece
en las narraciones?
—Sí.
Efectivamente. Hay zombis, enigmas sobrenaturales, aparecidos y sucesos sin
explicación racional. Y sin embargo son parte del verosímil de ese paisaje. No
creo que pueda trazar una genealogía a partir de la literatura fantástica, más
bien veo en estos elementos una reacción al recetario que nos dejó más de un
siglo de realismo. (Es que soy muy mala cocinera, no puedo lidiar con una
cantidad exacta de ingredientes dispuestos en forma mecánica)
—Cuál es la relación biográfica y “formal”,
literaria, con Orán y esos pueblos de provincia que aparecen en los cuentos?
¿Qué es lo que te habilitan esos escenarios al escribir ficción?
—Esto me
interesa muchísimo, porque –más allá de cualquier posicionamiento literario– para
mí es el escenario, el paisaje mismo que habilita en estos cuentos la irrupción
de lo fantástico. Hay una mixtura de creencias religiosas (católicas o no) que
enrarecen no sólo la conversación sino también las conductas. La mujer muerta
que aparece en un árbol y habla, por ejemplo (en “Mal agüero”), no se presenta
como una opción fuera del verosímil, sino al contrario.
—¿Cómo es ser escritora hoy en Rosario?
Hay muchas editoriales, encuentros, hay un ambiente, ¿cómo te movés en todo
eso?
—A mí
este ambiente me dio muchos amigos, gente que comparte este delirio tuyo (es
decir: mío), con la que podés hablar de libros sin hacer alarde de erudición o
tener que impresionar a un docente.
—¿Te sentís más cómoda en la poesía o en la
narrativa?
—Me
fastidian un poco las recetas y me aburren los cánones de escritura, en poesía
y en prosa. Me siento cómoda buscando, explorando. A veces hay algo que me
deslumbra y yo siento que tengo que ir por ahí. Por ejemplo: desde hace algún
tiempo vengo probando con una serie de poemas para chicos, y en ese conjunto
había algunos, muy narrativos, que no me convencían para nada. Entonces los
pasé a prosa y crecieron de un modo muy hermoso, brotaron diría, encontraron su
forma.
—Tenés un hijo: ¿cómo ve él tu
actividad, cómo la compartís con él?
—Lautaro
tiene 12 años, cuando empecé a leer en público iba re contento a los bares,
después se cansó y no quiere ir más. Pero a veces va, y nos llevamos una linda sorpresa
de escucharlo reír a carcajadas en una lectura de Santiago Pontoni.
—¿Cómo nació la idea de un taller
literario para niños? ¿Cómo resultó eso? ¿Conclusiones?
Yo me divierto muchísimo
con los pibes. Siento que esos espacios habilitan el juego y la risa, y trato
de construir ambientes desprejuiciados. Supongo que parte de esta idea surge de
mi incapacidad total para lidiar con un grupo de adultos (corrijo muchos textos
de adultos, pero siempre uno a la vez).En el cuerpo quien sabe se presenta el sábado 26 de abril a las 19.30 en el bar Bienvenida Casandra (Sarmiento 1490).
Etiquetas:
conversaciones,
entrevistas,
libros
viernes, 18 de abril de 2014
en el nombre del hijo
“Mammon” significa,
en arameo y según su uso bíblico, “codicia”, riqueza mal habida. Se
nombra dos veces en el Nuevo Testamento, en Mateo 6:24 (“No se puede servir a dos señores”) y en Lucas
(16:30). Mammon
es también el título de una serie noruega que cautivó a los ingleses y tendrá su segunda temporada el año
que viene, además de una versión americana (en Fox), como otras series
escandinavas, entre ellas The Killing.
Foto de The Guardian.
En la
primera temporada (seis episodios en total con un final abierto) que emitió la
NRK noruega (están en los sitios habituales de descarga) la historia sigue los
pasos de Peter Verås, un periodista cuyo hermano Daniel es un alto funcionario
bancario y su padre, un pastor protestante. La presentación de la serie nos
muestra a los hermanos Verås corriéndose en el bosque de niños, enfrentados,
sin que sepamos quién agrede a quién y sentando una mácula en esa hermandad que
se propagará en la trama y la atmósfera de la serie como las marcas que han
dejado en la Biblia las peleas entre hermanos.
La historia, la anécdota de la serie es una investigación por enriquecimiento ilícito y fraude entre empresarios y prohombres de las finanzas gracias a información privilegiada. El escándalo –en principio– involucra a banqueros, funcionarios del gobierno y políticos.
La historia, la anécdota de la serie es una investigación por enriquecimiento ilícito y fraude entre empresarios y prohombres de las finanzas gracias a información privilegiada. El escándalo –en principio– involucra a banqueros, funcionarios del gobierno y políticos.
La fuente
de Peter, a poco de avanzar el primer episodio, es una misteriosa Sophia a la
que contacta vía chat. Lo que descubrirá pronto es que los mensajes provienen
de la computadora de su hermano. En la próxima escena, y mientras Peter
conversa con su cuñada y su sobrino espera en la vereda, nuestro héroe asiste
al suicidio de Daniel Verås.
Si algo nos han enseñado las series más intensas de los últimos años es que las intrigas más políticas, aquellas que de alguna manera responden a la pregunta por los tiempos que vivimos, no pueden correrse de la pregunta fundamental de la ficción: ¿quién soy? De modo que Mammon es también una interrogación sobre el lazo familiar entre ese padre religioso y esos hermanos que tomaron caminos tan diferentes (uno un alto economista a quien su padre rechazó, otro un periodista que vive de un magro sueldo). Será entonces el padre de Pater quien le mostrará un video de una cámara de seguridad de la iglesia en la que se ve al hijo suicida llegar la noche antes de matarse hasta el altar para gritarle a un cuadro que él mismo donó: “¡Abraham!”. Abraham, el nombre del patriarca bíblico, es el hilo conductor hacia una sociedad secreta –descubriremos luego que está vinculada a una universidad nórdica y a muchas otras instituciones públicas. La figura de Abraham alumbra el pacto de esa sociedad que exige el sacrificio de los hijos como pago por la revelación del secreto. Para probar su fe, según la escena bíblica, Dios encomienda a Abraham el sacrificio de Isaac, su hijo. (Hay que decir que las interpretaciones sobre este episodio son innumerables y constituyen una gruesa columna del pensamiento occidental –acá la charla con Silvana Rabinovich, de donde se desprenden más interpretaciones–.)
En Mammon hallamos
de nuevo, como en muchas series, que el territorio de la intimidad adquiere
unas dimensiones monstruosas a la vez que universales (son las dimensiones de
la escena de Abraham). Pero con Mammon es la primera vez que la codicia
y los modos (tramposos) de acumular capital se muestran con la crudeza y el
espanto que realmente acarrean, a través del sacrificio de inocentes; lo que
nos devuelve a la tierra no ya del padre ausente, sino del padre que devora a
sus vástagos.Si algo nos han enseñado las series más intensas de los últimos años es que las intrigas más políticas, aquellas que de alguna manera responden a la pregunta por los tiempos que vivimos, no pueden correrse de la pregunta fundamental de la ficción: ¿quién soy? De modo que Mammon es también una interrogación sobre el lazo familiar entre ese padre religioso y esos hermanos que tomaron caminos tan diferentes (uno un alto economista a quien su padre rechazó, otro un periodista que vive de un magro sueldo). Será entonces el padre de Pater quien le mostrará un video de una cámara de seguridad de la iglesia en la que se ve al hijo suicida llegar la noche antes de matarse hasta el altar para gritarle a un cuadro que él mismo donó: “¡Abraham!”. Abraham, el nombre del patriarca bíblico, es el hilo conductor hacia una sociedad secreta –descubriremos luego que está vinculada a una universidad nórdica y a muchas otras instituciones públicas. La figura de Abraham alumbra el pacto de esa sociedad que exige el sacrificio de los hijos como pago por la revelación del secreto. Para probar su fe, según la escena bíblica, Dios encomienda a Abraham el sacrificio de Isaac, su hijo. (Hay que decir que las interpretaciones sobre este episodio son innumerables y constituyen una gruesa columna del pensamiento occidental –acá la charla con Silvana Rabinovich, de donde se desprenden más interpretaciones–.)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







