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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

miércoles, 1 de marzo de 2017

villanos y neoliberalismo

El presidente Mauricio Macri se jactó en su discurso de apertura de sesiones ante el Congreso de la profundización de la lucha contra el narcotráfico y volvió a poner en agenda un “debate” sobre la edad de imputabilidad penal de los jóvenes.

El del narcotráqfico es hoy el mejor discurso para crear villanos que parecen ajenos a la dinámica del neoliberalismo. 
Como suele suceder, las ficciones –que no son fantasías ni inventos, sino lecturas diversas de lo que convenimos en llamar realidad– ya señalaron estos caminos de varias formas. Aquí nos concentraremos en series de televisión.

Dos series sentaron el paradigma para pensar el narcotráfico, The Wire (HBO, 2002-2008) y Breaking Bad (AMC, 2008-2013), las demás suman anécdotas, detalles particulares o biografías: Narcos y toda la lista.

En marzo de 2015 el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama –acaso un poco tarde– mantuvo una entrevista en la Casa Blanca con David Simon, escritor, ex periodista y creador de la serie The Wire, de la que Obama fue siempre un declarado admirador. El motivo de la conversación era la Guerra contra las Drogas, desatada en la era Nixon, atemperada luego y profundizada en la presidencia de los Bush, y que su administración continuó.



Cable a tierra



En la entrevista Obama necesitaba del relato de Simon en la serie para argumentar que era necesario dejar de encarcelar personas por delitos no violentos involucrados con las drogas, lo que había llevado a generaciones a privarse de la presencia de un padre, etcétera.

Ese sólo hecho, el encuentro de un presidente con el creador de una serie para referirse a un tema central de la política interior: Estados Unidos es el país con mayor cantidad de presos del mundo, el 40% son afroamericanos cuando ese sector de la población apenas representa el 7% del total, ya habla de la grandeza de la serie.

Pero su mayor mérito es haber llevado a la pantalla el proceso por el cual el narcotráfico se convierte en una verdadera economía alternativa cuando la ciudad de Baltimore –en Maryland, de donde es Simon– se “gentrificó”, es decir, convirtió sus espacios públicos y sus tierras más codiciadas en una mercancía de intercambio de la especulación financiera.
Lo explica la escritora argentina Gabriela Massuh en su libro El robo de Buenos Aires, cuando se refiere a la privatización de Puerto Madero: “La impune privatización de 170 hectáreas de ciudad para convertirlas en un coto privado de especuladores y lavadores, narcos o no narcos. El modelo Puerto Madero dio a luz el mecanismo que en la década del 2000 se aplicó a toda la ciudad: especular con el suelo urbano para colocar excedentes y terminar destruyendo la ciudad. Esta es la gran industria de la construcción que, en Buenos Aires, produjo 450 mil personas que no tienen acceso a la vivienda, un crecimiento exponencial en villas con la existencia, al mismo tiempo, del 29% de departamentos nuevos vacíos, construidos solamente para ‘mantener el valor del dinero’ sin haber crecido un ápice la cantidad de habitantes de la ciudad desde 1946”. 

Es el tipo de movimientos que describió David Harvey en su Breve historia del neoliberalismo: además de contar la historia de cómo un grupo de policías suman tecnología para dar con los peces gordos del narcotráfico –“wire” es cable y, por extensión, señala las técnicas de escucha e inteligencia judicial–, The Wire es la biografía de una ciudad, el relato de las clases más pobres corridas de la circulación del capital que deben armar un economía paralela a partir del tráfico de drogas.



Una pyme



Breaking Bad, creada por Vince Gilligan (escritor y productor de muchos episodios de The X-Files), cuenta la historia de Walter White (Bryan Cranston), un profesor de química que monta un alambique para fabricar cristales de metanfetamina cuando se entera de que va a morirse de un cáncer de pulmón y que todo lo que puede dejarle a su familia son las deudas de su hipoteca. En realidad, ese simple detalle –alguien que fabrica droga para acumular dinero con cierta celeridad–, que podría servir de línea argumental para una comedia negra, se desarrolla con una precisión pedagógica en la primera temporada: nuestro profesor White intenta juntar dinero con trabajos extra, hasta que comprende, como lo comprendió hace rato gran parte de la clase dirigente argentina, que nadie gana dinero trabajando.

Para esta pequeña empresa que consiste en fabricar droga, nuestro Walter White puede arreglárselas más o menos bien, pero un alambique (usamos el término en un sentido metafórico, porque en verdad se trata de un laboratorio; es que el alambique fue, en la historia del oeste medio y el sur norteamericano, el centro gravitacional de su cultura: con él se fabricaba el elíxir con el que mitigar las penurias de la conquista del Oeste y la búsqueda del oro, y con él se restituía el tráfico de alcohol que la ley seca prohibió a partir de 1920); un alambique, entonces, necesita ocultarse. Además, la droga necesita distribuirse y, sobre todo, alguien debe recaudar los beneficios de esa distribución. Para todo eso (esconder el alambique, distribuir y obtener ganancias de la circulación de la droga en la calle), nuestro profesor se asocia con Jesse Pinkman (Aaron Paul), un ex alumno de su curso cuyas habilidades en estos asuntos son dudosas: las fantasías iniciales que ayudan a Walter White para ver a Pinkman como traficante se reforzarán luego con las presiones reales de un White cada vez más despótico que ha reducido –acuciado por la cercanía de la hora final– todas sus relaciones con el mundo a la más elemental del capitalismo, costo-beneficio.

Así, Breaking Bad narra también la transformación de un pequeño emprendimiento económico, casi artesanal, en una pyme primero y, luego, con la intervención de Gus Fring (Giancarlo Esposito), un narcotraficante que también se toma el negocio muy en serio, en una gran firma, como quien dice.
Lo que Breaking Bad cuenta, en épocas de burbuja inmobiliaria, cuando la aspiración de la clase media de tener una casa ya no forma parte del sueño americano, es la transformación de la droga en capital.