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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 31 de marzo de 2011

el colaboracionista

1. El miércoles 30 de marzo, a última hora, fui a cubrir el escrache a Ricardo Pedro Bruera en la entrada de su casa, en el edificio de Córdoba 603 (Rosario). Había unas  chicas paradas en la vereda del Monumento a la Bandera, en Córdoba y Juan Manuel de Rosas, y me preguntaron qué había hecho la persona a la que estaban escrachando. “Fue el ministro de Educación de Videla”, les dije. Y de inmediato aclaré: Jorge Rafael Videla, el primer presidente de la última dictadura cívico-militar. “¿Y qué hacía?, nosotras vivimos en ese edificio, es vecino nuestro”, preguntaron las chicas mirando hacia enfrente, donde nadie se asomaba a los balcones. Ricardo Pedro Bruera, el hombre al que un grupo de estudiantes secundarios agrupados en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), acompañados por militantes de la agrupación HIJOS y del Movimiento Evita, estaban escrachando, fue el responsable de la “Operación Claridad” entre 1976 y 1977, que llevó la represión al ámbito educativo, señaló docentes y alumnos opositores a un régimen que en ese entonces sembraba el país de campos clandestinos de concentración, secuestraba personas y saqueaba las casas y las familias de sus víctimas como si fuesen botines de guerra.
Las chicas también me dijeron que cruzaban siempre a la nieta de Bruera, “esa gente —dijeron— que se creen que están en otro nivel porque tienen dinero”. Me recordó la cita de Léon Bloy: “El dinero es la sangre del pobre”, pero me reservé el comentario.
En el edificio había una fuerte custodia policial que cuidaba la entrada detrás de unas vallas. Su número era apenas inferior al grupo de jóvenes que llegó hasta allí.
“Es necesario mostrar a los criminales para que la sociedad reflexione y juzgue —comenzó hablando por un viejo megáfono un estudiante de tercer año de la escuela Leónidas Gambartes (Paraguay y Mendoza, donde funciona la primaria Mariano Moreno), miembros a su vez de la UES—; aquí vive uno de los principales responsables de la destrucción de la escuela pública”.
Le siguió un compañero de quinto, de la misma escuela, que como él arrancó con un “Acá estamos”, y continuó con las consignas del escrache: “Mientras viva —le espetaba a Bruera, invisible y mudo allá en su décimo piso—, sonará en sus oídos nuestra palabra. Señores como éstos van a escuchar nuestras voces”.
 Fotos: gentileza Prensa Movimiento Evita.

Hoy en día Bruera —como figura en internet— es director de Aprodece, del Centro de Didáctica Experimental (Cedie) anexo al Colegio y director general del complejo educativo Colegio Rosario.

2. Como me ha pasado en otras oportunidades, cuando tuve que estar en este tipo de actos —ya sea para cubrirlos o porque quise participar—, me asalta una “cercanía” del pasado o, mejor aún, la dimensión de contemporaneidad del pasado: haber estado allí sin haber estado del todo. Como dice la recurrente canción de Leonard Cohen: “the feelthat this ain’t exactly real, or it’s real, but it ain’t exactly there”. Ser contemporáneo de algo que sucedió mientras estaba en otra parte.
Y vuelvo, pero en los libros.
En 1967, Hety S., una alemana de unos 50 años, le envía una carta al escritor Primo Levi (con quien había iniciado su correspondencia después de leer Si esto es un hombre) en la que le cuenta una escena con su empleada doméstica, cuyo esposo había muerto en la Segunda Guerra, cuando peleaba con el uniforme alemán: “Cuando mi marido vino con permiso de Polonia me contó: «No hemos hecho casi nada más que fusilar judíos, todo el tiempo fusilando judíos. De tanto disparar me dolía el brazo». Pero ¿qué podía hacer si le habían dado aquella orden?”. Hety cuenta en su misiva que despidió a la mujer. El fragmento pertenece a la sección “Cartas de alemanes”, la última de Los hundidos y los salvados, el libro con el que Levi cerrara la trilogía sobre el campo de exterminio de Auschwitz, donde estuvo prisionero un año y medio, hasta el fin de la guerra. En ese mismo capítulo, Levi reseña la epístola de un tal “señor T.H.”, en palabras del autor: “un nazi no fanático pero sí oportunista, que se arrepiente cuando es oportuno, tan estúpido como se requiere para hacerme creer su versión simplificada de la historia reciente”.
Esa correspondencia me recuerda a los habitantes del muy santafesino y muy ficticio Malihuel, donde transcurre El secreto y las voces, la novela de Carlos Gamerro. En esos textos hay ciertos clisés, ciertos lugares comunes del decir, ciertas afirmaciones con las que los personajes se sacuden su complicidad de ese crimen sin cuerpo del delito que instaló para siempre la última dictadura cívico-militar argentina.
El secreto y las voces, como bien advierte el título, es la historia de un secreto a voces. La historia de las versiones de un hecho del que gran parte del pueblo de Malihuel fue cómplice: la ejecución, en 1977, de Darío Ezcurra y su posterior desaparición en manos del jefe de policía: Armando J. Neri, que pide el aval de los personajes más notorios del lugar para proceder a secuestrar y matar a Ezcurra. “El crimen perfecto –dirá allí un personaje– es justamente aquél que se comete a la vista de todos: porque entonces no hay testigos, sólo cómplices”. El secreto y las voces es un experimento del lenguaje, en el que el horror, la complicidad, los recuerdos falsificados y las excusas atraviesan el discurso y pretenden pasar desapercibidos en sus lugares comunes.
Pienso en esto, ahora, mientras leo las referencias a Bruera en internet: todas destacan su dedicación en el ámbito educativo y, aunque citan fechas (1976 es un año que a nadie escapa), la indolencia con la que abordan la especificidad del colaboracionista (un técnico en educación) son también una clara muestra de lo terriblemente encubridores que resultan los discursos instrumentales.

3. El mismo edificio de Córdoba y Juan Manuel de Rosas, en 1976, cuando Bruera asumió su cargo en el ministerio de la dictadura, tenía enfrente el Monumento a la Bandera, aunque no estaba aún el pasaje Juramento y las estatuas de Lola Mora, ni estaba allá al fondo, en el parque, el monumento a los Caídos en Malvinas, último acto criminal de un Estado que había preparado a sus soldados mientras los cuadros superiores secuestraban y torturaban civiles.