socio

I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

sábado, 5 de marzo de 2011

levrero > la tentación de escribir



Un buen amigo de Mario Levrero (que para los amigos era Jorge Varlotta) dice que lo que está escrito en El discurso vacío es “totalmente verídico”. Sus escenarios son reales y sus personajes sobrevivieron a Levrero (Montevideo, 1940-2004).
El discurso vacío, a su vez, es una suerte de diario con McGuffin, para usar una vez más el término amuleto de los cinéfilos: una excusa que lleva al relato y no es en sí el relato —el plano que hay que encontrar en una novela de Kipling, el secreto que cayó en manos enemigas en la última versión de Misión: imposible—. El que escribe en El discurso vacío (Levrero) dice que se dispone a llevar adelante unos ejercicios caligráficos con un fin terapéutico que desmonta la idea de la grafología, cuyo postulado anuncia que la letra escrita refleja el interior de una persona. Así que el escritor decide mejorar la letra para mejorarse a sí mismo. A condiciòn de que lo que escribe no debe tener un “sentido” literario. Un escribir ajeno a la escritura, al mismo diario: se trata de estar atento al dibujo de las letras, no a su contenido, no a lo que enuncian. Como si quien dibuja las letras se enajenara de sí: “desentendiéndose de las significaciones de las palabras que se van formando –lo cual es una operación casi opuesta a la de la literatura; especialmente porque se debe frenar el pensamiento, que siempre, acostumbrado a la máquina de escribir, busca adelantarse, proporcionar nuevas ideas, establecer nuevas relaciones de ideas y de imágenes”, se lee en la página 22.
Pero acaso para los que conocen a Jorge Varlotta como Mario Levrero, es una operación verídica como literatura. Interzona editora, que ha hecho en los últimos años una sutil triangulación de zonas literarias, entre el Uruguay de Levrero, la ruta Buenos Aires-Rosario de Elvio E. Gandolfo (en Ómnibus) y el exasperante panorama santafesino del difunto Carlos Correas (en Un trabajo en San Roque y otros cuentos) publicó El discurso vacío a diez años de su publicación original, en 1996.
La extrañeza y la extranjería de los lugares domésticos es el tema, la atmósfera de muchos de los textos de Levrero (como en los cuentos de Desplazamientos). Su método podría resumirse en el recurso de la tira “Los profesionales”, que dibujara Lizán y Levrero firmara como Varlotta en la revista Fierro, a fines de los 80. Allí, tres ladrones de poca monta parodiaban la situación de estar a punto de dar un gran golpe, al estilo de los cuentos de la serie negra norteamericana. Eran el Jefe, Jeff y Mutt, eterno aprendiz, infantil y fronterizo. La parodia del género, en momentos en los que nunca pasaba nada, le servía a Levrero-Varlotta de excusa para explorar el ridículo de una rutina que en principio era paródica y, sobre todo, era su forma de señalar con ironía los signos del tedio.
“El vacío nunca me asustó demasiado —se lee en la página 43—; en ocasiones hasta llegó a ser un refugio. Lo que me asusta es no poder huir de ese ritmo, de esa forma que fluye sin develar sus contenidos. Por eso me pongo a escribir, desde la forma, desde el propio fluir, introduciendo el problema del vacío como asunto de esa forma, con la esperanza de ir descubriendo el asunto real, enmascarado de vacío”. Así Levrero, que procede según la lección de Marguerite Duras (“Escribir es construirse una soledad”), avanza desde un discurso que se pretende fuera del discurso hacia una vida fuera de la vida, una vida contemplada que le devuelve sus dolores más íntimos: el abandono de un lugar en Montevideo hacia un trabajo en Buenos Aires; la partida de una casa a otra en Colonia, Uruguay, entre 1991 y 1993; los escapes de un perro casero a la calle en los que ve, per speculum, la puesta en abismo de sus propios días.
La maravilla de este libro es la de su propio mecanismo de escritura, y la de los tesoros que toda escritura trae hasta la orilla del texto.
La parodia como excusa en “Los profesionales”, los ejercicios caligráficos como excusa en El discurso vacío, son también recursos para el recuerdo: “Cree la gente, de modo casi unánime, que lo que a mi me interesa es escribir. Lo que me interesa es recordar, en el antiguo sentido de la palabra (= despertar). Ignorosi recordar tiene relación con el corazón, como la palabra cordial, pero me gustaría que fuera así” (página 104).
Entre paréntesis a una anotación de un día marzo, en la página 119, se lee: “(Hoy leí una frase de Rilke que es monumental: dice algo así como que “la realidad es una cosa lejana que se acerca con infinita lentitud al que tiene paciencia”.) (Tengamos paciencia, pues, y esperemos que esa cosa lejana se acerque.)” Pero lo que se acerca a ese mundo de los ejercicios caligráficos que constituyen El discurso vacío son zumbidos, interrupciones, distracciones de la vida doméstica: el perro que pide entrar a la casa y cuando se le abre la puerta sale disparado a la vereda de enfrente a torear a otro perro, el niño Juan Ignacio que entra a preguntar por su madre porque un señor pregunta por ella, la madre del niño, Alicia, que requiere la atención del escritor. Como en “Los profesionales”: hay un plan, un golpe, hasta un lenguaje y un estilo (el de la serie negra, que se parodia), todo eso interrumpido una y otra vez por la formación del aprendiz, la torpeza del secuaz, los escasos recursos, la realidad que nunca está del todo cerca.

El discurso vacío
Mario Levrero
Interzona
Buenos Aires, 2006
144 páginas
Las páginas de Los profesionales en Fierro (click en la imagen para ampliar).