Foto cedida por Mario Antonio Santucho.
Mario Antonio Santucho creció en Cuba, a donde llegó al año, en 1976, luego de
que una patrulla militar asesinara a su padre, Mario Roberto Santucho, Roby, uno
de los máximos dirigentes del PRT-ERP, sorprendido junto con otros militantes
en un departamento del Gran Buenos Aires. Desde hace dos años, dirige la
revista Crisis, que por estos días puso
en circulación su número 11. Su actividad como editor comenzó, en realidad,
mucho antes, en la editorial Tinta y Limón
y el colectivo Situaciones, donde junto con otros compañeros se dieron a la
tarea de pensar la política, sobre todo a partir de Diciembre de 2001, un
umbral para pensar la historia y las tensiones políticas del país. Su propia
historia la cuenta en estas líneas.
—¿Cuál es el relato
que tenés de tu padre?
—Cuando mis padres desaparecieron yo
tenía 1 año, así que no poseo recuerdos propios. Pero desde que tengo uso de
razón supe la verdad de lo sucedido y fui creciendo con esa “marca de origen”. Por
suerte pude elaborar el sentido de esas vidas y esas muertes en un clima social
muy favorable, porque crecí en La Habana y allá no tuvimos que convivir con los
efectos del terror dictatorial. Siempre recuerdo que uno de nuestros juegos preferidos
de la infancia era “guerrilleros contra milicos”.
Según he podido ir reconstruyendo mi
viejo era un tipo bastante singular, mezcla de santiagueño que escucha y sólo
hablaba para aportar lo justo, y de guerrero obsesionado por la revolución,
dispuesto a lo imposible para conseguirlo. Más allá de las distancias
inevitables que puedo haber trazado en distintas épocas de mi vida, siempre con
la intención de forjar nuestro propio camino generacional, la imagen que tengo
de él es de una profunda admiración y un gran afecto.
Algo sorprendente es el modo en que
cambió la perspectiva social sobre su figura: cuando llegué a Buenos Aires, en
1993, el nombre de Santucho era sinónimo de lucha armada y cuasi terrorismo;
desde hace más o menos una década su imagen ha sido cada vez más revalorizada y
yo diría incluso que hasta idealizada.
Prácticamente nunca contrasto mis
actos o mis pensamientos con lo que hubiera hecho él, a pesar de que ese gesto
un poco tonto a veces me llega como proyección de personas que podríamos
catalogar sin mucho refinamiento como “cholulas”. Sin embargo, supongo que la
historia de mi viejo me influye de manera decisiva, sobre todo en un plano
inconsciente. Algo que seguramente le debo es el modo como la política
atraviesa mi vida; la diferencia sería que la radicalidad hoy no pasa tanto por
la disputa del poder, como por la necesidad urgente de una creación colectiva,
tanto en el plano social como en el de la imaginación teórica. De alguna manera
me siento un continuador de su obra y creo que busco algo parecido a lo que
ellos deseaban. El tema es que vivimos épocas muy diferentes.
—¿Cómo fue tu
formación, cómo llegás a editar y relanzar Crisis?
—Estudié Sociología en la UBA pero
nuestro interés intelectual siempre estuvo signado por la investigación
política. En una primera época, hacia comienzos y mediados de los 90, dedicamos
mucho esfuerzo a revisar el pensamiento revolucionario argentino y
latinoamericano, para recuperar lo más potente de aquella experiencia pero
también para comprender los por qué de la derrota. Más tarde, cuando en nuestra
propia ciudad aparece un nuevo protagonismo social, primero con los escraches,
luego en torno a los piquetes, iniciamos un éxodo de la universidad para
desplegar lo que llamamos una “investigación militante”, en la búsqueda de una
nueva imaginación política radical. Entre el trabajo de pensamiento con los
movimientos sociales y la lectura de la filosofía política contemporánea, hemos
ido construyendo nuestros propios criterios de lo que es pensar y lo que es
luchar. La propuesta de editar Crisis surge por la valoración que ciertos
amigos hacen de ese trabajo que venimos realizando con el Colectivo Situaciones
y la Editorial Tinta Limón.
—Ya con 11 números
y como editor, ¿qué cosas cambiaron desde el relanzamiento de la revista
crisis?
—Desde cierto punto de vista, lo
principal es haber logrado construir una
publicación que a mi juicio tiene su singularidad, y que es tomada como una
referencia y un aporte por un universo pequeño pero a su vez significativo de
lectores. Es decir, no se trata de una revista de nicho: ni universitaria, ni
militante, ni puramente periodística, ni sofisticada en términos de escritura,
sino que toma un poco de todo eso y a su vez no se limita a ningún estilo en
particular. A esta altura, uno de los desafíos más urgentes pasa por poder
sostener la apuesta por cierta heterogeneidad de lenguajes, porque el riesgo de
ir estandarizándonos en un registro más o menos único es grande.
En cuanto a la cuestión política,
nuestra intención ha sido problematizar el presente eludiendo la polarización
fácil y empobrecedora, sin que eso signifique neutralidad alguna, ni
independencia tonta. En ese sentido, hemos pasado por fases distintas, porque
la realidad se ha modificado mucho: no es lo mismo discutir la situación cuando
murió Kirchner que luego del último cacerolazo.
Siguen estando pendientes, en todo
caso, las preguntas que nos inquietaban hace dos años, cuando relanzamos
Crisis: ¿es posible la crítica cultural en la era de la mediatización? ¿Y se
podrán desplegar nuevos espacios para el pensamiento político popular, garantía
última de profundización de un proceso democrático y de cambio?
La gran deuda con nosotros mismos y
nuestros propósitos originales (explicitados en la editorial del número 1) es
el humor o la ironía como forma de la crítica.
—¿Cómo
se elabora y se discute el sumario?
—Ni bien entra a imprenta el número
anterior comenzamos a delinear los trazos gruesos del siguiente. La primera
tarea consiste en definir el tema de dossier, reunión de cuatro o cinco notas
que abordan desde distintas perspectivas y estilos una problemática en común.
Intentamos elegir cuestiones de cierta relevancia social, aunque no meramente
coyunturales, y nos lanzamos a una mini investigación colectiva con el objetivo
de aportar algo nuevo, en términos de información pero sobre todo en cómo leer
o considerar tales asuntos. No siempre el resultado es óptimo, pero de eso se
trata, de asumir el riesgo.
También elucubramos qué otras
temáticas vale la pena encarar, ya por fuera del dossier. Nos preocupamos en lo
posible por publicar materiales que nos lleven a otras regiones, ya sea el
Kurdistán, la China, Fukushima o Detroit. Procuramos, en la sección diálogos,
presentar las realidades latinoamericanas de una manera nueva, a través de
ciertos personajes particulares. El pensamiento de los empresarios, en tanto
clase dirigente, y en general el mundo de los emprendedores y sus mitos, es
algo que siempre quisiéramos tener pero no siempre se puede. Y contar con
relatos o aproximaciones a regiones del país que nos obliguen a sacar un poco
las narices de Buenos Aires. En términos de crítica cultural, nos interesa
especialmente todo aquello que tenga que ver con las formas contemporáneas de
lo popular, desarmando los estereotipos heredados.
Los editores/as somos en verdad
cuatro, pero estimulamos la emergencia de un grupo de colaboradores cercanos,
que no sólo escriben asiduamente en la revista sino que también proponen temas,
aportan preocupaciones, y sugieren gente que puede escribir, acercar fotos,
ilustraciones. Esta vía de apertura a un campo indefinido de partícipes está
cimentada en la confianza y la amistad, y es fuente de inspiración para
nosotros, aunque también de conflictos (lo cual es signo de vitalidad).
—¿Cuáles han sido las mayores dificultades para sostener la publicación
y la distribución?
—Desde el punto de vista del financiamiento, que es escasísimo pero
suficiente por ahora para mantener a flote el proyecto, sorprende el desinterés
del sector privado en emprendimientos como el nuestro. Casi todos los aportes
con que contamos son de instituciones públicas, a pesar de que hemos intentando
y lo seguimos haciendo, conseguir el apoyo de empresas varias. No logro
entender bien a qué se debe esta estrechez, que también padecen otras revistas
amigas, como Barcelona y THC.
La distribución es el problema más grande que tenemos en este preciso
instante. Están teniendo lugar cambios significativos en el sistema comercial
de diarios y revistas, a partir de la supuesta compra por parte de las grandes
editoriales (Clarín, Perfil. Atlántida) de algunos recorridos de la distribución.
Como consecuencia, es muy posible que nuestras revistas resulten expulsadas del
circuito, obligadas a generar una circulación alternativa y más o menos
marginal. Se discute la aprobación de una ley de Revistas Culturales que
permitiría distinguir nuestras publicaciones de los productos monopólicos. El
sector de los medios gráficos no está incluido en la regimentación promovida
por la Ley de Medios, por eso las empresas se vuelcan a copar este nicho
comunicacional.
El único aliciente para nosotros sería aprovechar la oportunidad para
disminuir nuestra presencia en la capital y el conurbano, y llegar con más
fuerzas a las ciudades del interior, donde actualmente sólo estamos en
librerías. El numero 11, de reciente aparición, ya está siendo distribuido en
los kioscos de Córdoba. Y esperamos que el numero 12 (noviembre-diciembre)
pueda conseguirse en los kioscos de Rosario y Mendoza).
—¿Con qué publicaciones actuales
creés que puede "dialogar" la revista Crisis y por qué?
—Una revista en la que nos
inspiramos, quizás por el diseño y el estilo, es la brasileña Piauí, aunque
nuestra Crisis es menos esteticista y más política. Barcelona también me parece
un interlocutor, aunque ellos pertenecen a otra generación e inventaron algo
menos convencional y más exitoso, al tiempo que son más periodistas que
nosotros. Expresiones como ¿Todo Piola? son de mucho interés para nosotros,
porque vemos ahí la aparición no sólo de buenos textos y análisis, sino también
la emergencia de nuevos modos de enunciación, más a tono con los desafíos de la
época. En términos de alianza el mapa es más amplio, y estamos coordinando
acciones con La Garganta Poderosa, THC, Sudestada, Mu y otras publicaciones de
la región metropolitana bonaerense, en el marco de la recientemente fundada
Asociación de Revistas Culturales Independientes (ARECIA).
—Desde su salida y, antes, desde
el colectivo Situaciones, insistís con lo que significó el 2001 en la política
argentina. Ahora que vuelven los cacerolazos, ¿cómo creés que se tramita
históricamente aquél acontecimiento?
—Bueno, los cacerolazos actuales son
una confirmación y al mismo tiempo la negación más hiriente de aquellas
jornadas insurreccionales que cambiaron al país hace unos diez años. Confirman
al 2001 porque muestran hasta qué punto el fondo social en el que transcurren
nuestras vidas sigue siendo similar, en lo que hace a la insistencia de la
crisis; pero niegan o pervierten el sentido de aquel acontecimiento, al
consagrar la defensa de la propiedad privada y una idea muy pueril de la
democracia como horizonte de la protesta. Si en diciembre de 2001 salimos a la
calle a refundar una experiencia de lo común, que impactó en el sistema
político resultante aunque no podríamos decir que lo modificó de manera
decisiva; lo que vemos en la actualidad es un gesto más bien conservador
orientado a clausurar definitivamente las posibilidades abiertas durante esta
década, en nombre de una normalidad capitalista y republicana que no tienen
nada para ofrecer a los sectores populares. En este contexto, toda reacción
defensiva y de autoprotección por parte del gobierno es estéril. Es evidente
que se precisa relanzar la imaginación política, democratizando realmente los
recursos económicos y de decisión.
Publicada en Cruz del Sur.
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