Por Jeet Heer | The Nation
Por una misteriosa e inmutable ley de la política estadounidense moderna, cada crisis de juicio político llega acompañada del lanzamiento de una película clásica de gángsters protagonizada por Robert De Niro. El Padrino (1972) abrió el año del escándalo de Watergate. De Niro apareció en la secuela, The Godfather II (1974), coincidiendo con la renuncia de Nixon. Bill Clinton comenzó su desafortunada relación con Monica Lewinsky en 1995, que vio el lanzamiento de Casino, de Martin Scorsese, una historia de amor y traición entre matones en Las Vegas con De Niro nuevamente en el protagónico. Ahora, mientras la acusación contra Donald Trump domina los titulares, Scorsese y De Niro se reunieron para The Irishman, una elegíaca revisión del género repleta de los ecos de precursores como las películas del Padrino y Goodfellas (1990).
La superposición cronológica puede explicarse fácilmente como mera coincidencia. En las últimas cinco décadas, las películas de gángsters y las destituciones han sido lo suficientemente comunes. Pero hay una afinidad cultural más profunda que conecta este género con la corrupción política.
La trilogía de la mafia de Francis Ford Coppola y las películas de Scorsese en el mismo género han sido críticas tanto de la sociedad estadounidense como de las historias de crímenes. Las figuras políticas se han dado cuenta, pero, como algunos en la sala, a menudo han extraído las lecciones equivocadas, pensando que estas son películas que celebran la delincuencia. En 2017, mientras se preparaba para combatir al abogado especial Robert Mueller, el personal de Trump comenzó a hablar sobre la necesidad de "ir a los colchones", una línea del Padrino que significa pelear una guerra total (N.delT.: una explicación sobre el significado de la frase puede leerse en el Diccionario Urbano*). Durante el juicio de Roger Stone, un antiguo confidente de Trump declarado culpable de mentirle al Congreso y otros delitos, se reveló que Stone le dijo a un socio que "hiciera un Frank Pentangeli", una referencia a un personaje de El Padrino II que se resistió a responder preguntas en una audiencia en el Congreso fingiendo estar atontado y confundido.









