Mientras la protesta estalla en las calles de Chile, Cataluña,
Bolivia, Gran Bretaña, Francia, Irak, Líbano y Hong Kong, y una nueva
generación se enfurece contra lo que le han hecho al planeta, espero que me
perdonen por hablar de un lugar donde la calle fue tomada por algo muy
diferente. Hubo un tiempo en que la disidencia era lo que mejor se exportaba de
la India. El 17 de septiembre de este año, el primer ministro Narendra Modi se
regaló el embalse lleno hasta el borde de la presa Sardar Sarovar en el río
Narmada para su cumpleaños 69, mientras miles de aldeanos que habían luchado
contra esa presa durante más de 30 años vieron sus casas desaparecen bajo el
agua que sube. Fue un momento de gran simbolismo.
En la India de hoy, un mundo de sombras se desliza hacia
nosotros a plena luz del día. Cada vez es más difícil comunicar la escala de la
crisis, incluso a nosotros mismos. Una descripción precisa corre el riesgo de
sonar como una exageración. Y así, en aras de la credibilidad y los buenos
modales, cepillamos a la criatura que nos va a clavar los dientes. India no es,
de ninguna manera, el peor o más peligroso lugar del mundo, al menos no
todavía, pero quizás la divergencia entre lo que pudo haber sido y lo que se ha
convertido lo hace más trágico.
En este momento, 7 millones de personas en el valle de
Cachemira –un gran número de las cuales no desean ser ciudadanos de la India y
han luchado durante décadas por su derecho a la autodeterminación–, están
encerradas bajo un asedio digital y la ocupación militar más densa en el mundo.
Simultáneamente, en el estado oriental de Assam, casi
dos millones de personas que anhelan pertenecer a la India encontraron
que sus nombres desaparecieron del Registro Nacional de Ciudadanos (NRC) y
corren el riesgo de ser declarados apátridas. El gobierno indio ha anunciado su
intención de extender
el NRC al resto de la India. La legislación está en camino. Esto podría
conducir a la fabricación de personas sin estado en una escala hasta ahora
desconocida.









