socio

"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 2 de julio de 2013

contemporáneos



Envié por correo electrónico una recomendación a unos pocos amigos de antes, de siempre: escuchen el último disco de Daft Punk, “condensa nuestra contemporaneidad”, algo así les dije. El correo incluía algunas mujeres. Ninguna respondió porque, según sabemos por El oficio de vivir, a las mujeres no les interesa la música, sino que las halaguen ejecutándola. Sólo dos respondieron:  
El gran Walter Alvarez, quien recuerda las noches de El Círculo Italiano, adonde íbamos a bailar en el San Nicolás de mediados a fines de los 70, donde se entraba con carnet de invitado que controlaba el Turco Nasif en la puerta, me escribe: “Mi infancia fue musicalizada con «Martín es el titán». Mi adolescencia con Deep Purple. Mi adultez con Spinetta. The disco music musicalizó mis fracasos en El Círculo. Y sabemos que estamos hechos de la madera de nuestros fracasos”.
También, mi amigo Gustavo Ng, quien me inició en los misterios del santo sudario para luego abandonarme tan pronto como la ciencia señalara que la manta era falsa, escribió: “Entre la chifladura de esos franchutes, que creo que en gran medida hacen música para disfrazarse en los shows en vivo, el exgordito cantado por Los Carpenters devenido en una versión enano de León Gieco, el mulato Obama tratado con el proceso Peter Capussoto y tu hard-to-catch enciclopedismo, he tenido un buen rato”.
De mi esposa me llegó un "Maravilloso!".
Yo les agradezco encantado y condeno el silencio del resto.


lunes, 1 de julio de 2013

bandidos

La obra principal de Juan Pablo Dabove (San Nicolás, 1969) está en inglés, porque pese a haber estudiado en la Escuela de Letras de la UNR, desde fines de los 90 reside en Estados Unidos (primero en Pittsburgh, Massachusetts, donde se doctoró; luego en Boulder, Colorado, donde es en la actualidad docente). Desde hace 10 años, Dabove desarrolla una investigación y un estudio sobre lo que la Universidad de Colorado señala como “Cultura y literatura poscolonial latinoamericana”, y agrega: “En particular la representación cultural de las formas diversas de insurgencia campesina rotuladas como bandidismo”. El libro que reúne buena parte de esos estudios y tesis se titula Pesadillas de la ciudad letrada (Nightmares of thelettered city) y está en vías de traducción. La modernidad actual, como el mismo Dabove dirá en esta entrevista, está de algún modo muy comprometida con este tema o, mejor, con lo que el tema implica: los alcances de la ley, el modo como nos enfrentamos al otro, la definición de un enemigo y de una sociedad. Desde el terrorista de Al Qaeda, al motochorro argentino; desde el zombie al narcocriminal (para usar figuras ficticias y reales, tal como las elabora Dabove), el interrogante, como en el lejano oeste, como en el desierto que señalaba Sarmiento, parece ser de nuevo “Nosotros o ellos”. Bien, quién es ese nosotros y quién ese ellos.




—Tu libro se titula Pesadillas de la ciudad letrada, ¿cómo explicarías ese enfrentamiento, en breve, entre lo letrado y el bandido?

—No siempre o no necesariamente es un enfrentamiento. La aparición del bandolero en la cultura de elite es a la vez una estrategia letrada y un “síntoma” (la manifestación visible e inmanejable de otra cosa). Como el motochorro. Una cosa es el peligro “real” (bastante bajo) que el motochorro presenta al cuerpo social. Otra es cómo la figura del motochorro se convierte en una figura de los medios, de las conversaciones, de las obsesiones personales y colectivas. Por un lado, podemos hablar del “uso”: las estrategias por las que el grupo Clarín usa la “inseguridad” para deslegitimar al gobierno. Por otro, podemos hablar de un síntoma: el modo por el cual, como sociedad, damos cuerpo a nuestras ansiedades colectivas sobre los pobres, los más oscuros, los jóvenes, los extranjeros, y las personificamos en el motochorro (que es, dicho sea de paso, una actualización del antiguo asaltante de caminos).
Mi trabajo consiste en rastrear la aparición en la imaginación de la elite letrada de la figura (el tropo) del bandolero o insurgente rural. No puede hablarse de “un” uso (como no puede decirse que una imagen en un sueño—o en una pesadilla—tiene un sentido predeterminado). Cada aparición de la figura del bandido en el texto de la cultura es única, y el trabajo del crítico cultural es reconstruir sus condiciones únicas de emergencia. Esto no implica que no puedan establecerse ciertas regularidades, claro. En mi trabajo he tratado de aislar lo que he llamado “paradigmas de representación”: el bandido como Otro (para citar un caso argentino: Sarmiento, para quien el rosismo es un fenómeno de bandolerismo en gran escala, que surge de la no-sociedad gaucha, fruto anómalo del vacío del desierto); el bandido como instrumento de crítica al seno de la elite (otro caso argentino: el Moreira de Gutiérrez, que es menos una exaltación del gaucho malo que una crítica de Avellaneda y Roca, y del destino de la provincia de Buenos Aires ante la federalización); el bandido como origen suprimido (La Guerra Gaucha de Lugones, cuyos protagonista colectivo es un grupo de gauchos al margen de la ley, pero que pueden ser protagonistas –domesticados o negados– de la épica nacional, y no de un fenómeno de violencia fronteriza, porque son reapropiados por la imagen y el cuerpo de Güemes, del cual los gauchos, dice Lugones, son una suerte de emanación). Hay otros paradigmas: el modo en que la intelectualidad marxista se apropia de la figura del bandolero social como una suerte de prehistoria del revolucionario, o el modo como ciertos escritores (entre ellos Borges) usan la figura del bandolero o del hombre de coraje para pensar el estatus de la literatura y del hombre de letras frente a“lo popular”, por decirlo de algún modo.
—Al hablar de la pulpería señalás ese estado de “disosiación” del lugar, donde el respeto y el prestigio se gana con violencia, ¿hay un paralelo actual de ese espacio?
—Sarmiento (en “Facundo”) habla de la pulpería como el lugar donde se reúnen los cuerpos de los gauchos. Pero esa reunión no equivale a una sociedad: como los gauchos (otra vez, según Sarmiento) son pastores individualmente autosuficientes, la reunión no está orientada por la necesidad: no hay mercado de trabajo o mercancías, o información (y para Sarmiento, como buen liberal, el mercado es la fuerza de formación de una sociedad civilizada). Sin mercado, la reunión de los cuerpos es un simulacro de asociación, una no-sociedad, donde lo único que importa es el prestigio de la violencia (el duelo a cuchillo). El objetivo de Sarmiento es claro: si los gauchos no son una sociedad, entonces no hubo una “voluntad general” que legitimara a Rosas (que llegó al gobierno por elecciones). El “desierto”sarmientino es una ficción geocultural, desde luego. No creo que hoy exista en América Latina una ficción geocultural comparable. Los espacios alternativos de violencia (las zonas liberadas de la narcoguerrilla colombiana, o las áreas de influencia de los carteles, aunque son amenazas ciertas a la seguridad estatal, no son amenazas (como el rosismo) a la idea del estado tal como la concebimos. Eso es lo que Sarmiento identifica y quiere explicar: Rosas (el guerrero nómade) como líder de la ciudad. No me parece que haya nada similar. En otro ámbito, sin embargo, la ansiedad por el guerrero nómade y la amenaza no de conquista, sino de polución, es fácilmente identificable en cómo Estados Unidos piensa a los talibanes, y a Al Qaeda.
—Si los relatos “letrados” son los de Sarmiento, ¿cuáles serían las novelas argentinas que exaltan la figura del bandido o cuál es su legado en la actualidad?
—“Letrado” no es una posición ideológica a favor o en contra. Un letrado es alguien que basa su prestigio y su posición social en el dominio de una tecnología (la escritura). Así, es tan letrado Sarmiento (que habla pestes de los gauchos malos) como Eduardo Gutiérrez (que los exalta), aunque son variedades de letrado diferente. La tradición de escrituras en Argentina y América Latina sobre el insurgente campesino es tan larga que no podría ni empezar a mencionarla aquí. Baste decir, sin embargo, que algunas de las novelas más importantes de América Latina son novelas de bandidos. “Gran Sertón: Veredas” (en Argentina hay una excelente traducción de Garramuño y Aguilar) es el ejemplo eminente. Borges ha vuelto una y otra vez al tema con un doble propósito: intervenir en los conflictos culturales de su tiempo (pensemos en la diferencia entre “El Sur” y “La noche de los dones”), y reflexionar sobre su propia literatura (otra vez, “El Sur” y “La noche de los dones” son cuentos narrados por letrados, y el tema es la memoria y la capacidad de comunión o comprensión de y con la violencia.
—Decías que Cuando me muera quiero que me toquen cumbia puede leerse en clave de novela de bandidos, ¿cuáles serían hoy día los equivalentes del bandidismo?
—Depende. En la imaginación “letrada”argentina (en la medida en que el término letrado pueda aplicarse a algo hoy), los equivalentes son el motochorro y el narco (no el gran narco, sino el narco de la villa, a la vez violento pero integrado a su comunidad, como el Frente Vital del relato-testimonio de Cristian Alarcón). Creo que esas dos figuras ocupan el lugar narrativo que el bandolero ocupó en su momento. En el panorama global, sin embargo, los equivalentes son el pirata (somalí o chino) y en otro sentido, el terrorista islámico.
—¿La posmodernidad actualiza de algún modo el tema del bandolero?, me refiero a que la ciudad de la modernidad actual sufre también las consecuencias de la disolución del Estado-nación.
—La gran aspiración de la modernidad ha sido hacer del estado nación la síntesis político-cultural por excelencia. Hoy en día, el capital y los desafíos al capital hacen esa aspiración más y más ilusoria. El bandolero nos remite a la escena (imposible para nosotros, sujetos de la modernidad) de un pasado donde la nación-estado estaba lejos de ser una certidumbre. Pero ese pasado es también la imagen del futuro. Por eso afirmé en algún lado que el bandido es nuestro contemporáneo radical.
No por casualidad, en The Road, la gran novela de Cormac McCarthy, el nombre que tiene el horror del futuro distópico donde el Hombre y el Niño huyen hacia la vaga promesa del Sur son los “roadagents” (caníbales nómades que buscan víctimas para esclavizar y comer). Road agents: el nombre en el Oeste para los bandoleros.
—¿Cómo es ese paralelismo que establecés entre el bandolero y el terrorista?
—El bandolero, desde la antigua Roma, es considerado no alguien que rompe la ley, sino que está más allá de la ley (latro: bandido, se opone a hostes: enemigo hacia el cual hay obligaciones). Por eso, Cicerón, por ejemplo (en De oficiis), considera al bandido (o pirata) “el enemigo común de la humanidad”, hacia quien no hay obligaciones de ninguna índole. En el derecho germánico antiguo, el fuera de la ley era declarado “lobo”: fuera de la comunidad (su cabeza valorada con el mismo precio que se pagaba la de un lobo), y pasible de ser muerto por cualquiera, en cualquier circunstancia, sin temor a las consecuencias. Así, el bandido es más que un criminal, porque en el caso del criminal, la ley aún lo alcanza (contraviene la ley, pero no está fuera de ella). El terrorista contemporáneo, por su parte (el de Al Qaeda, tal como fue definido en su momento por el equipo legal de Bush), no es un criminal, ni un soldado: es un “enemycombatant”, hacia el cual no hay obligaciones de ninguna índole, y no está protegido por la Convención de Ginebra ni la declaración de los derechos humanos. Por eso se lo puede torturar, encarcelar sin juicio, y todo lo que sabemos. Tanto bandido como terrorista son definidos por el estado por esta posición “extralegal”, que si por un lado los hace una suerte de monstruos, por otra los convierte en una suerte de sujetos “sagrados” (el fuera de la ley es la posición del bandido, pero es también, recordemos, la posición del soberano).

viernes, 28 de junio de 2013

lucky

Bueno, fue esta tarde a eso de las 17, gracias a mis amigos de Más Tarde que Nunca que me dí de bruces con Daft Punk, banda-dúo-concepto con la que me había cruzado con indiferencia.
Incluso leí la nota que hizo Simon Reynolds en el New York Times cuando Daft Punk presentó Random Access Memory: "Daft Punk has always had a strong sense of history", anota Reynolds, quien señala muy claramente en qué dirección apunta el álbum como "proyecto" y cómo encajan en él Paul Williams o Georgio Moroder, pero no mucho más. Raro, porque RAM parece el moño de su Retromanía.
El hitazo "Get Lucky", que une con una sabiduría y una sencillez magistral la historia y la actualidad de Nile Rodgers y Pharrell Williams es, desde luego, una puerta excepcional al disco Random Access Memory, que incluye colaboraciones de Giorgio Moroder –hace un monólogo acerca de las cosas que soñaba hacer desde que tenía 16 años hasta que se dio cuenta de que buscaba el sonido del futuro, entonces ese sonido suena en manos del dúo y escuchamos... escuchamos el "aura" (sí, "la lejanía en la cercanía") de ese sonido que ya habíamos escuchado de adolescentes... Incluso Moroder dice en un momento: "Todos me llaman Giorgio", como si fuese un chico que se presenta a la audiencia– y nada más y menos que de Paul Williams. "Touch", la canción de Williams es tan de él, tan de su tónica y su tintura, con esos cambios de melodía y tonalidad, pero flotando sobre ese sonido Daft Punk: no, no se trata de un encuentro entre las cosas de antes y las nuevas, sino de algo que se ha acompañado en no sé qué clase de sincronía, el Paul Williams de "Rainy Days and Mondays" también habita el castillo helado de Tron: en esos dos lugares, en los 70 melódicos que patinaban en la dorada arena de la heroína y en la virtual y digitalizada contemporaneidad, donde la virtud y el valor son modos u opciones de la consola del gamer, está esta música que hace como una pausa "que nos habla de ese invisible extraño –para usar la cita de Benjamin que encabeza este blog–: del futuro que se las dejó aquí olvidadas".
Hay que ver y escuchar a Paul Williams en esta entrevista acerca de su participación en el disco de Daft Punk, de cómo el dúo se inspiró de algún modo en el film El fantasma del Paraíso (Brian De Palma, 1974), ópera del rock pop que traía de la cima a Williams, de cómo recuerda lo patética que era su hambre por la fama y dice que admira esas personas que trabajan de forma anónima, sin esa gula... "Escucho palabras en la música", nada más claro y fabuloso: algo que confronta el silencio de pronto tiene voces y palabras.
En fin, es un buen modo de terminar el día.

miércoles, 26 de junio de 2013

angustia

Hace casi un mes, en una conversación, mi amigo Juan Pablo notaba que el término angustia desapareció del vocabulario habitual de la gente que frecuentamos. Como también hablábamos de series y de la medicina en EEUU, donde él vive, teoricé de manera facilonga esto de que todo estado actual de la psiquis debe ser inmediatamente identificado por su síntoma y ese síntoma debe ser medicable. Así vemos y escuchamos la proliferación de fóbicos, bipolares y Dios sabe cuánta basura farmacológica.
Luego, terminando ya el librito de Quignard en el que me demorado (es que de estos autores suele atraerme más la pereza), me encontraba con este párrafo: "Cuando la música era esporádica, su convocatoria era tan perturbadora como vertiginosa su seducción. Cuando la convocatoria es incesante, la música se convierte en repulsiva, y entonces es el silencio lo que convoca y se convierte en solemne.
"El silencio se ha convertido en el vértigo moderno. Del mismo modo que constituye un lujo excepcional en las megápolis.
"(...) La música que se sacrifica a sí misma atrae de allí en más al silencio como el señuelo al pájaro". (Anoto: lo del señuelo y el pájaro alude a la teoría desarrollada en los fragmentos que hacen al libro: el origen de la música, su fascinación y encanto como un desprendimiento casi ritual de la antigua cacería).
Bien, entonces tenemos que la angustia es en esencia silencio, hay una ausencia de palabras y el ser queda solo ante el ser, que se abisma en ese vacío de lenguaje, la angustia no es quizás un síntoma, sino una ontología: nos muestra los precarios y simbólicos andamios con los que hemos construido una existencia.
En el sanatorio en el que estuve estos días (el de la foto) hay música funcional, unas melodías latinas bastante civilizadas que excluyen parientes guarros como la cumbia o el reguetón y reemplazan el polvillo en el aire que la pulcritud del lugar mantiene a raya.
Ahí, mientras permanecíamos embebidos en esa música "funcional", murió el martes a la noche un joven. Los detalles que supe son minúsculos. Su edad, las causas, pero nada de él. Vi más tarde, en la puerta, un grupo de chicos casi adolescentes, veinteañeros, de los primeros veinte, con sus ropas aún gritonas y sus gestos inconsolables. Escuché también, cuando subí al segundo piso a hacerme una radiografía, a un tío hablar por teléfono y contarle a alguien que durante el día había intercambiado mensajes con el pibe, que le decía que estaba bien, que tomarían una cerveza pronto, que esa rutina que interrumpe el sanatorio, que no es otra que la de la vida, retornaría. Pero lo que con mayor aflicción recuerdo son los gritos de los padres, que escuché desde la sala de guardia en la planta baja, junto con todos los que estábamos allí, y llegaban a través del hueco de la escalera. Gritos que no son palabras ni pertenecen a nada que pueda representarse.
La música funcional desapareció entonces, claro, y el sanatorio se mostró como lo que realmente es: el lugar donde las personas mueren.

domingo, 23 de junio de 2013

ropa usada

Hace dos viernes fuimos a cenar con Vicente a casa de unos amigos que están de paso en la ciudad y alquilaron un departamento sobre uno de los bulevares de Rosario. Poco antes de terminar la velada, la madre de Tomás, quien nació en Boulder, Colorado, unos meses antes que nuestro hijo menor, nos entregó tres pantalones porque ya no le entran al niño y acaso podrían servirle a Vicente.
Fotografía de Juan Pablo Dabove & Susan Hallstead

Antes cabe aclarar: somos una raza vestida, todo lo que llevamos puesto es nosotros, es nuestra forma de entablar una relación con el otro. La ropa es nuestra aporía por excelencia.
Sigo: veinticuatro horas más tarde, ya en casa y poco antes de irnos a acostar, Vicente quiso probarse la ropa. Le escuché: "Tienen olor a Tomás".
A mí la idea de que los niños usen ropa que les pasan otros niños me resulta conmovedora y tierna. Que Vicente reconozca el olor de Tomás en su ropa me recuerda esta cosa física a la que pertenecemos y, en ello, nuestra condición más volátil.

A veces veo a mis sobrinos con ropa de mis hijos y siento que contemplo la "comunión de los santos", qué sé yo...
Miré las etiquetas de los pantalones y Vicente me vio y preguntó qué dice. Es como que toda una experiencia familiar se transfiere con el pase de una ropa. Es decir, la experiencia de preparar al "uno" que es el hijo para los otros. Porque la ropa es, al ser del dominio de los otros, lo que inevitablemente somos: en casi 50 años casi no puedo decidirme por el talle 46 ó 44, como si en esa diferencia se jugara lo que espero que el otro vea al verme "a ciegas".

La ropa es le modo en que devenimos los seres artificiales que realmente somos. Hay pocas cosas más fallutas que quienes pretenden predicar su desinterés por la ropa. Hay pocas cosas más tristes que un niño que sólo tiene ropa nueva.

lunes, 17 de junio de 2013

nuestro weekend

Y el fn de semana del día del padre transcurrió sin mayores sobresaltos, de acuerdo al plan trazado: la cena del viernes, la pintura el sábado y domingo (con soundtrack de Fun Lovin' Criminals), el paseo por calle recreativa (domingo a la mañana) y el hermoso regalo de los niños que eligió mi esposa.


lunes, 10 de junio de 2013

plazos

No me considero un virtuoso de la imaginación, pero mucho antes de entrar a trabajar en un diario me las arreglaba para hacerme una idea de que lo que se publicaba un miércoles, digamos, debía estar en algún lugar de la redacción, digamos, el martes a cierta hora. Lo confirmé a principios de los 80, cuando el querido Oscar Casas me invitó a publicar en la revista Usted. Un jueves al mes, digamos, veía a Oscar putear y blasfemar de lo lindo con un vaso de vino blanco en la mano, un Colorado largo en los labios y una pila de papeles en la mesa de la cocina de su casa sobre calle Guardias Nacionales, en San Nicolás. Para cuando ingresé a un diario no había ya enigma: lo que no es el material diario debe tener una fecha de entrega porque, sobre todo, hay una fecha de cierre, por lo general un par de días antes de ir a imprenta, como en el caso de los suplementos.
Sin embargo, ese misterio sencillo no es tan fàcil de deducir para algunos amigos que están en la academia, en la función pública, etcétera. Puestas por ejemplo en un correo las palabras mágicas: "El cierre es el lunes, necesito los materiales el domingo", suelo recibir el lunes respuestas del tipo: "Esta semana te contesto", como si la semana fuera una unidad para medir horas, en lugar de días. No creo que se trate de personas incapaces de leer un correo, de hecho, mi habitual admiración por el saber me lleva a escribirles porque los sé capaces de desentrañar a Heidegger o a Osvaldo Lamborghini. Y sin embargo, confían en cierta presunción mágica: lo que se entrega un jueves, digamos, puede publicarse el martes anterior. 
Es buena gente, por lo general poco propensa a la superstición, querible incluso y muchas veces conocedora de los procesos de publicación de un diario o una revista, pero tal vez un poco perozosa a la hora de abandonar ciertas fantasías.

arrasar la historia



El vigésimo y último episodio de la primera temporada de la serie Revolution se emitió hace casi dos semanas (siempre en su país de origen y disponible a través de internet). Su “hermana” de género y de producción, por ponerlo de alguna manera, Falling Skies largó este domingo pasado los dos primeros episodios de la tercera temporada. La existencia de las dos tiras (la primera de la NBC, la segunda de TNT, o sea, dos cadenas que vienen un poco lerdas en esto de actualizar el formato de la ficción televisiva como fueron precursoras HBO, AMC o Fox) ha sido incapaz hasta ahora de producir el más mínimo movimiento de las partículas elementales del universo, sólo produjeron una respetable audiencia que las mantienen en el aire.
Como ya lo había señalado J.G. Ballard, en estas series futuristas de ciencia ficción (porque también hay relatos de ciencia ficción que tienen al pasado como fuente de especulaciones, como las maravillosas Crónicas marcianas o Titanic –ya expondremos nuestra teoría al respecto): es el pasado lo que está en juego en estas visiones del porvenir, es decir, nos plantean como dilema los alcances actuales de la ciencia, el atolladero ecológico, demográfico y económico con el que nos desvelan los titulares de diarios actuales.
Además, tienen entre su elenco más o menos célebre (Billy Burke, Giancarlo Esposito y Elizabeth Mitchell en Revolution; Noah Wyle en Falling Skies) algunas figuras femeninas como Tracy Spiridakos o Moon Bloodgood (de una y otra serie, respectivamente), que le permite al televidente más inquieto ver los episodios con la mano.
Las dos series, de una forma bastarda o, mejor, banal, pretenden abrevar en la Historia: en Falling Skies el protagonista es un historiador quien, como se hizo alarde en capítulos iniciales, sería el encargado de “traducir” las acciones de ciertos episodios a la doctrina histórica americana. Es decir, como historiador dotaba de un legado las nuevas batallas en las que una humanidad agazapada y en fuga en su propio planeta resiste una invasión alienígena, hallaba en esas luchas un paralelo histórico que le permitían a los guionistas jugar con los próceres de la historia. Pero todo quedó en un par de discursos en torno a invasores y luchadores de la resistencia (la trama de la serie se parece, además, a la que conocimos en El Eternauta).
En Revolution la humanidad es rehén de una conspiración que dejó sin energía eléctrica a todo el planeta y sumió, en Estados Unidos, a la población al hostigamiento de las milicias. En esta serie no hay tal pretensión en torno a la historia, porque acá la trama va hacia el enigma en torno a quién o qué creó el apagón, lo que deriva en una red de complots que en los últimos episodios alcanzan ribetes absurdos y, lamentablemente, están lejos de provocar risa. Pero aún en su pobreza, hay que decir que en Revolution –es decir, en su trama– se entendió esto: que la gran fantasía del capitalismo es poder llevar a la Historia a su grado cero a partir de la técnica, es decir, que la tecnología que permite al capital reproducirse y expandirse, podría también borrar la Historia, borrar ese horizonte que permitiría a los hombres emanciparse al elegir sus herramientas para erigir un mundo digno de ser vivido.
Revolution, además, era más promisoria: sus capítulos iniciales se habían rodado en la ciudad fantasma de Prypiat, Ucrania, abandonada hace 27 años cuando la hecatombe nuclear de Chernobyl, es decir, la escena de un fin de mundo: el de la tecnología nuclear como fuente de energía y poder. Lo que creímos ver en esas imágenes de los parques de diversión abandonados y los edificios de ventanas vacías devorados por las enredaderas era un final reciente, cercano y, a la vez, un punto de partida. 
En los dos casos, por ineptitud, pobreza o pereza de los guionistas –y de los productores: Steven Spielberg, que no parece haber aprendido de su fracaso con Terra Nova, está al frente de Falling Skies; J.J. Abrams, que aún sigue buscando la isla perdida de Lost, comanda Revolution–, eso que llamamos la historia, el ingreso de lo político en la trama, se escabulle siempre. Tal vez porque en ambos casos las premisas épicas (salvar la humanidad, encender el mundo) con las que se desarrollan las acciones, son incapaces de hacernos ver el pequeño mundo doméstico sobre el que se construyen las grandes tragedias. Por algo las mejores series de los último años renunciaron a esos titánicos actos salvíficos y se dedicaron a mostrarnos, por ejemplo, las microdecisiones de un hombre que se mueve entre la cocina de su casa en un suburbio de Albuquerque (Breaking Bad) y la cocina de metanfetamina que ha montado en un tráiler junto a un ex alumno de la secundaria donde da clases de Química. Y todo para sostener un sueño americano intrascendente: pagar su casa, enviar a su hijo a la universidad, mantener a su esposa satisfecha. En otras palabras, quien quiera escrutar la historia más vale que se meta en el living de la vapuleada clase media.

En fin.
 

martes, 4 de junio de 2013

los justos

Escribe un correo electrónico Pablo Zinni para avisar que esta tarde en MTQN va a entrevistarse a uno de los miembros de ArgenTeam, la comunidad virtual que sube series y películas y nació cuando sus integrantes comenzaron a organizarse en un foro para traducir y hacer subtítulos de series y películas. Esta misma tarde, después de las 18, a su vez, tenemos en el programa nuestra columna VOS (Versión Original Subtitulada) sobre series, en el que hemos insistido más de una vez en esta cosa comunitaria que crean las series que vemos a través de internet.
De paso, Zinni envía este archivo de voz que desconocía de Hernán Casciari, sobre un poema de La cifra, de Borges, que desconocía

domingo, 2 de junio de 2013

naufraga

En un alto en esta mañana solitaria en calle recreativa, me siento a leer un rato a Pascal Quignard en la Estación Ciudad de los Niños. En El odio a la música Quignard desarrolla una teoría en varios capítulos acerca de lo inasible de la música, el silencio en que se funda y su origen, vinculado al remedo del sonido del animal al que se quería dar caza. Así, llega muy cerca del final a una frase de Meister Eckhardt que me revela, en este particular momento, que ciertos cálices no pueden rechazarse sólo porque contienen veneno. Dice Eckhardt: "Si quieres atravesar el mar, naufraga".

sábado, 1 de junio de 2013

pulpería

"Un alto en la pulpería" (ca. 1860), de Prilidiano Pueyrredón, en el Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires. Imagen tomada de Wikipedia.

Con la idea de precisar esto de cómo aparece el western en las series, traduzco dos párrafos diminutos deL gran libro de mi amigo Juan Pablo Dabove, Nightmares of the Lettered City, en el capítulo dedicado a "Facundo".
La cuestión acá, grosso modo, es la fundación de la identidad nacional, la manera en que el letrado (Sarmiento), reúne argumentos para reemplazar, con el poder letrado de la ley, la violencia sin Estado de la montonera (el bandidismo).
En párrafos muy próximos, Dabove escribe: "El primer paso para refutar el Volk como principio de homogeneidad cultural y política y, por lo tanto, como la autolegitimación del letrado como instancia mediadora entre el conocimiento europeo y el conocimiento del otro es la invención del desierto como un inicio absoluto y, simultáneamente, como un vacío de la sociedad."

Y, más adelante, llega este párrafo que hace foco en la pulpería y será el centro de futuras elucubraciones: "La pulpería no fue un mercado importante de bienes de capital, ni de trabajo ni de mercancías, porque el gaucho tenía las habilidades suficientes para satisfacer casi todas sus necesidades personales o de trabajo, tenía ganado y suelo como fuentes de provisión. Pero, si la pulpería no era un mercado, tampoco era un ágora en la que los hombres libres de necesidades hubieran de disputarse valores o prioridades. La pulpería era un lugar de reunión, pero era al mismo tiempo una «disociación» a la que le falataba tanto la res publica como un «cuerpo moral colectivo» en términos de Rousseau. Sin asociación o bien común no hay mojones sobre los que construir una reputación o distinguir a un hombre de otro (la destreza en el trabajo, el dinero o la virtud son todas cosas insignificantes en la pampa). La única pericia es el coraje y, a partir de ahí, el facón de la pelea y el duelo sin motivos son la base principal sobre la que erige una reputación en la sociedad rural. 
"La pulpería como un microcosmos de la pampa es una acumulación de singularidades sin «solidaridad orgánica» o división del trabajo: una multitud. Sin embargo, encontramos de nuevo el diagrama que vimos en la obra de Fernández de Lizardi: un grupo que es un simulacro diabólico del cuerpo político real. En esta particular pseudoruralidad, la vida común se regula por un valor único: la violencia como la piedra fundamental de una reputación oral."
La prueba, de ahora en más, será observar qué lugares en las series que vemos funcionan como pulperías. Por ejemplo, nos parece que una suerte de "pulpería" podría ser el estudio de pornografía de Luann Delaney, en las dos o tres primeras temporadas de Sons of Anarchy. ¿Y en Breaking Bad, la mejor de todas las series? Uf, nos tememos que aquí ese lugar de "simulacro diabólico" pueda recaer en la misma familia, de modo que vamos a tomarnos un tiempo y hacer un nuevo post al respecto.

jueves, 30 de mayo de 2013

la caída



Como para que quede claro que no es la angelical Dan Scully de X-Files, la primera imagen que vemos de Gillian Anderson en The Fall nos la muestra con una máscara facial verde (verde: como los marcianitos), en el baño, poco antes de quitársela con una toalla. La puesta en escena de esa aparición es un dato para el espectador atento: “Pibe, sacate de la cabeza a aquella agente inmaculada del FBI, esto es Irlanda del Norte”, parece decirnos.
Sí, The Fall, miniserie de cinco episodios de la BBC2 –ya se emitieron tres de esos episodios– ambientada y rodada en Belfast, nos trae a una Gillian Anderson madura y provocadora, que en el segundo episodio hace detener la patrulla en la que viaja para ir a decirle a un apuesto agente de policía que la viste en su hotel, así, sin más. Luego aclarará ante otro policía: “Si digo «mujer», sujeto, se coje (fucks), verbo, a un hombre, predicado; se siente incómodo, ¿verdad?” Esta escena sucede, como decíamos, en Belfast, capital católica del Reino Unido, donde Anderson, quien encarna a la inspectora Stella Gibson, llega a supervisar la investigación de una mujer asesinada y descubre a un asesino serial.
Imagen tomada de la galería del sitio de BBC2.

La tensión entre la desfachatez de Gibson, quien al tiempo que mantiene sus modales fríos y distantes cuestiona el modo en que ha sido investigada una muerte y, a la vez, desafía a las autoridades del lugar al proponer una nueva línea investigativa, y las absurdas pretensiones de corrección del departamento de policía británico en Blefast son mostrados en paralelo con la actividad del asesino, quien trabaja de día como psicólogo, cuida de sus familia (una esposa y dos hijos) y por la noche sale a cazar a sus víctimas. Así, abundan los montajes paralelos: Gibson se encama con su policía al tiempo que Phil Spector, psicólogo y judío (encarnado por Jamie Dornan), acorrala y asesina a su segunda víctima, a quien espió en la penumbra de su propia casa y a la que ahorca con sus manos para dejarla luego en la cama, bañada y con las uñas pintadas, en una pose de cuadro clásico.
Digamos que la serie, que se estrenó en Inglaterra el 13 de mayo pasado –con gran pompa de la BBC por tratarse a) de una tira protagonizada por Gillian Anderson y 2) por haberse filmado en Irlanda del Norte–, procede como antes procedió el detective Columbo: importa más cómo se construye el relato, cómo vemos acercarse al investigador al victimario, que el misterio quién lo hizo porque, como dijimos, ya sabemos quién es el asesino o, mejor, no, no sabemos quién es (de eso trata también The Fall), pero lo conocemos, sabemos dónde estaba a tal hora, tal día, y qué hizo.
En el tercer episodio, ella reúne a su grupo de trabajo y comienza a sacar conclusiones acerca de la pose en la que son encontradas las víctimas, la pintura de uñas, el mechón de pelo que les corta, el baño que le da al cuerpo, lo quirúrgico de la escena, etcétera. Entonces Gibson dice: "Está creando su propia pornografía". Claro, nosostros como expectadores vimos ya los cuadernos que guarda Spector, vimos las fotos que ha tomado, lo vimos matar a una mujer (profesional treintañera en una posición de poder) llamada Sarah Kay. También lo vimos anotar en una página una línea del poema de T.S. Eliot The Hollow Men (forma parte de la educación básica de cualquier estudiante avanzado del Reino Unido e incluso Estados Unidos): "Between the idea/ And the reality/ Between the motion/ And the act/ Falls the Shadow". Es probable que la cita, fácilmente reconocible, sea, por un lado, un detalle de oscuridad, una oscuridad que muestra, en ese detalle, una cultura, una sensibilidad. Sin embargo conviene señalar que esas líneas son uno de los centros gravitacionales del célebre poema: citan unas líneas del Julio César de Shakespeare y hace sonar en la caída (fall) de la frase la de un telón: como si culminara el tiempo de una representación, de una actuación (la del esposo, padre y profesional que asume el asesino) y mostrara con ese estrépito la frágil convención por la que los hombres conservan las convenciones más aceptadas. Una "pornografía" (ver Ballard, ver Sandino Núñez) es también una maquinaria efectiva que hace caer esa cortina de lo sensual para dejar al desnudo el cuerpo en tanto cadáver. No por nada las escenas del crimen se muestran con un discreto suspenso: lo importante viene después, el momento en que Spector (sí, es un nombre ruso, pero en inglés como en español escuchamos "espectador") limpia el cuerpo de la víctima y las sábanas donde sucias (el ahorcado expele al morir todos sus excrementos); acá hay una busca de la intimidad que la misma intimidad rechaza. Lo íntimo como cadáver, pornografía como necrofilia, la escena erótica (la pose que Spector busca) como naturaleza muerta. 
Veremos.
(Ah, dicen que Netflix estrenará la miniserie en Argentina y que la BBC2, que tuvo la mayor audiencia de las islas en 8 años al estrenar la tira, hará una segunda temporada.)

 
Anotación del 04-06-2013: Es importante que la investigadora arme ese relato, como Columbo, porque la pornografía no tiene relato.