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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 17 de marzo de 2011

el vestidito blanco*

Isis Milanese invitó a mi hija Elena a una sesión de fotos con su vestidito blanco. Es un vestido que transitó la infancia de Isis y con el que viene fotografiando mujeres: “Lo que propongo mostrar son las diferentes formas y cualidades de varias mujeres de distintas edades utilizando un mismo vestido”, escribe, y también: “Objeto de sensualidad. El vestido funciona como marco y el cuerpo como soporte”.
No sé qué podría decir sobre esas fotos. O, mejor, todo lo que puedo decir lo dicen mejor las fotos y, acaso, prefiero callarlo, madurarlo.
Pero algo no se me pasa: no son retratos y, sin embargo, veo siempre presente el rostro. Como si no hubiese forma de acercarse fotográficamente a una persona por fuera del rostro (acercarse fotográficamente y con “amor”, cabe agregar).
Cito un párrafo ya sobre el final de El desierto y su semilla, de Jorge Barón Biza: “La cara es para recibir a los otros; todo aquello que recibe está en la cara; ojo, oreja, boca y hasta la mejilla, que recibe los golpes. La cara es para que los hombres puedan conocerse a fondo entre ellos. Por eso es sagrada... porque ya es el Otro. La gente debe hacer de su cara la cuna del amor. Sólo hay cara de verdad cuando hay voluntad de querer; si no amas, la cara de tu prójimo se convierte en un bife, en algo temible”.
En el análisis de los iconos rusos del sacerdote jesuita Alfredo Sáenz, como en la exégesis de la pintura angelical de Fra Angélico de Hans Sendlmayr, los rostros de las pinturas, estilizados o aniñados, están allí para recibir al que mira y llevarlo a otra parte, llevarlo con un nuevo rostro: mirar esos retratos también es someterse al influjo de la mirada de un niño o de la doctrina. El realizador soviético Sergei Eisenstein, que no desconocía la herencia iconográfica de Kiev, dejó escrito que un primer plano (es decir, la toma del rostro en un film) debía ser un resumen emotivo de la película.
Isis no fotografía siempre el rostro —aunque hay tomas hermosas de la cara de Elena—, sino a Elena en el vestido blanco. Pero lo que Isis fotografía, a fin de cuentas, es el rostro en el vestido. 
El vestido blanco no es sólo lo que cubre a mi hija, sino lo que me la enseña. Como un desprendimiento del retrato, que es forma y teoría, estas imágenes son también lo que el rostro tiene de pregunta y de máscara: ¿cuánto de Elena me recibe allí y cuánto ya transita un camino que me es ajeno?


 Fotos de Isis Milanese.

* El título alude a un hermoso librito que hasta hace poco se conseguía en oferta.