socio

"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 4 de noviembre de 2014

anatomía de un urbicidio

Gabriela Massuh –nacida en Tucumán, formada y residente en Buenos Aires– tiene una larga trayectoria en periodismo y gestión cultural (además de docente universitaria, traductora de Kafka, Schiller, Enzensberger, entre otros, dirigió el departamento de cultura del Instituto Goethe de Buenos Aires durante más de dos décadas). Nos había maravillado en 2008 con su novela La intemperie, una suerte de diario de una separación que le sirve a la narradora para reflexionar, para deambular por algunos de los temas centrales del legado que la economía de mercado sembró en la Argentina y, sobre todo, en Buenos Aires, y que estalló en diciembre de 2001. Allí, en esa novela ejemplar, Massuh le hace declarar a su personaje en las primeras páginas: “Durante los años 90 me alejé del sufrimiento en letras de molde, me escapé de los laberintos del yo porque me parecieron, si se quiere, parte de la conciencia de una determinada calse social. Me dije: la pasión es la ficción”. Y agrega en el párrafo siguiente: “Empecé a pensar que el goce –y no la tortura– era una especie de responsabilidad”.
La sensibilidad –dramática, particular y social– desplegada en La intemperie continuó en La omisión (2012), en la que Matilde (la protagonista) y Sara, la amiga reencontrada, tienen esta maravillosa charla sobre el final del libro:
“—Yo sé muy bien que a los sojeros de aquí se les hace agua la boca hablando de las bondades de la sociedad del conocimiento. ¿Qué patraña es esa, de qué me están hablando? (...) Eso dicen. Yo misma lo vi por televisión a ese Soropol, Logrópoto, Porotel, Robocop o como se llame. Decía «Exportamos conocimiento a Venezuela» y se sentía Einstein. Se refería a esa semilla maldita, la terminator, esa que se suicida. Porque hay una semilla que se suicida, ¿no?
—Sí, una semilla manipulada para que no dé fruto (...).
—Mirá si no me doy cuenta de lo que pasa. Buen futuro nos espera si el conocimiento se concentra en una semilla suicida...
—Hablando en serio, ¿sabés lo que yo pienso? –preguntó Sara.
—No, decime.
—Que la soja es la gran venganza del peronismo contra la clase ganadera tradicional.
—¿No te parece una buena idea construir un museo del futuro? –dijo Sara de pronto–. Como el futuro dejó de existir, bueno sería dedicarle museos y monumentos para que las generaciones futuras se enteren de cómo era.”
Ya en La intemperie aparece otra declaración frecuente “la necesidad de entender” –entender ese vacío abisal que fue el 2001, el avance de una intemperie que arrasa el espacio público de todos los lugares: la ciudad, los medios, la universidad, las instituciones. Así que no nos sorprendió enterarnos de que esta semana Massuh presenta El robo de Buenos Aires. La trama de corrupción, ineficiencia y negocios que le arrebató la ciudad a sus habitantes, donde los protagonistas tienen apellidos la mayoría de las veces conocidos hasta para el lector de diarios más distraído: Macri, Dromi, Cavallo, Eskenazi, Grondona, entre otros.
Desde la construcción de Puerto Madero a la de Nordelta, las autopistas –que recuerdan los ensayos sobre el arrasamiento del sur de Harlem de Marshall Berman y sus nefastas consecuencias en la Nueva York de los 50– que generan tierras de nadie en sus baldíos techados y oscuros, Massuh procede con la minuciosidad de sus propios recuerdos, sus conversaciones, su background académico, su investigación periodística y su prosa ejemplar a describir un urbicidio que transformó a Buenos Aires de Reina del Plata a Princesa de Disney, igual a otras ciudades con su masa de edificios exclusivos y anodinos. Una ciudad “sin calle”, donde los espacios se privatizaron y lo que queda para la prole es el vasto desierto que ingresa a una ciudad vaciada.
Si no queda claro, el texto de promoción del libro, lanzado por la propia editorial, no es para nada eufemístico, dice: “Denuncia de la destrucción arquitectónica, ambiental y social ejecutada durante la última década por el macrismo y el kirchnerismo contra la ciudad de Buenos Aires y el conurbano. ¿En qué se parecen Nordelta y el Parque Indoamericano? ¿Existe conexión entre las inéditas inundaciones y los emprendimientos inmobiliarios en la ribera del Río de la Plata? ¿Cuándo estallará la burbuja inmobiliaria que tiene vacíos uno de cada cuatro departamentos nuevos de la ciudad? ¿Es posible recuperar lo mejor de la Buenos Aires que alguna vez conocimos?”
La Buenos Aires festejada –se arguye en el libro– “por la dimensión de sus espacios públicos y su mezcla social, tan diferente al resto de sus pares de América Latina, sufrió una transformación radical. La demolición desenfrenada del patrimonio arquitectónico y el brutal crecimiento de los barrios cerrados destruyeron también el ecosistema del conurbano. Por negligencia y complicidad política, la especulación inmobiliaria se convirtió en el único motor de cambio y arrasó con una tradición cultural integradora, agravando la inseguridad y el hacinamiento y generando tierras de nadie liberadas a su propia suerte. Convertido en botín, el metro cuadrado aumentó exponencialmente su precio y desmanteló barrios enteros para construir viviendas suntuosas que hoy nadie habita”.

Puerto Madero, frente al hotel Faena.

Ya en sus novelas, desde un lugar distinto, Massuh había puesto a sus personajes a encontrarse con esa ciudad que asoma, irradia desde la postal barrial con adoquines –que la administración porteña se emperra en quitar: ya sea los cruces con cartoneros en La intemperie como los viajes en colectivo de Matilde en La omisión. En esta última novela escribe: "Esa vereda y esa esquina, intensificadas por la luz ocre del ocaso, se le ofrecían amorosamente, como una dádiva del pasado, un acto de generosidad, una gracia. Flotó en un indiscriminado acto de infancia cubierto por el empedrado de entonces. Entendió que lo que puntualmente veía o recorría era la calle Juramento en su versión original, como si la viera ya no sesenta años antes, sino la calle como huella de su propio origen exhibiendo esa grieta donde la construcción urbana retrocede y estalla y se disgrega en lo que alguna vez fue: campo. Todo le resultaba familiar, aunque sabía que la imagen constitutiva de ese pasado que a ultranza necesitaba retener como un estallido de placer a punto de desvanecerse, esa imagen no la contenía, es decir, ella, Matilde, no la había habitado, pero podía entenderla porque rebasaba de una especificidad que sólo puede descifrar un puñado de seres humanos en riesgo de extinción: la impronta Buenos Aires". En esas mismas páginas leemos, cerca del final: "La condición de la modernidad es no tener a donde volver".
Y, si el lector no está tan interesado en la denuncia concreta que este libro construye, acaso le convenga reparar que su trama está hecha con algunos de los autores más intensos en el análisis urbanístico y social, desde Adrián Gorelik a Andreas Huyssen, de Richard Sennett o David Harvey a Maristella Svampa o Patricia Pintos; o sea, un resumen tematizado del pensamiento urbanístico desarrollado en los últimos años en el país y el exterior que es en sí un mapa de situación.
Vía correo electrónico y desde Mardulce editora, la editorial que Massuh fundó en 2011, la autora nos responde unas breves preguntas sobre este libro.
—Habías ensayado una crítica o una exploración de la crisis de 2001 o el boom sojero en tus novelas, ¿hay una continuidad en El robo de Buenos Aires?
—El Robo no surge de mí, como el resto de mis libros, sino de un editora inteligente. Hace unos cuantos meses me encontré con Ana Laura Pérez, que acababa de asumir como editora en Random House. Me miró de manera misteriosa y me dijo “tengo un proyecto para vos”. Ese libro que me pedía partía, creo, de la presencia de la ciudad en La intemperie y en La Omisión. Pero además, de dos o tres columnas sobre la catastrófica gestión actual de la ciudad que yo había escrito para el colectivo Plataforma 2012. Así nació El Robo, que es un libro de investigación y también de denuncia.
—La constante señalización del deterioro del espacio público hace pensar que las ciudades, lo urbano, no es sólo cuestión de infraestructura, sino política. ¿Cuáles han sido las intervenciones en la ciudad que mayores desplazamientos generaron y qué consecuencias trajeron?
— La intervención más nefasta y brutal sobre la ciudad de Buenos Aires fue la creación de Puerto Madero: la impune privatización de 170 hectáreas de ciudad para convertirlas en un coto privado de especuladores y lavadores, narcos o no narcos. El modelo Puerto Madero dio a luz el mecanismo que en la década del 2000 se aplicó a toda la ciudad: especular con el suelo urbano para colocar excedentes y terminar destruyendo la ciudad. Esta es la gran industria de la construcción que, en Buenos Aires, produjo 450 mil personas que no tienen acceso a la vivienda, un crecimiento exponencial en villas con la existencia, al mismo tiempo, del 29% de departamentos nuevos vacíos, construidos solamente para “mantener el valor del dinero” sin haber crecido un ápice la cantidad de habitantes de la ciudad desde 1946.
—También Rosario se generaron impresionantes movimientos inmobiliarios que desplazaron a la gente que trabaja en la ciudad a zonas suburbanas porque los precios de las viviendas son inaccesibles.
—Por supuesto, esto mismo pasó en Rosario y hay indicios de que esos rascacielos horribles frente a la línea de la costa, horrendamente caros y de construcción seudo lujosa es la contraparte del incremento de las villas. Porque esta falsa “valoración” del suelo urbano hace que sea inaccesible para las clases medias y bajas, para terminar expulsándolas hacia zonas de miseria e indigencia. La creación de esta falsa riqueza (digo falsa porque no es para todos) no solo genera pobreza, sino también miseria, exclusión y violencia. Todo esto podría evitarse si se respetaran, tanto en Buenos Aires como en Rosario, los planos urbanos ambientales. Pero los políticos trabajan para la industria inmobiliaria en contra de la población de las ciudades, obnubiladas por la publicidad mentirosa.

Rosario, Puerto Norte.

—¿Con qué otras obras o autores te parece que dialoga tu libro?
—Como el resto de mis libros, este también dialoga con la nostalgia, el paso del tiempo y la noción de la pérdida. Perder el paisaje urbano que en algún tiempo te dio amparo es tan duro como perder un amor, un ser querido o un tesoro. Hacernos sentir extranjeros en la propia ciudad es un acto criminal en el que incurre la mayoría de la política. Nuestros políticos son todos urbicidas: responsables de crímenes contra las ciudades. Merecerían ser juzgados por esto porque violan nuestro derecho a la ciudad.



El proceso (un fragmento)
Por Gabriela Massuh

El proceso comenzó hace décadas y, si hay que pensar en algún turning point, habrá que darle la razón a Adrián Gorelik cuando dice que todo empezó cuando los argentinos empezaron a viajar a Miami y dejaron de viajar a París. El juicio puede parecer nostálgico o elitista, pero no queda más remedio que aceptarlo porque define de manera contundente el tipo de ciudad, y también de sistema político, de cultura y de sociedad por los que hemos optado. Darle la espalda al espacio común para privilegiar el privado es uno de los factores principales para fomentar la inseguridad que tanto preocupa a la ciudadanía (y a los políticos cuando hacen campaña). Indefectiblemente hay que soportar que todas las estrategias para captar votos prometan guerras nucleares contra el crimen: más policía, más cámaras, más control, más armamento, penas más duras, tolerancia cero, menos espacios oscuros (y, sobre todo, menos espacios verdes).
El modelo de ciudad que tenemos es el más propicio para fomentar la violencia porque ha anulado el espacio común. A pesar de todas las promesas, los índices de inseguridad no han cesado de trepar, sobre todo a partir de los años noventa, cuando pasamos de ser una ciudad con veredas para caminar y plazas para convivir, a integrar la nómina bochornosa de ciudades latinoamericanas conocidas por sus villas miseria y sus números de homicidios, violaciones, y robos. A esta altura, deberíamos haberlo aprendido: la inseguridad no se combate con más policía, sino con planes integrales y, sobre todo, con voluntad política.


jueves, 23 de octubre de 2014

tres cositas

Un apunte sobre la miniserie The Honourable Woman, escrita y desarrollada por Hugo Blick para la BBC y el Sundance Channel.
La escena introductoria es brillante: es el momento del almuerzo en un gran restaurante, el mozo avanza y hace chistes entre sus compañeros de la cocina, lleva la panera y la pinza para recoger los panes. Llega a una mesa donde hay dos niños y su padre. El mozo sirve los panes a los niños, empuña la pinza y se la clava en el cuello al padre hasta matarlo. Luego viene la presentación, con flashes de escenas que veremos a lo largo de los 8 episodios de esta miniserie emitida entre el 3 de julio y el 21 de agosto en el Reino Unido.
Actúa Maggie Gyllenhaal, quien interpreta a Nessa Stein –la niña que ve morir a su padre apuñalado por una pinza de recoger pan en un restaurante de Tel Aviv, ahora una mujer adulta, al frente de una fundación en la que se han propuesto equiparar oportunidades de educación a jóvenes palestinos.
A partir de allí la cosa se convierte en una tragedia familiar en términos shakespearianos o clásicos: la salvación de una familia es la salvación del mundo, aunque en términos mucho más cristianos que judíos (por lo menos hasta aquí no existe, salvo"explosivas" descargas morales, una "salvar el mundo" musulmán). 
De Blick también vimos The Shadow Line, donde intervienen varios de los actores de The Honourable Woman.



Otra cosa:
Federico Fritschi, entrañable tutor radiofónico, tuvo a bien distinguirme con la asociación a una lectura de un artículo de Babelia en el que se dice, como repito desde hace un tiempo, que las series son la literatura de estos días. Aunque nuestra redactora de Babelia se refiere a que las series son como novelas, nuestra teoría mas bien señala que quien ve series es un "lector", alguien que interpreta signos y teje teorías sobre el mundo a partir de esa interpretación.

Y por último:
Leo de nuevo Mal y neomal, de mi compatriota Amir Hamed. Lo fascinante de su lectura, a diferencia de otros imbéciles llenos de aciertos nacidos a uno y otro lado del Río de la Plata y el Uruguay, es que nunca sé cuándo acuerdo y cuándo no con su crispado estilo. Una maravilla.

Imagen tomada de El País.  

mirador agraciado

Demoro hace un tiempo un comentario sobre Gracepoint (sí, punto de gracia pero acaso: mirador agraciado, ya que la historia transcurre en un sitio de ese nombre, se supone que en el norte de la costa del Pacífico de Estados Unidos, en el borde con Canadá --la miniserie está filmada en Columbia Británica, a unos cien kilómetros de Seattle--). Es que lo que me llevó a verla fue la presencia, en el elenco, de Anna Gunn (nuestra Skyler White), que acá está menos imponente aunque, como en Breaking Bad, su contrato matrimonial debe ser revisado al final.
Bueno, pero no nos adelantemos.
Tennat y Gunn en Gracepoint. Imagen tomada de LA Times.

Es que a poco de verla me di cuenta de que Gracepoint es la versión Fox de Broadchurch, estrenada por la BBC hace un año atrás e, incluso, con su mismo protagonista, David Tennat.
Chris Chibnall, quien escribió el libreto original, es también creador de Life on Mars, Torchwood e importante guionista en la eterna Dr. Who.
Sin embargo en Gracepoint-Broadchurch procede como émulo de los escritores de The Killing o la sobrevaluada Twin Peaks, El pueblito encantador y excéntrico (porque está fuera del centro urbano como puede ser Nueva York o Los Ángeles y, también, porque sus habitantes parecen caricaturizar cierto espíritu "natural", antiurbano y apacible), el crimen horrible, casi inaprensible, el sufrimiento de la familia (Danny, un niño de 11 años, aparece asesinado en la playa) y la despareja relación entre el y la investigadora (Tennant-Gunn).
Tratándose de un whodunit ("No olvide que para mí el misterio --del whodunit-- raramente es suspense", le dice Hitchcock a Truffaut), un misterio que se resuelve una vez que conocemos al asesino, podría esperarse que el asesino, en la versión americana, sea otro que el de la versión inglesa, pero hasta ahora no hay señales en ese sentido.
Actúa también Nick Nolte en el papel que en la miniserie original protagonizó David Bradley.
Se emite los jueves y hoy será hora de la cuarta de diez entregas (dos más que Broadchurch).

miércoles, 8 de octubre de 2014

prisionero en tránsito



Desde el jueves último y hasta el 31 de octubre, en el Salón de las Miradas de Plataforma Lavardén, está abierta la muestra “El adentro y el afuera”, del fotógrafo Héctor Rio, quien comenzó su trabajo con una inquietud puntual: ¿Cómo es el último período de reclusión de un preso? El documental se realizó con internos de la Unidad Penitenciaria Nº 3 en ese tiempo de transición en el que el interno viaja al “afuera” y se encuentra con la ciudad que es otra y la misma, el abrazo de las amistades y la familia, la contención, pero también el reencuentro con las condiciones de exclusión que lo llevaron a estar en la cárcel y con una sociedad que los condena con su sospecha –como una sentencia permanente– y con su rechazo, que es otra forma de encarcelar.

el gran relato económico



Este artículo se publicó en la revista Strikemag.org. Su autor, David Orrell, es escritor y matemático. El título original del artículo es “Fuckonomics”.

Uno de los puntos en el que la gran mayoría está mundialmente de acuerdo es que la economía global está podrida. A diario nos azotan con tormentas financieras que parecen más allá de nuestro control, como una lluvia de meteoros del espacio exterior. El dinero perdió su función original como medio de intercambio para tomar una vida propia desquiciada y computarizada, atravesando las redes financieras a la velocidad de la luz, construyendo gigantescas paredes de deudas ficticias –que de repente colapsan y provocan el caos en las vidas de millones de personas. Hemos regresado a estados primitivos, aterrorizados por fuerzas externas, y buscamos con desesperación el camino a la estabilidad y la predicción del futuro. 

Aunque, irónicamente, son nuestro propios intentos de predecir y controlar la economía las que la transformaron en una bestia desatada. La sofisticación de nuestros sistemas matemáticos se han vuelto parte del problema, no de la solución. Para abrirse camino en un nuevo sistema, necesitamos repensar el modo en que hacemos nuestra economía.

martes, 7 de octubre de 2014

gandolfo, el gran amplificador

Elvio Gandolfo nació en 1947 en Mendoza pero para la gran mayoría es un escritor rosarino, aunque vive en Montevideo desde fines de los 70. Es que aquí, con su padre y uno de sus hermanos, fundó la revista ya legendaria el lagrimal trifurca (1968-1976), donde se conocieron poetas y narradores –por caso, Mario Levrero– hasta entonces ignotos en la zona. Es una narrador reconocido y admirado, además de un periodista cultural de vasta e influyente trayectoria. Sin embargo, pese a ser traductor de un volumen fundamental sobre poesía beat, no había publicado un libro de poemas hasta que la pequeña editorial Iván Rosado (funciona en la galería Dominicis, en Corrientes y Catamarca) sacó hace un mes El año de Stevenson, que reúne versos que Gandolfo escribió, según está planteado el tomo, cada día durante un trimestre (“Primer trimestre” es el subtítulo de este primer volumen al que, aseguran desde la editorial, le seguirán otros tres). Gandolfo estuvo invitado al XXII Festival de Poesía de la ciudad (que terminó el sábado 27 de septiembre).
Gandolfo en el XVII Festival de Poesía de Rosario. Footografía de Giselle Marino.

En El año de Stevenson, a diferencia de sus narraciones (y no es que estos poemas no sean narrativos), parece que las historias y los detalles provinieran de alguien que camina al lado de uno. Los poemas sobre mujeres son infinitos, porque abarcan gestos grandiosos, cosas de muchos años atrás que regresan, o clases sociales y paisajes que abarcan enormes distancias. Tal como suelen ser las conversaciones sobre damas que ejercieron un sostenido influjo en hombres de imaginación febril. Pero también los retratos de hombres mayores que se derrumban o se murieron y aparecen dibujados en algo casi nimio, que suele ser la literatura, el cine o sus derivados: los festivales de cine, los encuentros literarios, ese orbe que alguna vez pudo vislumbrarse como una entrada de enciclopedia y ahora es un lugar de trabajo.
Hay, en El año de Stevenson, como acotaciones, apuntes a veces irónicos sobre ese mundo del periodismo cultural al que pertenece Gandolfo; por ejemplo, la imagen del narrador que llega a su casa después de un periplo por un festival de cine y se deshace de la bolsa con libros y programas para volver a salir. O el hallazgo del término “poeticas” en una columna de Diario de Poesía que sorprende al ineludible Gandolfo-narrador-del-poema porque se maravilla e interpreta que algo del orden de lo centroamericano ingresó al fin al Diario (“poeticas” en lugar de “poetisas”) cuando cae en la cuenta de que se trata de un error de tipeo y la columnista se refiere a “poéticas”; lo que a la vez enfatiza la distracción con la que nuestro narrador estuvo leyendo la página.
Escritos como un diario y, de hecho, apegado a circunstancias de su vida –“Mi hija se mudó de casa”, cuenta Gandolfo, “Mi viejo estaba enfermo”–, El diario de Stevenson es el título de una novela que nunca llegó a escribir. Además del organigrama de esa representación –la entrada correspondiente a cada día del trimestre–, Gandolfo fue fiel al orden en que fueron escritos los poemas.
“Es lo que tiene de bueno la poesía –dice Gandolfo–, que no lo tiene en este momento el relato, que fue muy experimentador en el siglo XX pero en este momento está pinchado: la novela en especial, no así el cuento, que sigue siendo igual o más experimental que la poesía”.
Es que los poemas de El año de Stevenson incluyen desde paisajes, reflexiones –la poesía filosófica–, retratos, conversaciones, pequeñas crónicas iluminadas o bosquejos irónicos: “La tarea es fácil: –escribe–/ sólo debés/ enamorarla./ Pero a la vez/ difícil:/ no puede/ ser posible”. Además de esos registros de conversación que hasta ahora sólo habíamos espiado en algunos de sus relatos. Por ejemplo, el poema “Bandazos”: “¿Se te salió la cadena/ te descontrolaste?/ ¿Perdiste la brújula/ te desorientaste?/ ¿Andás sin corazón,/ te desamoraste?/ ¿Estás pensando,/ te desidiotizaste?/ ¿Ahora sos bacán,/ pelechaste?/ ¿Te pasaste al poder,/ pechaste?/ ¿Eras flor de romántico,/ te desilusionaste?/ ¿Te fuiste del presente,/ te pasaste?/ ¿Patinaste en el riel,/ te descarrilaste?/ ¿Le erraste al trampolín,/ te reventaste?/ ¿Fuiste, loco, fuiste?”
Lo mejor de este libro de Gandolfo es que parece ofrecernos un recoleto paisaje íntimo que, en realidad, amplifica una melodía que es tanto la época como un rincón de cualquier ciudad rioplatense. Sólo eso lo hace imprescindible.

miércoles, 1 de octubre de 2014

street view

Solís y las vías, Rosario: primera persona que descubro en Street View sin el rostro borrado.
119 Solis

http://goo.gl/maps/EBz38

Y un terrible accidente en Biedma e Italia:1795 Coronel M. Biedma

http://goo.gl/maps/rfUQp

lista

1. Hola Halo
Según el tráiler, se estrena en noviembre una miniserie de cinco episodios basada en los juegos Halo, que se llamará Halo Nightfall y su productor ejecutivo es Ridley Scott (aún no sabemos qué fue de su proyecto de llevar también a una mniserie la novela El hombre en el castillo, la ucronía de Philip K. Dick).
Según el Hollywood Reporter, el escritor de Prision Break Paul Scheuring será el encargado de desarrollar esta historia que introduce en el universo Halo (del que no tengo idea) al agente Jameson Locke (Mike Colter). Según la pobre entrada en IMDB, nuestro agente investiga un ataque terrorista en la colonia del planeta Sedra y es, a la vez, víctima de ese ataque. Algo así. Acá la entrada de Wikipedia sobre Halo: una guerra interestelar y futura entre la humanidad y unos extraterrestres llamados los teocráticos, que veneran a una civilización perdida en combate y son guiados por líderes a quines llaman los profetas. Los humanos, en tanto, depositaron todas las esperanzas en unos súpersoldados, y así.


2. Hola Pakistán
El primero y segundo de los 12 episodios de la cuarta temporada de Homeland se emitirán el domingo próximo. Carrie Mathison deja el bebé que engendró el ahora difunto Brody en manos de su hermana y se va a Islamabad y Kabul, a dirigir una sucursal de la CIA en Asia. Cómo va a seguir la serie sin Brody es un misterio que, esperemos, valga la pena desentrañar. La fauna de agentes cínicos que se encontrará Mathison en Pakistán, los ataques con drones que matan inocentes y los paseos de la rubia Claire Danes y eso que damos por entendido con el término Realpolitik, acaso estén entre los atractivos de esta temporada, según reporta el Hollywood Reporter.


3. Hola Oona
Black Mirror, la miniserie tecno-distópica, futurista, creada por Charlie Brooker, tendrá un especial de navidad de 90 minutos, según leímos en The Guardian, y contará con el protagónico de John Hamm (Mad Men) y Oona Chaplin (la difunta Talisa Stark en Game of Thrones). Según declaró Hamm, que esta semana rueda el episodio en Inglaterra, "La cosa va de humor negro y observaciones inteligentes sobre nuestra sociedad y sus valores, lo que me enganchó de entrada como espectador cuando comenzó a emitirse la serie. Y es un honor que Charlie (Brooker) y el resto del equipo creativo me pidieran que actuara para desearle a todos una feliz Navidad.”
Veremos, la segunda temporada de Black Mirror nos desilusionó un poco, había más observaciones inteligentes que puesta en escena.

domingo, 28 de septiembre de 2014

lenguaje e intemperie

Leí por primera vez a Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) en 2005, cuando apareció El año del desierto. Con fascinación lo leí. Luego llegó Salvatierra (2008), su tercera novela, un texto sugestivo, hecho de pequeños detalles que salpican los días del protagonista a partir de la observación de una pintura casi infinita que pintó su padre, donde el suspenso corre con una serenidad no ajena de pavura. Lo mismo que el río Uruguay, que corre en la tela pintada por Juan Salvatierra, el pintor mudo, a lo largo de unos 60 años.

El sábado pasado, en el Festival de Poesía, escuché a Mairal por primera vez leer poesía, y encontré en el poema que leyó, Cipriano, ecos de toda esa cosa que habita la literatura de nuestro escritor. También Cipriano fue tirado a los once años de un caballo y, si bien no enmudeció, es un hombre analfabeto en quien Mairal ve al “último paisano”. Escribe: “Yo –que no entiendo y me pregunto/ y me contesto y me contradigo–/ pienso en usted y entiendo algunas cosas,/ pienso en usted y en mí andando juntos/ y busco algo en las nubes que ve la gente viva./ ¿Cómo mira el cielo un mensual viejo?”
Una felicidad poder escucharlo y ahora compartir ese largo poema:

Cipriano

El Cristo de neón que dominaba
la sala velatoria en Gualeguay.
Cada generación dice haber visto al último paisano,
al hombre auténtico.
Usted nació en el Médano, en la Punta del Monte,
un caballo tobiano lo aplastó a los once años,
tirado medio muerto al lado del camino y el caballo pastando.
Y usted pisaba los cardales descalzo, Cipriano,
es cosa de costumbre nomás.

sábado, 27 de septiembre de 2014

whodunnit

Conversaba con Lisandro en la puerta de la Lavardén, el jueves pasado, sobre las series que vemos y me dijo algo que no había pensado hasta ahora: que le interesan ciertas ficciones (el ejemplo fue Mad Men) en las que no importa tanto lo que pasa, a diferencia de otras (Game of Thrones, por ejemplo), donde saber cómo se resolverá la trama es lo fundamental. En otras palabras, es la clásica distonción de Hitchcock entre el suspense y el whodunnit: entre el relato cuyo misterio es su propio proceso narrativo y el que sólo ofrece la sorpresa de descubrir quién cometió el asesinato.

lunes, 22 de septiembre de 2014

intrusos

A diferencia de otras series fantásticas como las que abundan, Intruders no tiene vacíos en la diégesis; es decir, no tiene esos huecos en la representación en los que nos parece que algo de lo terrible de la trama no coincide del todo con la escena que se nos ofrece.

La historia, desarrollada por Glen Morgan (otro del equipo X-Files), es algo así: existe una sociedad secreta llamada los Qui Reverti, quienes, una vez muertos, se alojan en cuerpos jóvenes, los poseen, como sucede en esta primera temporada (este último sábado la BBC América emitió el quinto episodio) con Marcus Fox, quien trata de dominar la cabeza y el cuerpo de una niña de 9 años (la excepcional actriz Millie Brown). Lo curioso que el primer atisbo, por parte de un ex policía devenido escritor y casado con una qui reverti (aunque él lo ignora) que es nada más y menos que Mira Sorvino, no proviene de una explicación fantástica como una que tiene un par de desarrollos en estos cinco episodios (la transmutación de almas, seres o lo que sea, de un cuerpo a otro se realiza a través del infrasonido: sonidos que el oído humano no escucha pero siente y en Europa, donde crece esta sociedad desde hace varios siglos, se ejecutaron con los órganos de las viejas iglesias). Un amigo ex FBI de nuestro ex policía descubre algo raro al estudiar los fideicomisos de uno de estos qui reverti que contrató sus servicios en un buffete de abogados.

Este año vimos varias series fantásticas naufragar (más allá del éxito real o la continuidad que tengan: fracasaron porque resultaron un tedio). Dos de ellas, The Lottery y Extant, por lo mismo: la gran intriga de su trama compete al futuro o, al menos, al misterio de un futuro cercano que, claro está, nos importa poco.
En cambio Intruders, o los responsables de la serie, entendieron, como Giorgio Agamben, que de lo que se trata es del presente, y que a él llegamos no a través de la futurología, sino de la arqueología. Es el pasado lo que está en juego en Intruders y es eso lo que la vuelve fascinante. No sólo el pasado de los personajes, sino ese orden del pasado que deviene un presente de intrusos que han secuestrado a los inocentes para legarse no sólo vida, sino capital.

lunes, 15 de septiembre de 2014

problemas populares

Leonard Cohen tiene un nuevo disco y los escuchamos en la NPR (el enlace lleva al reproductor de la radio, donde se puede escuchar Popular problems, mucho más parecido a The Future o Ten New Songs que a su trabajo anterior).
Imagen tomada de la NPR.

sábado, 13 de septiembre de 2014

extant no more

Lo mejor que tuvo Extant ni siquiera fue Halle Berry, apenas nos trajo esa palabra inglesa que designa algo que ha sobrevivido y que tiene una sugestiva sonoridad, etcétera.
Luego, es el mismo error que repite Steven Spielberg cuando produce televisión: cree más en la acumulación de pequeñas tramas, como si se tratara de una feria de atrocidades, que en el desarrollo de una historia, como si una serie fuera un dispositivo para ejecutar sorpresas antes que suspenso. En fin.
Así, ni la bella Halle Berry puede lucirse y ahí la vemos, con cara de perro mojado, siempre superada por circunstancias que, claro, arrasarían a cualquiera: como traer un feto extraterrestre del espacio, tener un hijo androide que comienza a actuar de manera rara y a tener sueños, o competir en la crianza de ese hijo con la hija de Meryl Streep. Además de ser perseguida por la compañía espacial para la que trabaja y el millonario japonés que contrató a su esposo, aunque en el último capítulo que miré al pasar parece que esa situación se revirtió, pero no entiendo ni me interesa ya entender de qué manera.
Au revoir, Extant.
Una fabricación de secretos que no vale la pena revelar.

jueves, 11 de septiembre de 2014

el progresismo como gesto moralizante



Traduje este artículo (publicado a mediados de 2013 en Strikemag) en el que Mark Fisher repasa lo que sucedió luego de que apareciera su célebre libro Realismo capitalista. Un agudo análisis acerca del actual rol de los espacios políticos progresistas adecuados a la “realidad” neoliberal que parecen haber aceptado que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. El subrayado, pasada la mitad del texto, es nuestro y señala una observación que le cabe al progresismo vernáculo.

por Mark Fisher
Mi libro Realismo capitalista se publicó a fines de 2009. Mientras terminaba el libro se desató la crisis financiera de 2008 y bromeaba con que el capitalismo acaso terminaba antes de que yo lo hiciera con mi libro. Como ya sabemos, el capitalismo no se derrumbó, pero sería un error pensar cualquier posibilidad de volver a la normalidad. 
El realismo capitalista podría verse como una creencia, la de que no hay alternativa al capitalismo, de que, como lo señaló Fredric Jameson: es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Hay otros sistemas que puden preferirse al capitalismo, pero éste es el único que resulta realista. O puede verse como una actitud resignada y fatalista de cara a la sensación de que todo lo que podemos hacer es hacernos a la idea de que el capitalismo lo domina todo y limitar nuestras esperanzas a la contención de sus peores excesos. Sería, antes que nada, una patología de la izquierda, nunca mejor ejemplificado que en el caso de los nuevos laboristas. Al fin y al cabo, lo que nos aporta el realismo capitalista es la eliminación de la política de izquierda y la naturalización del neoliberalismo.
Luego de la ola de militancia que se esparció en el mundo en 2011, el editor de Economía de la BBC, Paul Mason, llegó a declarar que se llegaba al fin del realismo capitalista. Los eventos truncos de 2012 demuestran que ese juicio fue al menos apresurado. 2012 fue el año de la restauración y la reacción. El último libro de Slavoj Zizek, El año que soñamos en peligro, comienza con el concepto persa war nam nihadan: “asesinar a alguien, enterrar el cuerpo y hacer crecer flores sobre él para esconderlo”. El argumento de Zizek es que la ideología dominante aplicó un war nam nihadan sobre la floreciente militancia de 2011 (Occupy Wall Street, la Primavera Árabe, los disturbios en Inglaterra, etcétera). “Los medios ultimaron la radical dimensión emancipatoria de los eventos y entonces arrojaron flores sobre el cadáver enterrado”, escribe. En 2013 se reafirmó el realismo capitalista. En lugar de terminar en 2008 (ó 2011), podría argüirse que las medidas de austeridad que se implementaron constituyen una intensificación de ese realismo capitalista. Esas medidas no podrían haberse introducido a menos que subsistiera aún la expandida sensación de que no hay alternativa al capitalismo liberal. Las diferentes luchas que estallaron a partir de la crisis financiera muestran un creciente descontento con el capitalismo del pánico que se puso en marcha desde 2008, pero no logaron todavía proponer una alternativa concreta al modelo económico dominante. El realismo capitalista trata así de una corrosión de la imaginación social y, de algún modo, ese sigue siendo el problema: luego de treinta años de dominio neoliberal, recién comenzamos a ser capaces de imaginar alternativas al capitalismo. ¿Por qué resulta así?
En parte, porque la descomposición de la solidaridad, de la que depende la victoria del neoliberalismo, aún no fue revertida. Los distintos movimientos anticapitalistas (incluyendo Occupy) aún no se constituyeron en un movimiento capaz de desafiar la súper hegemonía del capital. Nos acostumbramos a un mundo en el que los trabajadores le temen al capital, nunca al revés. El realismo capitalista nunca fue la persuasión ideológica directa; no se trata de que la población del Reino Unido se convenciera de los méritos de las ideas neoliberales. Sino que aquello de lo que la gente está convencida es que el neoliberalismo es la fuerza dominante en el mundo y a eso, por lo tanto, hay poca resistencia que ofrecerle. (No estoy deslizando que la mayoría de las personas reconocen el neoliberalismo por su nombre, sino que reconocen las políticas y la narrativa ideológica con las que se desparramó con éxito.) Se esparció esta percepción porque el capital derrotó a las fuerzas que actuaban en su contra –en lo que resulta más obvio: arrasó con los sindicatos o los forzó a ser instituciones de consumo o servicio dentro del capitalismo. La situación cambió desde el apogeo de la democracia social, y una de las principales maneras de ese cambio es la globalización del capital. Claro, ese es uno de los caminos por los que los sindicatos fueron hábilmente aventajados: si tus afiliados no van a trabajar por este rendimiento, nos mudamos a un lugar donde otros lo hagan. 
La decadencia de la política parlamentaria en Reino Unido –con los tres partidos que representan desenmascaradamente los intereses del capital– es una de las consecuencias de la descomposición de la solidaridad proletaria. El error fundamental del nuevo laborismo –como el partido ejemplar del realismo capitalista– fue que concibió su proyecto apenas como una adaptación a la “realidad” que el capitalismo ya había construido. El triste resultado de todas sus maniobras fue la perspectiva melancólica de un “poder” sin hegemonía. Bajo Ed Miliband (líder del Laborismo inglés desde 2010 e hijo de un intelectual marxista), está claro que el laborismo no aprendió aún la lección según la cual el punto no es ocupar un centro ya existente, sino luchar para redefinir qué es ese centro. La derecha de Thatcher gozó de la suficiente confianza como para planear un cambio del centro en los 80 y desde entonces los laboristas estuvieron a la retaguardia. Como Stuart Hall auguró en The Hard Road to Renewal –publicado en 1988–, fueron los thatcheristas quienes se animaron a pensar y hablar en términos revolucionarios. Para conmoción de James Callaghan (político laborista inglés, primer ministro hasta 1979), Hall escribió que Thatcher “significaba hacer pedazos la sociedad desde sus raíces”. “Semejante ataque radical al status quo”, observaba Hall, era impensable para quienes estaban inmersos en el compromiso de la democracia social. Pero las incisivas observaciones de Hall sobre el conservadurismo inherente al partido Laborista en su época, se aplican con una dolorosa comezón al actual partido Laborista, con su desesperado reclamo de ser el partido de “una sola nación” y sus deslices reaccionarios e impotentes sobre familia, bandera y fe. Hall señaló entonces: “La verdad es que las ideas tradicionalistas, las ideas de respetabilidad social y moral, penetraron tan profundo en la conciencia socialista que resulta habitual encontrarse con gente comprometida con programas sociales radicales respaldada por valores y sentimientos del todo tradicionales”. Lo que queda, ahora que la conciencia socialista sucumbió al realismo capitalista y que el programa social radical cedió paso a la adaptación pragmática a un mundo gobernado por el neoliberalismo, son los gestos moralizantes y un tradicionalismo solitario.     
Alain Badiou arguyó que con el colapso de los experimentos de izquierda en el siglo XX fuimos retrotraídos a una situación similar a la del siglo XIX, antes de la irrupción de los movimientos laboristas. Creo que está en lo cierto, y que deberíamos desarrollar la misma consistencia de pensamiento, ambición y coraje que poseyeron los fundadores del movimiento de los trabajadores. Pero elevarnos a ese desafío significa que no deberíamos permanecer atados a los métodos e ideas que esos grupos desplegaron para su época. En lugar de reclinarnos deprimidos sobre el fin de la historia, mirando conmovidos todas las revueltas y revoluciones que fracasaron en el pasado, necesitamos resituarnos en la historia y reclamar un futuro en manos de la izquierda. Porque lo que es cierto es que la derecha ya no tiene monopolio sobre el futuro: de hecho, se quedó sin ideas. 
Mayo del 68 dejó un influyente legado de anti-institucionalismo en las corrientes teóricas de la izquierda –un legado que incluso se acopla con muchos de los supuestos del neoliberalismo. Pero, como bien lo entiende la derecha, la política no trata de cuán bien se sienten los partidos en la calle, sino de controlar y perfeccionar instituciones. La pregunta es: si las viejas instituciones progresistas decayeron porque estaban demasiado asociadas a la producción en cadena, ¿qué instituciones funcionarán en las actuales condiciones?
Como argumentaba Fredric Jameson, el capitalismo es la sociedad más colectiva que jamás existió sobre la tierra, en el sentido de que incluso el objeto más banal es el producto de una red masiva de interdependencia. Hasta ahora la red global es estúpida y banal, pero en lugar de abandonarla a favor de alguna forma de regreso al mundo agrario que sólo sería posible en base a una catástrofe, necesitamos hacer de la red planetaria un sistema inteligente que pueda actuar según los intereses de la mayoría, en lugar de la minúscula minoría que lucra con el sistema en curso. No es imposible, de hecho, tenemos una oportunidad sin precedentes de que hacer que suceda.
Performance de Gerald Shield: "Realismo capitalista" (en oposición al stalino "realismo socialista"). Tomado de Wikimedia.
Acá el original en inglés: tiene un par de cortos párrafos más.

jueves, 4 de septiembre de 2014

un futuro sin crédito

Lo encontré hace un par de años en el blog de Daniel Link. Estaba en portugués así que lo traduje, acaso con errores. Se trata de una intervención de Giorgio Agamben en el programa Chiodo Fisso, de la RAI 3 (chiodo fisso significa caballo de calesita), del 25 de enero de 2012.


El logo de la compañía Engulf and Devour, del film Silent Movie, de Mel Brooks. Imagen tomada de The Democratic Daily en un artículo de 2011 sobre Occupy Wall Street.

Dice:
Para entender lo que significa la palabra futuro primero tenemos que saber lo que significa otra palabra, una que no estamos acostumbrados a usar, o que solemos usar sólo en la esfera religiosa: la palabra fe. Sin fe o creencia no es posible el futuro. Es decir, hay futuro sólo si podemos esperar o creer en algo. Pero, ¿qué es la fe? David Flusser, un gran estudioso de las ciencias de la religión, y todavía hay una disciplina con este extraño nombre, trabajaba un día sobre la palabra pistis, que es la palabra griega que Jesús y los apóstoles utilizaron para la fe. Ese día estaba paseando y, casualmente, se encontraba en una plaza de Atenas. En un momento dado, al mirar hacia arriba, vio escrito en grandes letras ahí adelante: Trapeza tés Pistéos. Sorprendido por la coincidencia –la palabra pistis– observó con mayor atención. Después de unos segundos se dio cuenta de que se encontraba simplemente delante de un banco. Trapeza tés Pistéos significa en griego "Banco de crédito". Era una especie de iluminación. Se encontraba al fin con el significado de la palabra pistis, que desde hace meses estaba tratando de entender. Pistis, fe, es simplemente el crédito de que gozamos junto a Dios y de que la palabra de Dios goza en nosotros a partir del momento en que creemos en ella. Por eso Pablo pudo decir, en una famosísima definición, que la fe es la “sustancia de cosas esperadas”. La fe es lo que da realidad a lo que aún no existe, pero en lo que creemos y tenemos fe, porque en ella ponemos en juego nuestro crédito, la palabra nuestra. Algo como un futuro existe apenas en la medida en que nuestra fe consigue darle sustancia, esto es, realidad, a nuestras esperanzas. Pero la nuestra, se sabe, es una época de escasa fe. O, como decía Nicolà Chiaromonte, una época de mala fe, o sea, de fe que se sostiene a fuerza de ser convicción. Por lo tanto, una época sin futuro y sin esperanzas (o de futuros vacíos y de falsas esperanzas). ¿Qué hacer con nuestro crédito ahora que se es muy viejo para creer verdaderamente en algo o demasiado inteligente para que estar todo lo desesperado que se debería? ¿Qué hacer con nuestro futuro? Porque, me parece, si se observa bien, hay todavía una esfera que gira internamente alrededor del tema del crédito. Una esfera que engloba toda nuestra pistis, toda nuestra fe. Esta esfera es el dinero y el banco, la Trapeza tés Pistéos es su templo. Ustedes saben que el dinero es apenas un crédito. En todos los billetes, la esterlina, el dólar, curiosamente no en el euro (y esto deberíamos dejarlo bajo sospecha), vemos escrito que el banco central promete garantizar ese crédito. Está escrito: "El banco pagará al portador" –libra esterlina o el dólar, aunque ahora ya no es el patrón oro y la conversión del dólar ya no existe. Ustedes saben también que la llamada "crisis" que estamos viviendo –y espero que sean lo suficientemente inteligentes como para sospechar que lo que se llama crisis no es algo temporal, sino la manera normal en que funciona el capitalismo de nuestro tiempo– comenzó con una serie desconsiderada de operaciones sobre el crédito, sobre créditos que venían descontados y revendidos decenas de veces antes de poder ser realizados. Lo que significa, en otras palabras, que el capitalismo financiero y los bancos, que son su órgano principal, funcionan jugando sobre el crédito, es decir, sobre la fe de los hombres. Lo que también significa que la hipótesis de Walter Benjamin, para mí una bellísima hipótesis, según la cual el capitalismo es, en verdad, una religión, la más feroz e implacable religión que ha existido porque no conoce redención ni día de fiesta, debe ser tomada literalmente. El banco tomó el lugar de la iglesia y de sus padres y, al gobernar sobre el crédito, manipula y gerencia la fe –la escasa e incierta creencia de que nuestro tiempo aún es el mismo. Y lo hace del modo más irresponsable y sin escrúpulos, procurando lucrar con dinero de la creencia y la esperanza de los seres humanos, estableciendo el crédito que cada persona puede gozar y el precio que debe pagar por ello. Llegando a establecer y avalar incluso el crédito con el que los estados, no se sabe por qué, cedieron a su soberanía. De ese modo, gobernando el crédito, no sólo gobierna el mundo, sino también el futuro de los hombres, ese que la crisis vuelve siempre más corto y a término. Y si hoy la política ya no parece posible, es porque, de hecho, el poder financiero secuestró toda la fe y todo el futuro, todo el tiempo y todo lo que se espera de él. Mientras dure esa situación, mientras nuestras sociedades, que se creen laicas, permanezcan sirviendo a la más oscura e irracional de las religiones, el único consejo sería arrancar el crédito y el futuro de las manos de estos seudosacerdotes sombríos y desacreditados, de los banqueros por un lado y de los funcionarios de varias agencias de ráitings y mediciones, de Standard & Poor’s o de cualquier otra denominación que tengan. Y, tal vez, la primera cosa a hacer es dejar de mirar tanto hacia el futuro, como se exhorta a que hagamos, para, al contrario, volverse y mirar hacia el pasado. Sólo al comprender lo que sucedió, sobre todo al intentar comprender cómo y por qué pudo suceder, acaso podamos liberarnos de esta situación. No la futurología, sino la arqueología es la única vía de acceso al presente.

Compárese con la pobre y rimbombante intervención de Marc Augé, que nos pide que "salvemos"el progreso, acá y acá.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

la pasión guaraní

Hace cuatro años, el 10 de julio de 2010, luego de que la selección de fútbol paraguaya fuera eliminada por España en cuartos de final del Mundial que se jugó en Sudáfrica (siete días antes), el sacerdote jesuita Bartomeu Melià, una de las mayores eminencias en guaraní, historiador, etnolingüista y prolífico investigador, publicó en el diario de Asunción “Última Hora” un artículo que, bajo el título “Fútbol guaraní. Una historia con mucha historia”, si bien no afirmaba que los aguerridos guaraníes habían inventado el deporte que llevo a la cima de la popularidad a figuras como Maradona, Messi o Alfredo Di Stéfano, concluía: “Los historiadores ya han metido un gol inédito a favor de los Guaraníes”.
Pintura jesuítica en una misión guaraní.