Con poco entusiasmo comencé a ver la miniserie Your Honor, en la que Bryan Cranston vuelve desarrollar el papel del protagonista que se transforma en el antagonista, como en Breaking Bad. Me intrigaba qué haría el británico Peter Moffat en una historia ambientada en Nueva Orleans, y terminé atrapado por dos cosas, la primera, esa zona gris que describe, en la que la comunidad afrodescendiente ostenta víctimas y victimarios, una bruma gris que también se extiende en el lado blanco. Cranston es un juez muy progresista cuyo hijo atropella y mata con el auto a otro adolescente que conducía una moto nueva, y huye. Su padre lo lleva a entregarse pero descubre que la víctima es el hijo de un mafioso. De ahí en más todo el periplo por el cual la tapadera del crimen descubre a otro ser en el honorable juez del título de la miniserie.
La otra cosa que me atrapó fue el tema "Treaty", de Leonard Cohen, en cuya letra no había reparado la primera vez que lo escuché.
Lo siento mucho por ese espíritu en el que te convertí
Solo uno de nosotros era real y ese era yo
Desde que te fuiste no he pronunciado esas palabras
Que cualquier mentiroso podría decir tan bien
No puedo creer la estática que sobreviene
Eras mi suelo, mi sano y salvo
Eras mi Ariel
Ah, los campos gritan que es el aniversario
(...)
Escuché que la serpiente estaba desconcertada por su pecado
Se quitó las escamas para encontrar la serpiente interior
Pero nacer de nuevo es nacer sin piel
El veneno entra en todas partes
Y desearía que hubiera un pacto que pudiéramos firmar
No me importa quién tome esta colina sangrienta
Estoy enojado y cansado todo el tiempo
Ojalá hubiera un pacto
Ojalá hubiera un pacto
Entre tu amor y el mio
---><---
Lo que me conmueve de "Treaty" es cómo recrea, en esa ruptura amorosa, las figuras de la eucaristía. Como en Graham Greene, ser un espíritu (Cohen escribe "I'm sorry for the ghost I made you be") no puede ser simplemente un "vapor", que es la operación de la que se lamenta el narrador de la canción de Cohen, quien volvió irreal a su amada, que es la imagen que se repite en la serpiente que se quita las escamas para buscar una serpiente interior que no existe.
Si la miniserie de Moffat lograra esa operación que halla Cohen en su letra, es decir, si el personaje de Cranston logra, como en Breaking Bad, disolverse en ese interior engañoso para convertirse en un veneno que lo inunda todo, Your Honor acaso se convierta en una gran serie en los dos episodios que le quedan hasta su final.
Los pocos hipervínculos del texto fueron agregados por nosotros, ya que no existían en el original. Entradas sobre la serie pueden encontrarse en este blog acá, acá y acá.
La primera temporada de The Americans (emitida recientemente en
el Reino Unido por ITV) terminó con una secuencia cuya banda sonora es “Games WithoutFrontiers” (“Juegos sin fronteras”) de Peter Gabriel. La serie ha sido elogiada
con razón por su inteligente uso de la música, y “Games Without Frontiers”, que
se estrenó en 1980, año en el que comienza la serie, fue una perfecta elección
que resume el clímax de la primera temporada. Atmosféricamente, la canción es
de alguna manera ansiosa y fatalista: sin inflexión emocional, la voz de
Gabriel suena catatónica; la producción es fría e imponente. “Games Without
Frontiers” no se siente postraumático, sino pretraumático: como si Gabriel
estuviera registrando el impacto de una catástrofe que está por venir.
Escuchado ahora, especialmente en
el contexto de The Americans, un thriller de la Guerra Fría, nos recuerda
una época en la que ese terror era ambiental, cuando el espectro de un
apocalipsis aparentemente inevitable tejía la vida cotidiana. Sin embargo, si “Games
Without Frontiers” invoca el amplio momento histórico en el que se desarrolla The Americans, también comenta las
intrigas específicas de la serie. Porque The
Americans trata de espías soviéticos que se hacen pasar por una familia
estadounidense corriente. El espionaje de la Guerra Fría no respetó las
fronteras entre lo privado y lo público, entre la vida doméstica y el deber
hacia la causa: de veras un juego sin fronteras.
Creado por el ex agente de la CIA
Joe Weisberg, The Americans se centra
en Elizabeth (Keri Russell) y Philip Jennings (Matthew Rhys), dos agentes de la
KGB que viven encubiertos como americanos en Washington. Al parecer, Weisberg
había ideado el escenario de la serie en la década de 1970, pero optar por 1980
tiene un gran sentido dramático. En 1980, la Guerra Fría se intensificó
inmediatamente después de la invasión soviética de Afganistán y la elección de
Ronald Reagan, quien estaba ansioso por llevar a cabo una lucha maniquea contra
el “Imperio del Mal”.
La serie se caracteriza por una
oscilación bipolar entre un naturalismo contundente y la intensidad de los
gritos adrenalínicos del thriller. No son escasas las persecuciones de autos y
los tiroteos en The Americans (probablemente no haya un programa más
emocionante que éste en la televisión hoy en día), pero estos están
intercalados con escenas de la vida doméstica, donde las tensiones son de otro
tipo.
Lejos de ser el respiro de esa
Guerra Fría, la vida hogareña de los Jennings es la zona donde llevan a cabo
sus engaños más cargados de emoción. El matrimonio es en sí mismo una farsa:
inicialmente al menos, Elizabeth y Philip son agentes en una misión, no
amantes, y la serie trata en parte de sus intentos de navegar este tenso
terreno emocional y reconciliar sus diferentes expectativas sobre lo que
implican sus roles. Pero Elizabeth y Philip al menos saben lo que están
haciendo; no necesariamente sus hijos, Paige y Henry. No saben que sus padres
son agentes de la KGB (la ignorancia de los niños es una de las mejores formas
de cobertura que los Jenning tienen a mano).
Esto no solo eleva la amenaza de
que los descubran, también plantea un dilema moral: ¿se debe informar a los
niños? Este dilema llega a un punto crítico en la segunda temporada, cuando el
arco de la historia alcanza al asesinato de una pareja de compañeros de la KGB
y uno de sus hijos. Cuando se revela que el niño sobreviviente, Jared, había
sido reclutado por la KGB, inevitablemente surge la cuestión del reclutamiento
de Paige. “Paige es tu hija”, dice Claudia, la controladora de la KGB de los
Jennings, “pero no es solo tuya. Ella pertenece a la causa. Y al mundo. Todos
lo somos.”
Esto nos lleva a un contraste
entre The Americans e incluso algunas
de las ficciones de espías más sofisticadas, como las de John Le Carre. En el
trabajo de Le Carre, el adversario de George Smiley es Karla, la espía
superiora de la KGB –y pese a todo lo que hizo Le Carre para complicar el trazo
a grandes rasgos de la propaganda de la Guerra Fría entre el eje binario del
bien y el mal, Karla siguió siendo una figura casi demoníaca cuyo compromiso
era incomprensible para Smiley y su pragmatismo liberal y personal. En The Americans, los soviéticos se
transforman en nuestros semejantes. Esto sucede en primer lugar al poner en
primer plano a Elizabet y Philip. Pero los respalda bien el rico elenco de
personajes de la rezidentura (la
estación de la KGB en Washington): Nina Krylova, una agente doble, luego
triple, frágil pero resistente e ingeniosa; el estratega pragmático Arkady
Ivanovich; el ambicioso y enigmático Oleg Burov. La decisión de que los
personajes de la embajada hablen ruso es importante; se mantiene su diferencia
con los occidentales, y se evita la absurda convención de que se les escuche
hablar un mal inglés con la pantomima del acento ruso.
En una inversión del estereotipo,
los soviéticos en The Americans
parecen mucho más glamorosos que sus contrapartes americanos. El principal
antagonista de los Jennings, el agente del FBI Stan Beeman (Noah Emmerich),
quien en un giro de telenovela termina siendo un vecino cercano, se muestra
severo en comparación con los dinámicos y glamorosos Elizabeth y Philip, tal
como luce la oficina del FBI: monótona y mezquina cuando se la contrapone con
las intrigas de la rezidentura.
Esto sin duda contribuye al
desarrollo subversivo de la serie, que consiste en que el público no solo
simpatiza con los Jennings, sino que los apoya positivamente, tememos su descubrimiento,
esperamos que todos sus planes se realicen. El mensaje de The Americans no es que los Jennings comparten una humanidad común
con sus enemigos y vecinos americanos, sino que simplemente están del otro
lado. Dada la situación extrema de su condición, nos es imposible pensar que
Philip y Elizabeth son “como nosotros”; al mismo tiempo, sin embargo, la serie
nos obliga a identificarnos con ellos, aun cuando se conserva su alteridad.
En los momentos críticos, se
enfatizan sus diferencias con los americanos “reales”. Si bien a veces se ve
que Philip vacila y contempla al menos algunos aspectos del estilo de vida
estadounidense, Elizabeth nunca duda en su compromiso con la destrucción del
capitalismo estadounidense. En un momento, durante la segunda temporada, Paige comienza a ir a un grupo parroquial. Nada lleva a su casa la extranjería de
Elizabeth por la vida estadounidense –y a muchos de los protocolos del drama
televisivo estadounidense– como la ferocidad de su hostilidad hacia este
desenlace. La escena en la que una Elizabeth furiosa confronta a Paige por todo
esto es extrañamente hilarante: no hay muchos espacios en otros dramas de la
televisión estadounidense donde podamos ver que el cristianismo es atacado con
tanto fervor.
La complejidad del personaje de
Elizabeth, y su sofisticada interpretación de Keri Russell, puede ser lo más
destacado de la serie. Tanto ella como Philip tienen que ser despiadados
(cuando es necesario, matan sin remordimientos), pero Elizabeth tiene una
frialdad y un aplomo poco sentimentales de los que carece el más equívoco
Philip. Es un mérito de la serie que no se codifique esta frialdad como un
defecto moral, sino que mantenga en tensión dos visiones del mundo en
conflicto, que valoran la fuerza de propósito de Elizabeth y las incertidumbres
de Philip de manera muy diferente. Por cierto, no hay duda, por ejemplo, de que
Elizabeth ama a sus hijos (si no lo hiciera, fácilmente caería en el
estereotipo del monstruo soviético), pero la pregunta es qué lugar debería
tener este amor en su jerarquía de deberes. Para Elizabeth, está claro, la
Causa siempre está primero.
En estas condiciones, en las que
el capitalismo domina sin oposición, la idea misma de una Causa ha
desaparecido. ¿Quién lucha y muere por el capitalismo? ¿La vida de quién
adquiere sentido gracias a la lucha por una sociedad capitalista? (Quizás sea
esta devoción a la Causa lo que le da a los personajes soviéticos en The Americans su glamour.) No fue otro
que Francis Fukuyama quien advirtió que un capitalismo triunfal estaría
embrujado por los anhelos de propósitos existenciales que los bienes de consumo
y la democracia parlamentaria no podrían satisfacer. Gran parte del atractivo
de The Americans depende del hecho de
que se sitúa antes de este período. Nuestro conocimiento de que el colapso del
experimento soviético estuvo a menos de una década del período en el que se
desarrolla la serie da a todo el discurso sobre la Causa comunista en The Americans una cualidad melancólica.
En 1980, la Guerra Fría se sentía como si fuera a durar para siempre. En
realidad, en tan solo nueve años, todo lo que Elizabeth y Philip representaban
colapsaría, y el fin de la historia caería sobre nosotros.
Le debemos a una conversación con Alejandro Galliano el encuentro con William Davies, autor de esta nota, publicada inmediatamente después de la derrota de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos, en noviembre de 2020. Galliano volvió a citar a Davies hace poco, en un artículo en el que analiza y ensaya posibilidades de gobierno de un mundo que abandonó los paradigmas de la razón que rigen la política desde hace unos siete siglos.
Sí, se trata en principio del escándalo por las imágenes que se difundieron hace más de una semana cuando supremacistas blancos partidarios de Trump tomaron por asalto el Capitolio. Pero lo que el artículo de Davies viene a contarnos, sin demasiado escándalo ni tanto pesimismo, es la genealogía del panorama político que contemplamos hoy en día. Su visión, expresada hace casi dos meses, es tan válida ahora como entonces, sobre todo porque el escenario que describe es familiar a la coyuntura política argentina, donde ya no vale hacer política para “llenar el vacío” dejado por la desmovilización política de los 90 y, aunque con otros paradigmas de comprensión del fenómeno político, social y económico, la participación ciudadana vuelve a ser central.
En esta traducción preferimos trasladar literalmente “liberalism” por “liberalismo”, cuando en muchos casos –que esperamos el lector pueda identificar– podría traducirse por “progresismo”, ya que lo que en Argentina suele entenderse por “liberalismo” está minado por los valores del conservadurismo oligárquico, más allá de las aspiraciones de sus víctimas.
Casi que no es noticia que los Estados Unidos están divididos: por la geografía, la educación y, sobre todo, un conjunto difuso de actitudes morales y políticas que suelen arrojarse a una canasta que tiene como etiqueta “cultura”. Apenas finalizada una elección en la que Donald Trump ganó alrededor del 47% del voto popular, se renovó la ansiedad en torno a la profundidad de la polarización partidista en la vida estadounidense. La preocupación es que los liberales y los conservadores ya no están simplemente en desacuerdo sobre sus valores, sino que miran diferentes realidades, ya sea en las noticias por cable o en sus feeds de Facebook.
Este es el contexto de un malestar que está al asecho y rodea la bienvenida expulsión de Trump de la Casa Blanca: ¿qué se ha resuelto exactamente? Y lo que es más importante para el futuro, ¿pueden las instituciones de la democracia liberal (representantes electos, partidos políticos de masas y funcionarios gubernamentales) resolver aún estos conflictos?
Deberíamos ser cuidadosos cada vez que nos imaginarnos una época dorada de la democracia liberal, en la que las divisiones políticas y culturales se convirtieron en consenso, sobre todo en una sociedad que con tanta frecuencia ha tratado de ocultar sus divisiones raciales apelando a una “unión más perfecta“. Ya que la visión liberal de la democracia siempre se ha apoyado en la idea de que se puede adivinar algún tipo de interés compartido en el caos de valores y actitudes individuales, y que puede tener representación en el gobierno. Todavía podría plantearse la cuestión de qué puede lograr la democracia representativa en las condiciones que establece el siglo XXI.
Las elecciones en el occidente liberal están adquiriendo cada vez más la sensación de referéndums, en los que los partidarios se movilizan en torno a una lógica binaria de “a favor y en contra”. La victoria finalmente decisiva de Emmanuel Macron en 2017 sobre Marine Le Pen reflejó menos la fe de la ciudadanía en las respuestas a los problemas del país que él tenía, que el deseo de la mayoría de los votantes franceses de no ver a Le Pen en el poder. El triunfo de Boris Johnson en las elecciones de 2019 se basó en parte en una repetición del referéndum de 2016 (“que salga el Brexit“: get Brexit done), pero en buena medida estuvo acompañado de una pregunta de “sí / no” sobre poner a Jeremy Corbyn a cargo del ejército. La potencia electoral de Trump es que todavía representa un “no” ensordecedor a Washington DC y a todos los que prosperan allí; simplemente sucede que una mayoría ahora también le ha dicho “no” a Trump.
Gobernar el vacío
Esta política de mayor confrontación tiene algunas consecuencias indudablemente positivas. Después de años de creciente desconexión política, como bien lo detalló el desaparecido politólogo Peter Mair –quien describió cómo el gerenciamiento de los partidos de centro redujeron sus políticas a “gobernar el vacío“ dejado por la menguante participación (ciudadana)–, es probable que estemos ingresando en una nueva era de movilización y participación masiva. Las elecciones estadounidenses de 2020 dieron testimonio de la participación más alta (66%) en más de un siglo. Los partidarios del Brexit con frecuencia recuerdan a sus oponentes que la salida ganó la mayor cantidad de votos (17,4 millones) para cualquier opción en una boleta de votación del Reino Unido en la historia. La democracia se ha vuelto más apasionada e incierta, características que la hacen más emocionante y vital.
También hay una honestidad incómoda, pero en última instancia necesaria, sobre cómo se manifiestan ahora las divisiones en la geografía y la demografía electoral. Puede sonar extraño pensar que Estados Unidos experimenta un momento de “verdad”, dado el carácter de su actual presidente y las creencias de muchos de sus partidarios, pero se puede decir que el país está menos ilusionado que hace 20 años sobre el papel de la raza y la violencia en su historia y su política. Hay paralelismos en cómo el Brexit ha producido una nueva conciencia de la geografía económica y las divisiones culturales altamente desiguales de Gran Bretaña que en realidad se remontan a muchas décadas.
Pero la dificultad de una política plebiscitaria es que sirve como motor de división y animosidad mutua, más que como base para la legitimidad gubernamental del tipo que esperan tradicionalmente los liberales. A pesar de cualquier atractivo retórico que políticos como Barack Obama, Theresa May, Emmanuel Macron o Joe Biden puedan ofrecer a la unidad, las elecciones estilo referéndum a menudo profundizan las fracturas que pretenden superar. Si los partidos políticos de la década de 1990 se habían convertido en máquinas para la recaudación de fondos y la gestión de los medios, muchos ahora se están transformando en instrumentos para “arrancar el voto” por medios justos o impíos. Lo que se pierde en el camino es la cuestión de los intereses de quién (en contraposición a las identidades y animosidades de quién) representan los partidos políticos.
Las elecciones en estas condiciones aún pueden producir deslizamientos de tierra, como el de Johnson el año pasado, pero no producen mandatos. La democracia se vuelve fascinante, pero no concluyente y, como ocurrió con el referéndum británico de 2016, la gente puede terminar desconfiando más de sus oponentes y más convencida de su propia rectitud de lo que estaba al principio. La democracia moderna siempre ha sido moldeada por las tecnologías de los medios de comunicación: la ansiedad con respecto a las “masas” recién liberadas de los años veinte y treinta fue moldeada por el auge de la radio y las revistas, antes de dar paso gradualmente al pesimismo sobre el espectador de televisión apático de los años ochenta y noventa . Las elecciones del siglo XXI dan la sensación de ser hilos de Facebook rebeldes, adictivos e interminables, en los que la amenaza de información falsa o distorsionada acecha a cada paso.
Las instituciones, las redes y la calle
Cuando las elecciones dejan de ser una resolución de muchas cosas, salvo demostrar quién puede movilizar la mayoría de los seguidores, el trabajo serio de construcción de coaliciones políticas se filtra en otros lugares. En particular, se dirige “aguas arriba” hacia las instituciones que los liberales alguna vez esperaron que proporcionaran el entorno “apolítico” para la democracia, como los tribunales y la administración pública. El ideal liberal de cercar un espacio democrático marcado como “política” siempre ha dependido de mecanismos burocráticos y legales que pretenden situarse fuera de él. Y se dirige “río abajo” hacia esos espacios para los que el liberalismo existe específicamente para pacificar: las calles. Todo esto ha estado a la vista en los Estados Unidos estos últimos años, pero nuevamente no es difícil señalar analogías en el Reino Unido.
En situaciones como las de Estados Unidos y Gran Bretaña, el liberalismo depende ahora para su supervivencia de una reforma constitucional adecuada, sin la cual se vuelve cada vez más difícil canalizar de manera creíble las disputas hacia la arena de la política parlamentaria y de partidos. Pero no debemos contener la respiración. Dadas las oportunidades limitadas de victorias políticas, pocos políticos han desperdiciado mucho esfuerzo en la reforma electoral (que les ofrece escasas recompensas políticas a ellos personalmente), mientras que la administración de Johnson parece tener la intención de marginar aún más al parlamento, posiblemente incluso desguazando la Comisión Electoral. Mientras tanto, las evidentes deficiencias en el sistema político estadounidense, desde la manipulación legalizada y la supresión de votantes hasta el propio colegio electoral, requieren más poder de reparación del que Biden ha ganado.
La alternativa más probable ya está a la vista. La política se convierte en una batalla dentro de la élite para controlar tantas instituciones como sea posible, durante el mayor tiempo posible, mientras que el descontento popular se canaliza en protestas y ataques en las redes sociales. (En este sentido, Trump fue verdaderamente un pionero). Sin ningún medio legal para establecer caminos legítimos para gobernar, o para la satisfacción de las demandas públicas, el progreso es reemplazado por “un péndulo interminable de golpes y represalias”, en palabras de el filósofo alemán Peter Sloterdijk. Las elecciones se convierten entonces en oportunidades para vengar derrotas pasadas. La coalición demócrata reunió una movilización sin precedentes tras el trauma de 2016. Para los republicanos, el resultado de esta elección, y las febriles afirmaciones de Trump de fraude y engaño, ofrecerá una gran reserva de indignación durante los próximos cuatro años.
En el término
latino confinis el mundo halla
sus límites, sus bordes, sus fronteras. El mundo se repliega, se convierte en
el mundo conocido del adentro y el afuera: adentro de un territorio, de una
aldea, de una ciudad, de un país o de una casa.
En el capítulo
dedicado al “Espacio sagrado” de su Fenomenología
de la Religión, el teólogo luterano Gerardus van der Leeuw compila y
describe los límites: “No sólo la casa y el templo, sino también la fundación en general, la aldea, la
ciudad es un sitio ‘destacado’, sagrado. El hombre se establece así y hace de
la posibilidad descubierta una nueva potencia. Su fundación se separa del
extenso espacio que la rodea; su tierra de labor, del desierto bosque o de la
llanura abandonada. La cerca que instala desempeña el papel de la puerta en la
casa; separa el seguro terreno de la vivienda humana del dominio ‘siniestro’ de
los poderes demoníacos. (…) Los lares, dioses domésticos romanos, junto con los
penates, eran tal vez originalmente los poderes del merodeo en el bosque y después
se convirtieron en los que gobernaban la casa que se había construido en el
claro. (…) Las diversas leyendas acerca del origen de las ciudades vuelven a la
misma necesidad. Se dejaba que los animales corrieran libremente hasta que se
posaran en cualquier lugar, etc. Se necesitaba un origen de lo indudablemente
potente. No se trata de la disposición de un lugar en el que permanecer, sino
de la fundación de un sitio en el que resida el poder”. La noción de confín que
desarrolla Van der Leeuw, así entendida (fundación, invocación de un poder), no
confina sólo un espacio, sino un tiempo, una temporalidad, ligada a lo sagrado
o, mejor, que se desprende de lo sagrado.
Acaso los
confines no nos permiten conocer el mundo, expandir un saber insaciable, pero
permiten clasificar ese mundo a través de sus bordes, los que separan lugares,
espacios, estados: el líquido del gaseoso, el líquido del sólido; las alturas
del llano, los bosques de los matorrales, y así.
En ese sentido,
el español tiene otra acepción para confín: “Último término a que
alcanza la vista.”
La vista. ¿Para
que existan confines debe haber una mirada?
Mientras estaba
en Japón, en septiembre de 1958, el historiador de las religiones Mircea Eliade
anota en su diario: “Hori me lleva hoy a casa de una chamán (miko) en Shiogama. Se llama Suzuki,
tiene cincuenta y seis años y está ciega (como, por lo demás, la mayor parte de
los chamanes de la clase itako). Se quedó ciega a los diez años y fue iniciada
a los catorce.
“Y Hori me
cuenta: como hace años los ciegos eran mucho más numerosos en las regiones
nórdicas del Japón, y como no servían para nada, a la edad de cinco o diez años
se les reunía y se les mataba. Pero ocurrió lo siguiente: un alto funcionario
llamó un día a una ciega, la llevó al jardín y le pidió que se lo describiese.
La ciega había recibido una buena instrucción: se preparaba para convertirse en
itako. Describió el jardín y dijo,
entre otras cosas, que había allí un árbol, y bajo el árbol una linterna de
piedra. Desde entonces las gentes comenzaron a apelar a la clarividencia de los
ciegos y ya no les mataron”.
Desde luego, esas
atrocidades enunciadas –que los ciegos no servían y que los mataban–, las leemos
del mismo modo que leemos las crueldades de Las
mil y una noches.
Más tarde, en
diciembre del año siguiente, en India, Eliade anotará, tras la lectura de los Upanishads, sobre la figura de la gruta
que esconde el alma o la divinidad. Dios está enterrado en nosotros, dice más o
menos. Es decir, cada uno es, de alguna manera, un territorio, una geografía a
descubrir, un terreno a explorar en relación con algo que lo excede.
Tomo estos
ejemplos no tanto por su tinte religioso como por las figuras que evocan, con
las que más o menos estamos familiarizados y arrastramos más allá de nuestras
creencias o ideologías.
Los confines, en
estas visiones, separan no sólo espacios, no sólo ponen límites más allá de donde
alcanza la vista; sino que separan temporalidades: aquél tiempo en el que un
poder se ha instalado en el “interior” de alguien y lo definió como interior, y
ese lugar en el que ese alguien desplegará ese don que le fue dado.
En su Historia de la locura, Michel Foucault
ubica en el siglo XVII “El Gran Encierro”, “destinado a colocar al margen de la
sociedad –anota
Didier Eribon– a todos aquellos a quienes condena la nueva moral burguesa,
en proceso entonces de instalación –una moral del trabajo y la familia–, hará
cohabitar, en los mismos lugares de confinamiento, a los insensatos, los mendigos,
los alquimistas, los libertinos, los venéreos, los disolutos, los homosexuales,
etcétera”. De ese Gran Encierro surgirán el loco y el homosexual pero, sobre
todo, pesarán sobre esas figuras el sello del pecado y la culpa, pese a que en épocas
anteriores la convivencia con locos y homosexuales no tenía esa carga moral y
social.
Cuando leí que la
Fundación para el Español Urgente (Fundeu) escogió
“confinamiento“ como palabra del año, no pude dejar de leer en ella ese confín, ese límite que el encierro trajo
y desdibujó, convirtió en figura: durante 2020 –y es probable que también
durante buena parte de 2021– crecieron nuestros confines, pero también se
extendieron. Dice
Luciano Luterau que los sueños de la cuarentena volvieron sobre las casas,
los parques y los juegos de la infancia; que el mundo onírico se multiplicó y
cohabitó el confinamiento. El encierro trajo otros confines que, como en las
citas de Van der Leeuw y Eliade, desmontaron espacios y temporalidades.
En el mejor de
los casos, al confinarnos también pudimos abrir una puerta.
La otra pregunta
es cuáles figuras surgirán de este nuevo Gran Encierro y qué carga moral pesará
sobre ellas.
Durante su confinamiento, en San Nicolás, mis padres cultivaron una quinta en el fondo de la casa.
Cristóbal Cellarius fue la primera persona en postular que la Historia se dividía en edades. Eran grandes conjuntos vivenciales que agrupaban experiencias, hegemonías y maneras de pensar el mundo. Dijo entonces que la escritura dio origen a la Edad Antigua; la caída romana, a la Edad Media y algunos debaten si fue Colón o los romanos de Oriente quienes dan paso a la Edad Moderna, sólo para después llegar a los franceses y sus contemporaneidades.
Hobsbawm también habló del “corto siglo XX“ en referencia al nudo de conflictos que definió una era, prescindiendo de elementos más arbitrarios y rudimentarios como son los años, los meses y los días. La historia nacional no es excepción: toda fecha caprichosa llega después, marca de atrás a los hitos y eras que tienen su propio ritmo, as u manera llegan tarde. Por eso un 2001 fue nuestro nuevo milenio, y un día como hoy sentimos un terror indecible que no corresponde a ningún calendario. Es el terror de identificar que entre las muchas emociones hay una certeza: la de saber que la humanidad perdió su última evidencia terrenal de lo insólito, lo imposible, lo mágico. Es el fin de la Edad de los Héroes en nuestra mitología nacional.
La Argentina quizás no haya gozado de los beneficios simbólicos de una monarquía constitucional, no tuvimos el emperador inca que quería Belgrano ni una realeza careta en la cual distraernos; tuvimos algo mucho más poderoso: el último de los inmortales nació en Fiorito y quienes tuvimos el honor de ser sus contemporáneos ahora sentimos una orfandad en el alma, una ausencia, pero atada a una responsabilidad; el deber histórico de haber sido testigos del milagro.
Hoy somos un vecino de Moisés chusmeando de costado la zarza ardiente en el desierto, somos un amigo de Jesús colado en su casamiento, donde de pedo vemos convertir agua en vino; somos el primo de Hércules, a quien acompañamos mientras estrangulaba al león de Nemea; somos todos y todas testigos de Maradona. En tres generaciones, quizás en cuatro, sus hazañas serán igual de increíbles que las de Aquiles o Ulises, quizás algún día se dude incluso de sui fue real, de si todas esas historias pudieran entrar en un solo cuerpo, historiadores quizás discutan que las fechas no cierran, que es imposible, que sus hazañas no entran en las dimensiones de una vida normal, y tendrán razón.
Se dirá que no fue una persona, que fue un símbolo, con historias atribuidas y sincretismos secretos, que fue una forma de medir un tiempo y un pueblo, y tampoco esto será del todo mentira. Se dirá que nadie puede cargar con tantas cruces ni redimir tantos pecados, ni hacer tantos milagros; que su historia es sencillamente imposible, que es un mito, una leyenda y, nuevamente, tampoco será esto mentira.
Porque si la República Argentina pudiera concretarse en un solo ser humano, con su tragedia y su épica, con lo insólito, lo terrible y lo hermoso, se vería exactamente como el Diego, por eso es el más grande argentino. Porque le convidaron arrepentirse y que no pierda a cambio de un rinconcito en sus altares, y por no aceptar hoy tiene altares en todos los rinconcitos del mundo, por eso se lo ama y odia por igual, por ser el más nuestro de nosotros.
Las principales ficciones televisivas de este año se
encargaron de mostrar los años en los que Estados Unidos estuvo al borde de
volverse un país no de izquierda, pero sí democrático. No, no hay ningún error.
Estados Unidos no es un país democrático, pero entre fines de los 60 y
principios de los 70 –pongamos por fecha 1973, cuando el presidente Richard
Nixon logró imponer el dólar como medida de intercambio comercial global–
pudo haberlo sido. De eso trata la serie Mrs.
America, de eso trata el film El
juicio de los siete de Chicago (Aaron Sorkin), las series Woke, Lovecraft
Country(acá
hay una reseña para escuchar) e, incluso, la adaptación que hiciera David
Simon de La conjura contra América
(la novela de Philip Roth, The plot
against America) que hasta generó un ataque de trolls en la conversación
que Simon mantuvo con Pablo Iglesias en
Twitter. La conjura contra América,
claro, trata sobre esos inciertos años antes de que EEUU y el presidente
Franklin Delano Roosvelt –primer populista estadunidense–
se involucraran militarmente en la Segunda Guerra, cuando el país era seducido
por el nazismo. Pero el punto de vista de Simon en el desarrollo de la
miniserie es la presidencia de Donald Tump.
Donald Trump perdió su reelección. Si no recuerdo mal –y
no tengo ganas de ir a buscar el artículo de alguno de los periódicos yanquis que
leo– es la décima vez en la historia que un presidente pierde su reelección.
Pero es la primera vez que un presidente que pierde esa reelección es tan
votado. Y es la primera vez que tantos estadounidenses van a las urnas –el
promedio histórico de votantes que eligen un presidente en ese país apenas
llega al 25 por ciento de su población–, busquen los datos en RealPolitik. Lo que la
serie Mrs.
America(que es la narración de cómo la segunda ola feminista es
derrotada por una conservadora que inauguró la mentira y los discursos de odio tal
como hoy los conocemos) nos mostró, por ejemplo, era un país que siempre
tuvo sus divisiones, pero que enseñaba un bipartidismo capaz de entenderse
en la disputa política, capaz de confrontar, con republicanos que apoyaban los
movimientos feministas –el mismo Ronald Reagan, cuyo acceso a la Casa Blanca y
su inicio de la revolución conservadora marca el final de la serie, estaba a
favor del aborto antes de llegar a la presidencia– y demócratas que aún no se
habían aliado a las élites multimillonarias de Wall Street. Eran los Estados
Unidos que aún no habían caído en las garras de la plutocracia, como se encargó
de contarlo muchas veces mi admirado Chris Hedges.
Donald Trump perdió. Los republicanos perdieron y, como
partido, se
llamaron a silencio. Con una victoria magra, podríamos decir “dietética”,
Joe Biden se alzó con la presidencia después de la canallesca interna en la que
corrieron
a Bernie Sanders de la carrera a la Casa Blanca.
Poder blando
Nouriel
Roubini aseguró en una nota publicada el 27 de octubre pasado en
ProjectSyndicate, que Biden
necesitaba ser contundente en el triunfo para no llevar a EEUU a una debacle
financiera en las elecciones del martes 3 de noviembre. Hizo comparaciones con
las elecciones que consagraron fraudulentamente a George W. Bush en 2000 y
auguró un caos bursátil en caso de que los resultados se demoraran como
entonces. Pero, sobre todo (los datos económicos los dejo para los
economistas), señalaba que estas elecciones erosionaban el poder blando (soft power) de Estados Unidos, nada más
ni nada menos que ese que nos lleva a ver a la potencia imperial como un modelo
para la democracia y sus instituciones.
Bien, creo que ese soft
power es lo que se resquebrajó definitivamente en estas elecciones. Salvo
los imbéciles que trabajan el doble que nosotros para mantenerse desinformados,
nadie puede pensar hoy que en Estados Unidos es el voto popular el que elige
presidente. Entre las principales formas de conteo del voto, todos seguimos en estas
elecciones la conformación de un Colegio Electoral casi monárquico que definía
la mayoría para elegir presidente y que en los comicios de 2016 le dieron la
victoria a Trump cuando su contrincante, Hillary Clinton –la candidata de Wall
Street y la espectadora
del asesinato de Osama Bin Laden en territorio extranjero– sacó tres
millones de votos más.
Apenas habían arrancado los 90 cuando Leonard Cohen nos enseñó aquella maravillosa canción que se llamaba “Democracy” y decía que la democracia nos llegaba como el sentimiento de algo “que no era exactamente real, o era real, pero no estaba exactamente ahí”.
Un ganador humilde
Cuando los grandes medios coronaron presidente a Joe Biden,
el sábado pasado, el clásico programa Saturday
Night Live invitó una vez más al brillante comediante negro Dave
Chappelle a hacer un monólogo que no era otra cosa que un editorial.
Con su elegancia irónica
y magistral, Chappelle dijo, más o menos que los votantes blancos rurales y de
clase trabajadora que se pasaron al Partido Republicano en la
era de Trump pueden ser fácilmente estereotipados, tal como lo han sido los
negros a lo largo de la historia de Estados Unidos. “¿Ni siquiera querés usar
tu barbijo porque es opresivo? ¡Intentá usar el barbijo que estuve usando todos
estos años! [en inglés barbijo se dice “mask”, que equivale, como en español, a
“máscara”]. Ni siquiera puedo decir algo verdadero a menos que tenga un chiste
detrás”. Y siguió: “Ustedes no están listos; no están listo para esto. Ustedes
mismos no saben cómo sobrevivir. Los negros somos los únicos que sabemos cómo
sobrevivir a esto”. Para Chappelle, Estados Unidos no se curará con una
elección, sino con personas que lleguen a un entendimiento más profundo. “Les
imploro a todos los que celebran hoy que recuerden que es bueno ser un ganador
humilde. ¿Recuerdan cuando estuve aquí hace cuatro años? ¿Recuerdan
lo mal que se sintió? Recuerden que la mitad del país en este momento
todavía se siente así”, dijo.
Tras la
derrota de Trump, después de dejar al descubierto el racismo que llevó a muchos
blancos a apoyar a Trump, Chappelle trató de comprender cómo esos votantes se
sienten igualmente ignorados por su propio país. “Por primera vez en la
historia de Estados Unidos, la esperanza de vida de la gente blanca está
disminuyendo, debido a la heroína, debido al suicidio. Toda esta gente blanca
que siente esa angustia, ese dolor, está enojada porque cree que a nadie le
importa”, dijo. “Déjenme decirles algo: sé cómo se siente”.
El martes pasado, cuando se desarrollaba el proceso de las elecciones, un amigo me escribió desde Colorado.
“El sábado fue Halloween –me decía–. Nuestra casa era la única en la cuadra con decoración. Te da una pauta de la depresión colectiva.”
Y también: “Y nadie habla de política, aunque todos saben que todo el mundo está consumido por eso. El miedo y el estrés sobre el tema es tanto, que apenas si hay carteles y cosas, salvo en los lugares donde es claro que un lado domina”.
La pequeña localidad donde vive, cercana a la universidad de Boulder donde es un destacado profesor, es un vecindario tranquilo, pero también dividido. Me sobresaltó esa imagen, la de vecinos consumidos por la división política, tragándose las palabras que deberían ser la materia de la discusión política, es decir, el combustible de la participación ciudadana, en ese resentimiento consumado que ni siquiera les permitía reparar en la alegría o el ritual de sus hijos, la fiesta de Halloween, la víspera de todos los santos, como si ya no hubiera víspera posible y todo se jugara en ese pasado condenado. Le creo cuando dice que el gótico, esa narrativa en la que todos están atrapados en el pasado, es el género contemporáneo.
Me quedo con el último newsletter de María Esperanza Casullo: “Se habló mucho en
estos últimos años del ‘giro a la derecha’ y del atractivo de las nuevas
derechas radicales populistas, que parecían haber llegado para comerse el
mundo. Es un dato positivo, creo, el que estemos empezando a ver los límites de
estos modelos: es cierto, son eficaces (¡el populismo sigue
funcionando!), movilizan,
generan identidades, pero... pierden, y no son mayoritarias. Son un sector más.
A competir en elecciones, señores. Y creo que, para la Argentina, no será un
mal dato tener que negociar con Biden, que por lo menos en sus primeros dos
años va a tener un frente interno complicado. Mejor que la mirada se aleje de
Latinoamérica”.
Like “reaganite” in its time, “cambiemita”
refers to someone who supports the political-bussiness platform of Argentina’s
political coalition Cambiemos, whose leader, Mauricio Macri, defines itself as
an antipolitical leader. The Spanish suffix “ita”, mainly in its female form it’s
a diminutive which points out the short political looks of its followers. The
origin of this nomination is attributed to
Martín Rodríguez, who also refers to a “cambiemita” as an intelectual and
political dwarf.
Debe haber sido
en el año 1979 cuando conocí al padre Eduardo Jorge. Con unos amigos que, a su
vez, tenían amigos en el Don Bosco (nosotros íbamos a la ENET 1), fuimos a un
recital de la banda que entonces lideraba el Cabezón Gil, que hizo en el viejo
teatro de ladrillos pegados con barro temas de Moris como “Pato
trabaja en una carnicería”. Me deslumbró el trato de ese sacerdote con
pibes de mi edad que se dirigían a él como a uno más, como alguien que
participaba de ese desacato del que muchos de esos muchachos no estarían a la
altura en sus años de adultez. Pero ese es otro tema.
En ese mismo año,
junto con el Paupe Funes, el Ratón Gómez y Pablo Díaz nos unimos al padre Jorge
en un viaje a Buenos Aires, donde el
filósofo Viktor Frankl –acaso una de las lecturas más fervorosas de esos
años– daría una serie de clases magistrales en el Aula Magna de la Facultad de
Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Más allá de las conferencias del
autor de El hombre en busca del sentido,
recuerdo una charla sobre los campos de exterminio del nazismo –Frankl había sido sobreviviente de Auschwitz– en el borde de
las escalinatas de esa facultad, sobre la plaza Houssay, a la que
volvería tantas veces solo y con mis hijos. Volvía a fascinarme no sólo la
capacidad de entendimiento del padre Jorge, sino su forma de devolvernos
aquello que Frankl había dicho en términos que comprendíamos porque nos
resultaban cercanos, familiares. Había algo que el padre Jorge decía que nos
hacía contemporáneos.
El recorte de un
diario correntino que encuentro a través de Google me dice que había
cumplido 77 años el domingo, cuando murió. Lo imaginaba de 100, de 180 años, no
por viejo, sino por la matusalénica edad de su conocimiento, que no era otro
que la sabiduría de la transmisión, la transmisión de una intriga, la intriga
que nos lleva a conocer y a conocernos.
Volví a tratar
con el padre Jorge en 1994, cuando me recibió como docente del Don Bosco
(primer colegio salesiano fuera de Italia que, como lo dice el magistral autor triestino Claudio Magris o el amigo nicoleño Walter Alvarez, se erigió tras las
tratativas de políticos locales para traer a los inmigrantes de la incipiente
Italia algo de su cáliz disperso y entrañable).
Mientras fui
docente en el Don Bosco, como nuestra materia era el cine, la literatura y eso
que se empeñan en llamar la comunicación –en realidad el catolicismo conoce ese
término desde hace siglos como la “comunión”–, el padre Jorge se prestó alguna
vez a un ejercicio de video que encomendé a unos atorrantes impredecibles que
tuve como alumnos. Lo habían hecho actuar de fantasma. Alguien ingresaba a la institución,
preguntaba por un personaje y se encontraba con él, pero de repente ese
personaje desaparecía y, cuando el protagonista volvía a la entrada y
preguntaba, le decían que no había nadie con esas características en el lugar.
Entonces le señalaban una foto en la que estaba el padre Jorge y el interpelado
respondía: “Murió hace muchos años”.
Quisiera
recuperar ese video y recuperar con él ese espíritu lúdico con el que el padre
Jorge se prestaba al trato con sus alumnos y los que lo seguíamos: algo había
de su enseñanza fantasmagórica y ánimo burlón que lo representaba en esa
actuación.
A mí el padre
Jorge me recuerda a Walter Brennan,
ese actor de los westerns de Hollywood que siempre conocimos viejo, como si su
vejez fuese no un producto de los años, sino de una sabiduría sin edad que
encarnaba en un cuerpo viejo y majestuoso.
Alguna vez,
preocupado por el griterío y el escándalo de mis alumnos del Don Bosco de
mediados de los 90, le pregunté al padre Jorge qué hacer, cómo arreglármelas
con esos caníbales por completo indiferentes a mis citas de André Bazin o
Héctor Álvarez Murena. Me preguntó cómo se desempeñaba en clase un alumno en
particular, uno que estaba becado en la institución y carecía de una biblioteca
en su hogar. Bueno, tuve que dedicar unos minutos a pensar en ese muchacho. No,
el pibe estaba siempre atento; no es que despreciara el caos que montaban sus
compañeros, pero se mantenía fiel a la clase y fiel al grupo al que pertenecía.
Eso me estaba señalando el padre Jorge: que ahí tenía un aliado y a alguien
interesado en mis pobres conocimientos, que eso que quería enseñar era también
materia de debate, el debate por el interés de un conocimiento que debía hacer contemporáneo
y, sobre todo –como me daría cuenta más tarde– tenía una fundamental relación
con lo que entendía como el cine: ¿cuánto dura un plano?, ¿cuánto dura el interés
por las cosas que nos han interesado?, ¿cómo hacer contemporáneos de ese interés
a quienes pertenecen a otra generación?
En 1995, en una
ceremonia que tuvo como prólogo las lecturas de Leon Bloy y Graham Greene, el
padre Jorge me bautizó en la fe católica a los 32 años. De esa misa de conversión
no sólo participó mi amigo y padrino Adolfo Vergara y su esposa de entonces,
también mis alumnos del Don Bosco, unos desvergonzados que llegaron a la casa
de mis padres más tarde y la inundaron de una alegría que desconocíamos desde
los años de la infancia, cuando esa casa eran unas habitaciones que cada día se
abrían al enorme patio de juegos de los años dorados.
Me doy cuenta de que sé muy poco del padre Jorge. Sí,
tuvo un cáncer, lo venció. Su apellido alude a una familia mora, acaso
conversa. Pero lo que sé, lo que elegí saber, le debe mucho a su mayéutica, a
la inspiración que el padre Jorge supo imprimirle al conocimiento, esa inspiración
salesiana que es hoy –quiero creer– una de las marcas del generoso espíritu
nicoleño que muchos le debemos.
Mi aproximación
al tango tiene muchas capas, como la cebolla. De alguna manera, hay un tango
que nos marcan pero uno no elige, que está –en la radio, sobre todo, en la
memoria de los padres o los abuelos–, y otro que uno elige erráticamente: por
ejemplo, recuerdo haberme comprado alrededor del año 1982 Reunión
cumbre, de Astor Piazzolla y Gerry Mulligan, cuyo éxtasis me llevó a
otro disco de Piazzolla, esta
vez con Roberto Goyeneche, en vivo en el teatro Regina en 1982. Ahí creí
tocar una quintaescencia del tango que no tardaría en dejar de lado e, incluso,
despreciar cuando conocí, por ejemplo, a los ángeles D’Agostino y Vargas, a
Alberto Marino con la orquesta de Troilo, a Fiorentino, a Charlo o Ignacio Corsini,
todo ello con la banda de sonido de fondo de Carlos Gardel y sin ninguna
sincronía.
El tango, para
quien intenta cantarlo y no se formó en ese canto lírico e italiano, de cortes
y quebradas, en su ritmo negro y milonguero, es un imposible. Una de sus maravillas
y misterios principales es que una música tan difícil haya llegado a semejantes
niveles de popularidad: difícil de cantar, difícil de bailar, difícil de
entender las letras que, aunque recorren una docena de temas clásicos, abundan
en figuras y metáforas de una elaboración sofisticada y hasta herméticas; y sin
embargo, todo rioplatense formado entre los 20 y los 60, cualquier tipo de clase media, pero también el obrero que no había terminado la primaria, sabía descifrar esa
hermenéutica orillera. Un milagro del que sólo fueron contemporáneas pocas
civilizaciones, la rioplatense entre ellas.
Después de un
tiempo de fastidio y definitivo desencuentro con el tango, volví con unos
discos de Edmundo Rivero, cuando había que buscar discos o cedés en disquerías
y aún no existía La Mula.
Rivero, junto con Nelly
Omar, me permitieron unir esa deriva “negra” del tango, donde la raíz
folclórica y la orillera, la pata inmigrante y la del ritmo africano cruzan sus
huellas extranjeras.
Por esos días,
los primeros 90, también Ángel Faretta me
hizo descubrir un disco único y exquisito de un pianista, compositor y tanguero
inmenso, Lucio Demare y el disco Sus
tangos (todo esto que acá se enlaza a YouTube está en Spotify), en el
que interpretaba en un piano tangos muchas veces suyos de una manera
minimalista, precisa y magistral. Un piano que tenía voz.
Desde entonces
perseguí ese tango “pos”, ese be-bop del tango que llevaba a esos gigantes a
acompañar una voz que flotaba sobre la ejecución como la “niebla del Riachuelo”,
magistral, íntimo, que operaba sobre el recuerdo y actualizaba el rito de un
dios que volvía una y otra vez a entregarse al sacrificio.
Pero, como decía,
nos acercamos al tango como a una cebolla, hay que quitar capa tras capa. Y una
de esas capas es cierto saber íntimo, cierta frecuentación de los ambientes y
los protagonistas del tango, de la Rosario tanguera de las décadas pasadas, cuando
Edmundo Rivero venía a parar al hotel Savoy o Hugo Del Carril, prohibido después
de la Libertadora, se las arreglaba para tocar en clubes de Maciel o los
alrededores, a los que llegaban los jóvenes de entonces en los rústicos ómnibus
de la época y saltaban tapiales para escucharlo.
Entre esos
jóvenes estaba Rafael
Ielpi, como me contó alguna vez.
Ielpi ha sido,
durante esta cuarentena y desde el año pasado, mi dealer para esos tango raros o, mejor, no raros –para “rara” y
espantosa está la “Balada para un loco” del Goyeneche actor-de-taller-de-teatro–, sino excepcionales, “posteriores”.
Gracias a Ielpi
me hice devoto de los versos negros cantados por Mercedes
Simone y, cuando le hablé de Rivero, me tiró por correo este resumen de su
encuentro que reproduzco:
«Con Edmundo
Rivero me encontré varias veces, una de las últimas, creo, cuando lo traje a
dar una charla en el teatro Olimpo sobre el lunfardo, la que matizó cantando
algunos tangos lunfas acompañándose con la guitarra: era un eximio ejecutante.
Fue en 85 o 86 y era con entrada libre y gratuita y me acuerdo que cuando
faltaban unos 15 minutos había un montón de gente en la vereda, que como creía
que había que pagar entrada, no se decidía a entrar hasta que les avisamos y
cuando empezó estaba lleno.
«Antes y desde
el inicio de los 70 estuve con él en el Hotel Savoy, en el que se alojaba
siempre que venía a la ciudad para actuar en alguno de los locales del Bajo,
como el “Morocco” o en La Casa del Tango. La primera vez fui a ver si lo podía
saludar; era uno de mis preferidos entonces junto a Fiorentino, Ángel Vargas,
Floreal Ruiz. Pedí en recepción que avisaran a su habitación que había un tipo
que quería saludarlo. Me dijeron que lo esperara en la confitería, que ya
bajaría. Era alto, serio pero muy cordial y hasta un poco ceremonioso. Me
acuerdo que pidió un té con limón –no sé si tomaba alcohol pero no fumaba– y
durante más de media hora, charlamos de tangos, de su etapa con Salgán, con
Troilo y cuando comenzó su etapa de solista.
«Una de esas
veces, fui con Marcelo
Raigal, un muy buen pianista rosarino que vive desde hace muchos años en
España, que compuso tangos con letra de Miguel Jubany, que actuó en la Cumbre
del Tango en Sevilla y sigue componiendo; no lo volví a ver desde que se fue.
«Bueno, con él
habíamos compuesto una milonga y me convenció de que se la lleváramos a Rivero
para que la escuchara y nos dijera qué le parecía. A mí me pareció una locura
pero Marcelo, que era más joven y entusiasta, insistió tanto que me convenció.
Allá fuimos, él con la partitura de música y letra y, después de haber charlado
unos quince minutos, le dijo lo de la milonga y le mostró la partitura. Rivero
la leyó y nos invitó a la habitación para tocarla en la guitarra y cantarla.
Nos dijo que era una linda milonga y que se la diéramos para ver si la
incorporaba a su repertorio.
«Que yo sepa,
nunca la grabó y tal vez ni siquiera la cantó; de la letra no tengo la menor
idea de cómo era y de la música, menos; tal vez Marcelo la haya resguardado
aunque no sé si después de 50 años...
«La anécdota que
vos recordás que te conté es efectivamente así. Una tarde, (Rivero) me invitó a
acompañarlo hasta el Bajo, donde iba a “pasar letra” con los músicos para la
actuación de esa noche, creo que en el “Morocco”. Salimos del Savoy por calle
San Lorenzo para seguir hasta Maipú, por la vereda del hotel cuando, a la media
cuadra me dijo que cruzáramos a la de enfrente. Me extrañó porque íbamos por la
vereda correcta para doblar por Maipú hacia Avenida Belgrano, pero no dije
nada. Cuando habíamos hecho una cuadra me dijo: “A usted le habrá extrañado que
cruzáramos de vereda. Pero vi que por la nuestra venía José Berón. Estaba
bebido y no quise que se sintiera mal de que lo viéramos así...” Si no es
textual, pega en el palo porque siempre me acordé de la frase pero sobre todo
del gesto, que demostraba que Rivero tenía un código de la amistad y el honor
reconocido en todo el ambiente, tan particular, de los tangueros.
«José era
hermano de Raúl Berón, uno de los grandes cantores de Troilo, Miguel Caló y
Lucio Demare y de Adolfo, guitarrista de muchas grabaciones con su conjunto de
violas, y de Rosa y Elba Berón, que cantaron y grabaron a dúo; ésta última
cantó un par de años con la orquesta de Troilo.
«José es lo que se
llama un cantor “de culto”, para muchos superior a Raúl, pero mucho menos
conocido por su inconstancia profesional, su bohemia y el alcoholismo. Después
de unos años en Buenos Aires se vino a vivir a Rosario. Con Aldo Oliva y algún
otro amigo charlamos muchas veces con él en el “Sibarita” de Corrientes y San
Lorenzo, uno de los bares emblemáticos de los primeros años de los 60 y finales
del 50. Berón tenía un público incondicional que cada vez que reaparecía
después de una época de silencio por las borracheras, llenaba el local donde
actuaba, de los que me acuerdo eran el “Bambú India” y el “Morocco”.
«Todo eso lo
llevó a grabar muy poco: un par de temas con la orquesta de Eduardo Rovira, un
gran músico, arreglador y compositor al que le tocó la mala suerte de ser
contemporáneo de Piazzolla siendo tan vanguardista como Astor, y un LP con doce
temas, algunos tangos y valses y algún tema campero, como hacía Gardel. Lo
acompañan los Hermanos Rivas, que eran excelentes guitarristas, y Lito Scarso,
un excelente pianista. El LP está en YouTube y tiene dos o tres joyitas: “La
mariposa” y “Yira, yira” por ejemplo.»
«Con la orquesta
de Enrique Alessio grabó dos temas y se volvió a Rosario. Uno de ellos es “Milonguita”,
para muchos la mejor versión de ese clásico.
«Un dato: su voz,
salvo la de su hermano, con quien comenzaran cantando a dúo, no se emparenta
con ninguno de los cantores de Gardel en adelante. Como yo me contaba entre
esos incondicionales que lo iban a escuchar cuando nos enterábamos de que
reaparecía (aunque algunas veces duraba un par de días el regreso porque recaía
en el trago) eso me dio material para uno de los cuentos que más me gustan de No juegues
con gitanas, que se llama “Adiós, hasta siempre, preciosidad”, que lo
tiene como protagonista, con nombre y apellido real, la noche de uno de sus
retornos.»
Cuando le pedí
tango en piano me tiró una joya que todavía dudo cuándo vestir: Emilio de la
Peña, a la que le agregó algunos datos: “Era muy amigo de Hamlet Lima Quintana,
con quien vino a Rosario una vez y estuve con ellos, que habían compuesto
varios temas juntos. Era un tipo más bien retraído. En Café
de los maestros, el documental de Santaolalla, está entre los músicos
invitados. Un pianista exquisito, que grabó poco y recién ya de grande. Con
Hamlet, por su parte, tuve una hermosa amistad hasta su muerte”.
El disco Virgilio está de gira, de De la Peña,
está entero en
Spotify.
Pero las
recomendaciones de Rafael, no se quedaron ahí: «Tengo
varios pianistas entre los DVD que fui acumulando desde que el LP y el casette
pasaron a la historia –me escribió–. Todos son grandes instrumentistas y los
discos están la mayoría completos en YouTube. Te paso algunos.
«Osvaldo
Tarantino: Uno grabado en vivo en el Teatro San Martín que es para escuchar.
«Gerardo
Gandini: Grabó el álbum Postangos en
Rosario. Fue un pianista de formación clásica, tocó con Piazzolla en sus
últimas giras por Europa.
«Te agrego un par de muy buenos
pianistas, que tienen álbumes como solistas y están también en Internet:
José
Colángelo y Osvaldo
Berlinghieri.
«Nunca
grabaron solos pianistas de primer orden como Carlos Di Sarli, Osvaldo Pugliese
y Horacio Salgán, que lo hizo con Ubaldo de Lío siempre. Ni Osvaldo Manzi,
Carlos Figari o José Basso. Ni el fenomenal Orlando Goñi, pilar del estilo
Troilo de los 40, al que la bohemia nocturna, la pasión por el turf, el alcohol
y la droga lo llevaron a la muerte a los 34 años.
«Un
curiosidad: Alfredo Gobbi, un gran violinista, director de una de las mejores
orquestas de los 40/50, gran compositor de tangos antológicos (“Camandulaje”, “Orlando
Goñi”, “El andariego”), tocaba también el piano y en sus años de malaria, los
últimos de su vida, se ganaba la vida frente al teclado en fondines de Leadndro
Alem. En Youtube está resguardada la única grabación casera como solista,
de su hermoso tango “Redención”, que te recomiendo. Curiosamente, antes de tocarlo,
se lo dedica “A nuestro señor Jesucristo”.»
Otro día, por mensaje de voz, Rafael se excusó de no ser tan preciso en mi pedido de "sólo piano" y supuso que podía interesarme este dúo entre el violinista chileno Hernán Oliva y el pianista rosarino Mito García, un disco que no dejo de escuchar desde entonces, por lo menos en su versión de "Niebla del Riachuelo":
Como le comenté
a Rafael que aprovecho los sábados a la noche de cuarentena, mientras hago el
fuego para el asado, para escuchar con atención esos tangos, uno de sus últimos
mensajes llegó un viernes de hace dos semanas y decía: “El sábado, mientras se
va haciendo el asado, buscá en YouTube 'Noches de bohemia: mi vieja Viola', cantada
por Ricardo Gorga, que murió hace un par de años, en vivo en una reunión de
amigos. Cantó en ignotas orquestas de Mar del Plata, nunca quiso ir a Buenos
Aires y no grabó pero cuando lo escuché cantar ese tango tan emblemático que
tenían en su repertorio Rivero, el Polaco, Ángel Vargas y otros, me pareció una
versión fantástica, digna compartir. Hay que cantar sentado, amigo. Que
tengas un buen finde.”
En la playlist de pianos del tango que armé en Spotify, la descripción reza: "Tangos en piano por Carlos García, Lucio Demare, Osvaldo Tarantino, Emilio de la Peña, Gerardo Gandini y otras sugerencias de Rafael Ielpi.”