Una lectura de El mármol, la novela de César Aira sobre supermercadistas chinos.
Para Dang Dai
Pasaron ya seis años de la publicación de El mármol, la novela de César Aira protagonizada por supermercadistas chinos del Bajo Flores porteño. La releo y me pregunto si realmente es la novela argentina sobre supermercadistas chinos. No importa que esos orientales, en el dibujo final de la trama de la novela, terminen siendo extraterrestres, es la mejor descripción de supermercados chinos que conozco. A ver, no me refiero al detallado inventario de cómo acumulan mercadería ni por qué contratan haitianos o paraguayos para que atiendan sus verdulerías –en Rosario, donde vivo, sólo concurro a supermercados chinos–, sino al trato con ese mundo que convoca desde las conversaciones de vecinas que antes tenían como recurso la charla de almacén (ahora devenida en trato con orientales provenientes del otro lado del planeta), hasta el intercambio con el comerciante que más sabe de mis hábitos y necesidades pero a duras penas le entiendo lo que dice.
Le pedí a Nora Avaro, mi amiga profesora de Literatura Argentina en Letras que nos juntáramos para que me explique si Aira se refiere o no a los chinos en su novela. Pero Nora me despachó por WhatsApp con un “Hola Pablo. ¿El mármol es la del súper chino? La tengo olvidadísima”. Así que tuve que recurrir a la relectura y el repaso de las teorías sobre Aira, ninguna de mi total conformidad. Por ejemplo, en Las vueltas de César Aira, Sandra Contreras –también rosarina– dice que la literatura de Aira está regida por el imperativo de la invención, y que la velocidad de la invención transfigura continuamente la naturaleza del objeto, y hace que la calidad del mismo pierda importancia. “No se trata de pensar la literatura como experiencia de conocimiento sino como pura acción”, escribe. Pero Sandra, urgida por categorías que la academia regurgita un par de veces al año, suele contarme cosas con las que me siento convocado a un diálogo que sucede entre desconocidos, sobre cosas que ignoro.
Prefiero la idea de un César Aira cuyos libros son “un informe de experiencia” (el concepto es de Daniel Link), que indaga en cada esquina de lo que llamaremos experiencia: eso que el arte narrativo atrapa justo cuando se escapa; una ciudad, el realismo de la anécdota que de repente deriva en disparate: “Esto no puede estar pasándome a mí”, escribe en El mármol, y de inmediato reflexiona: “Esa frase es el compendio del realismo”.
Trama
La anécdota de El mármol es si se quiere un disparate: nuestro protagonista –y hay que decir que Aira juega muy bien ese juego en el que algo del yo del autor se inmiscuye en la peripecia del narrador, lo dice Laura Estrin en su ensayo “César Aira, el realismo y sus extremos”: “Lo suyo es un realismo de la anotación y la velocidad: a mayor velocidad, mayor fidelidad. Su literatura tiende directamente a lo real. No tiene narrador, sólo autor (…), está ahí, en cada una de sus novelas”– se encuentra con los pantalones bajo en un espacio público. No sabe por qué lo hizo pero lo asalta el recuerdo de algo de mármol: un banco, una estatua. Es el término “mármol” –no el objeto– el que lo lleva a reconstruir lo que le pasó. Aclaremos: si es la palabra “mármol” el disparador del relato, la narración es la busca de una suerte de poética; en otros términos: su procedimiento es tanto el de la poesía como el de la narrativa (los mayores intereses de Aira en el terreno del ensayo fueron de algún modo poetas argentinos de cierta vanguardia: Copi, Alejandra Pizarnik, Osvaldo Lamborghini, Emeterio Cerro). Así que nuestro protagonista comienza por contarnos que fue a un supermercado chino en el que el cajero debe completar un vuelto y, con una minuciosidad fervorosa, le entrega una serie de objetos de escaso valor acumulados en una “percha” a un costado de la caja. El intercambio se produce en un cruce de líneas de diálogo que nuestro héroe no entiende en lo más mínimo pero deduce de gestos y señales. Así, para completar la suma de su vuelto escoge de esa percha, como al azar, esa “mercadería de Liliput”: unas pilas AAA chinas, un ojo de goma que al apretarlo emitía una lucesita roja (“en mi infancia –dice– eso habría parecido de ciencia ficción”), una “tabla de proteínas”, una hebilla dorada, una “cucharita lupa”, un anillo de plástico dorado, una cámara fotográfica del tamaño de un dado y, aún así, quedaba todavía un resto –el relato de la entrega de ese vuelto ocupa el capítulo primero– y el cajero chino ofrece, para completar, lo que llama “glóbulos de mármol”. Allí nos enteramos, al borde de la carcajada, que se descubrieron en “zonas socialmente deprimidas” –luego sabremos que están en el Bajo Flores, en Buenos Aires– canteras de “pre-mármol”, una sustancia blanca atómicamente anterior al mármol que se descomponía en pelotitas divisibles, ultra baratas que, a fin de cuentas, servían para completar un vuelto de supermercado. Nuestro narrador descubre que acaso era esa la asociación con el mármol. Pero allí no termina la cosa.






