Los hallazgos de WTF.microsiervos son magníficos. Esta vez, un video generado a partir de una aplicación de GTA5 y creado por Merfish, con música de fondo de Offenbach. Una ballena azul, "el mamífero más grande del mundo", que vuela y se desploma sobre la ciudad. Lo descomunal del gag y su absurda repetición provoca una risa llena de inquietud.
ElCuarteto de Nostiene nuevo disco y lo presenta en
Rosario este jueves. Todos coinciden en que Habla tu
espejo, décimo cuarto disco de la banda uruguaya y lanzado en octubre
del año pasado, representa de algún modo un quiebre con la trilogía que arrancó
con Raro (2006) y
culminó con Porfiado (2012).
Roberto Musso, guitarrista, cantante y compositor de la mayoría de los temas,
dijo que estas diez nuevas “rompen con la ironía” con la que el cuarteto –que
con la incorporación del tecladista Santiago Marrero ya es un quinteto– había
desembarcado en los escenarios internacionales. Sin embargo, la elección del
término “ironía” acaso no es la más afortunada. Lo que las letras y el sonido
del disco no tienen es el humor desencajado de las composiciones, pero cuando
escuchamos, en “Cómo pasa el tiempo”, “Decimos que queremos ser inmortales y no
sabemos qué hacer en un día de lluvia”, apreciamos intacta la ironía –en la
genealogía griega del término ironía está la sentencia “yo pregunto”–, sólo que
ahora hay un tono mucho más personal, acaso amargo, que disuelve el aire de
tertulia que le conocíamos hasta ahora.
Es
que en los tres años que pasaron desde Porfiado,
Musso fue padre, su madre enfermó de alzheimer y en la banda entendieron que
era hora de encarar otras cosas. “Nosotros –dice
Mussoal referirse al
Cuarteto–siempre fuimos de escribir la vida que nos fue tocando vivir, la edad
física, y los acontecimientos personales, aunque quizá a veces esa manera de
contarlo estaba encubierta por el humor, o por una ironía. En este caso es más
o menos lo mismo pero quizá con esa cubierta desplazada y más transparente y
abierta”.
Se conoció el piloto de una serie producida por
Amazon y basada en la novela El hombre en el castillo, en la que Phlip K.
Dick imaginó un mundo alternativo en el que los aliados habían perdido la
Segunda Guerra. Con producción de Rdiley Scott y guiones a cargo de FrankSpotnitz, el episodio puede verse ya en internet pero habrá que esperar hasta
2016 para ver la serie.
La novela que reúne las obsesiones contemporáneas en torno a
la manipulación mediática, las conspiraciones del estado y la sensación de que
la realidad ha sido tergiversada fue publicada en 1962. Se llamó El hombre en el castillo (The man in the high castle), escrita por Philip K. Dick y publicada
en Argentina, por la maravillosa y hoy desaparecida editorial Minotauro, en
1974.
Es una ucronía. Las ucronías –u-cronos: fuera del tiempo–
son las historias que podrían responder a la pregunta “¿qué hubiera pasado si?”.
En este caso Dick se pregunta: “¿qué hubiera pasado si el Eje, en lugar de los
aliados, hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial?
Los Estados Unidos de 1962 que imagina Dick son eso: un
territorio dividido en tres porciones: el amplio Este, gobernado por los nazis
alemanes, la costa del Pacífico, gobernada por los japoneses y una franja a
medias neutral sobre las montañas Rocallosas.
Hitler se está muriendo y el desmoronamiento del líder
generó una guerra fría entre alemanes y japoneses, que se disputan el dominio
del mundo. Mientras tanto, los protagonistas de la novela –tanto una joven que
quiere saber por qué la policía japonesa asesinó a su hermana cuando iba a
arrestarla en la ciudad de San Francisco, un joven que vive semioculto en las
Rocallosas y un oficial intermedio de las autoridades japonesas que para cada
acción consulta obsesivamente el I Ching– tienen noticias de que están
viviendo, por así decirlo, en la parte fraguada de la realidad y que hay una
alternativa en la que los aliados realmente ganaron la guerra. El autor de esta
noticia, autor a la vez de una teoría sobre esa realidad alternativa, es un ser
misterioso al que se refieren como El hombre en el castillo y cuya morada,
oculta en algún lugar profundo del territorio norteamericano, va camino a
convertirse en un raro Graceland, sin la música de Elvis, pero con el mismo
espíritu.
Al fin
Bien, después de duros contratiempos que la tuvieron en distintas
mesas ejecutivas de varios canales de televisión, la novela tuvo al fin su
primer piloto televisivo para convertirse en una serie. Se emitió en enero
pasado y el 18 de febrero Amazon Studios, cuyos directivos sometieron a
votación pública ese primer episodio, decidieron que habrá nuevas emisiones en
2016.
Con Ridley Scott al frente de la producción ejecutiva (desde 2010 Scott recorrió oficinas de la BBC y SyFy para concretar el pasaje de la
novela al cine o, lo que hoy es casi lo mismo, a una serie de tevé) y Frank
Spotnitz –un ex guionista de Los expedientes secretos X– a cargo del guión,
este primer episodio de casi una hora es un muy logrado regreso a los 60 en un
ambiente enrarecido, algo así como una versión mucho más cinematográfica de
ciertos episodios de la tercera temporada de la serie Fringe, con los
japoneses celebrando la alta tecnología de los aviones alemanes –porque se
olvida que cuando Estados Unidos ingresó a la guerra la maquinaria bélica nazi
era mucho más sofisticada y la mitología que circulaba alrededor de su
tecnología hasta el día de hoy refulge en la imaginación con pactos
sobrenaturales o extraterrestres– y calles californianas desdibujadas por las
imágenes de los autos pequeños de inspiración europea y japonesa.
El televidente remolón que no quiere tomarse el trabajo de
descargarse el episodio de internet y buscar los subtítulos, puede ver el
piloto de El hombre en el castillo en YouTube (aunque aún no tiene subtítulos
en español).
Hay una película –acaso muy visitada por intelectuales– que
se llama Invasión, dirigida por el argentino Hugo Santiago en base a una idea
de Borges y Bioy Casares y estrenada en Buenos Aires en 1970. Allí, un invasor,
un pulcro hombre ejecutivo con aspecto de tecnócrata, enfundado en un traje
claro, le espeta a un miembro de la resistencia –traje oscuro, apegado a
ciertas tradiciones porteñas–: “Nosotros traemos lo que la gente quiere”. Es de
señalar la frase, porque quien la dice se mueve ajeno al interés popular o ciudadano,
pero en el concepto “gente” logró aislar una tendencia, una demanda que tiene que
ver con la mediocracia y el mercado y que llega para imponerse sobre esa “gente”.
Así, “lo que la gente quiere” es mucho menos la
cristalización de un deseo específico que el hallazgo de un medio para formular
o “editar” una demanda. No sé lo que quiero, pero espero poder expresarlo en
140 caracteres. No sé lo que quiero, pero me sumo a la cadena de Facebook que
despotrica contra el gobierno. No sé lo que quiero, pero voy a narcotizarme con
videos en YouTube que me muestren funcionarios en situaciones incómodas.
Y en este terreno, en el que lo importante es que las cosas
fluyan con “naturalidad”, la derecha –el grupo político que cuenta
históricamente con el beneplácito de los dueños del capital– juega con ventajas.
Ningún otro sector supo convertir en “naturales”, lógicas o razonables medidas
que de sólo pensarlas escandalizan: reducir en tiempos de crisis el salario de
los trabajadores en beneficio de la provincia (cuando las grandes empresas y la
dirigencia política de principios del 2000 no perdieron un centavo), pagar por
el saneamiento de un banco que va a privatizarse casi el doble de lo que cuesta
esa venta, y así.
Tanto el peronismo como socialistas y radicales agrupados en
el Frente Progresista piden ahora un debate. Se entiende, quieren debatir ideas
con el gran ganador de las primarias del domingo, Miguel Del Sel, cuyo
vocabulario político se reduce a dos o tres palabras: corazón y gente.
Es una impresión personal con la que deseo equivocarme, pero
me temo que debatir ideas no va a cambiar el panorama. Quien escogió darle su
voto a Del Sel no lo hizo por sus ideas. Acaso porque el votante sólo se
informa por televisión –donde el debate político suele estar ausente– o por las
redes sociales, donde los algoritmos de las redes agrupan intereses como si se
tratara de una perversa y degradada comunión de conceptos, Del Sel gana porque,
como el tecnócrata de Invasión, “trae lo que la gente quiere”. Incluso la
palabra “idea” –en estos tiempos en los que el ex presidente de Boca Juniors,
Mauricio Macri, se mofa de que llega al fin del “relato”– no goza de gran
aprobación.
Pretender que el Pro es sólo una fuerza arribista que encara
un gobierno de manera improvisada también sería un grave error. El macrismo
logró instalar en los barrios centrales de Buenos Aires un vecinalismo activo,
incapaz de formular conceptos ideológicos, pero con la suficiente decisión y
expeditividad como para provocar pequeños cambios en el barrio, en los espacios
acotados donde se mueve el vecino. La “militancia” de clase media del Pro se
parece mucho a la de las viejas comisiones vecinales, hallaron un espacio allí,
en la micropolítica, en la política de lo cotidiano, porque para las grandes
ligas están Mauricio, Patricia Bullrich y otros nombres destacados, con sus
negocios inmobiliarios millonarios y sus campañas bendecidas por los grandes
medios.
Pretender que el Pro va a
cambiar algo, por otro lado, también sería un error. Esta gente ya gobernó. Más
allá de la diferencia entre el público que rodea un podio de Fórmula 1 y el que
va a un show de Midachi, la formación de Del Sel no difiere mucho de la de
Carlos Alberto Reutemann.
«El monumental drama épico Game of Thrones explota sus
mejores materiales de los cambios de régimen, las variaciones en el poder que
dominan el continente de Westeros y reclaman traiciones impactantes, alineamientos
estratégicos y reveses de fortuna. Qué apropiado entonces que, en su quinta
temporada, Game of Thrones navegue por su propio cambio de régimen. Así, el control
sobre ese meticuloso ecosistema comienza a escapar de las manos de George RR
Martin –el novelista cuya serie “Canción de hielo y fuego” inspiró la tira
televisiva de HBO–hacia dos showrunners intrépidos, David Benioff y D.B. Weiss.
«Benioff y Weiss lograron meterse de a poco a la aclamada
fortaleza de Martin mientras el escritor termina con la entrega de sus dos
últimos libros. Así que las ansias que genera esta quinta temporada, cuyo
primer episodio se estrenó en HBO el domingo pasado, no se veía desde el Y2K.
«Dadas las demoras de Martin en la entrega de su sexto libro,
Benioff y Weiss discutieron cómo iban a arreglárselas para adaptar parte de los
libros cuatro y quinto de la serie, “A Feast for Crows” (“Un festín para los
cuervos”) y “A Dance with Dragons” (“Danza con dragones”) y, a la vez,
asegurarse que los fanáticos vayan haciéndose a la idea de un Westeros
post-Martin. Ahora que los guionistas despliegan su plan, su visión comienza a
revelarse y los cambios que buscan introducir podrían hacer de Game of Thrones
una serie mejor de la que vinieron produciendo hasta hoy, en la que se nota la
devoción esclava al material original. Martin se enorgullece de su habilidad de
hacer malabares con multitudes de personajes en mundos lejanos. Pero, mientras los
libros permiten que los personajes evolucionen de modo independiente, los
episodios de televisión funcionan mejor cuando hallan la manera de manejar sus
personajes dentro del mismo espacio.
«Aún continúa la batalla de los Siete Reinos, pero el ansiado
Trono de Hierro se disolvió un poco en el trasfondo de la trama. Así que los
esfuerzos por reclamarlo resultan hoy un hábito antes que una convicción. El
recién coronado rey Tommen Baratheon (Dean-Charles Chapman) parece más
dispuesto a acostarse con la oportunista reina Margaery antes que a sentarse en
el trono poderoso, por mucho que le pese a Cersei (la magnífica Lena Headey).
El enfoque sensible y despreocupado de Tommen en el gobierno de Westeros es un
cambio discordante de ritmo, complementario al tema central de la serie, el del
liderazgo ambivalente.
«Daenerys Targaryen (Emilia Clarke) enfrenta una crisis de
liderazgo similar en Meereen, donde encuentra una resistencia inesperada tras
la última parada de su gira por la emancipación de Essos. Daenerys anhela la
corona, pero teme el resultado de acumular un poder demasiado grande para que
pueda controlarlo. Después de forjar su reputación como la madre de dragones,
Daenerys observa con impotencia cómo su rebaño de fuego sucumbe a sus instintos
naturales destructivos, poniendo en peligro su lugar en un momento en que ya se
ha enfrentado con una desgarradora encerrona en varios escenarios. De los que
compiten por la corona, el único que parece no tener diversión alguna es
Stannis Baratheon (Stephen Dillane) que se está preparando para un gran
resurgimiento en El Muro (The Wall) y hace lobby con el reacio Jon Snow (Kit
Harington) para contar con la ayuda de la Guardia Nocturna. (Hablando de Jon
Snow, su participación en una “cena entre amigos” en “Late Night Show with Seth
Meyers” –se puede ver en YouTube, aunque hasta el viernes no tenía subtítulos
en español–, como parte de la promoción del lanzamiento de la quinta temporada
es un hallazgo sencillo, brillante y desopilante).
«Mientras Westeros se presenta como el mismo campo de batalla
brutal de siempre, los primeros episodios de la quinta temporada tienen un tono
diferente y palpable al de las últimas temporadas. Con la traumática Boda Roja
y sus baldazos púrpuras y catárticos en el retrovisor, la urgencia que alimentó
Game of Thrones a través de la destrucción gradual de la Casa Stark y el
reinado del malicioso Joffrey Baratheon está en gran parte ausente ahora que el
show se reanuda. El estreno de la temporada se titula “Las guerras por venir”
(“The Wars to Come”), un trozo de diálogo que también funciona como una promesa
implícita para los espectadores: los contratiempos ocasionales en la primera
tanda de episodios no son un índice completo de lo que la temporada de 10
episodios les tiene reservado. Y para que nadie piense que el espectáculo ha
perdido su racha violenta, hay suficientes géiseres arteriales para satisfacer
incluso la sed de sangre más insaciable. Un episodio especialmente sanguíneo culmina
en una secuencia contundente de una larga batalla que no se acerca a la de
Blackwater, pero sofoca cualquier preocupación sobre un Westeros más suave y amable.
«Game of Thrones sobresale entre las historias humanas
traducidas a un mundo de fantasía, una habilidad que se refleja en su tendencia
a construir a momentos que dejan sin aliento, como las nupcias fatales o la
liberación de fuego de los esclavos de Yunkai que hizo Daenerys. Benioff y
Weiss hacen el mismo programa pero con un ritmo un poco diferente, confiando
más en el carácter sombrío y la interacción que en poner en escena la próxima
masacre. La quinta temporada también está impulsada por la idea de los duelos
de creencias religiosas, según el universo elaborado de Martin. Eso también es
un gesto de buena voluntad hacia el grupo de fervientes admiradores, quienes rezan
para que el espectáculo mantenga sus estándares de calidad sin Martin.»
«La soberanía popular es trinitaria. El Padre es la soberanía
popular como tal, que es la fuente de sus dos hipóstasis o actualizaciones: el
Estado y el mercado. El estado es el Hijo, una realidad encarnada que con
frecuencia está personificada, literalmente, en un individuo concreto (la cabeza
del Estado). El mercado es el Espíritu Santo, una entidad más sombría que
trabaja principalmente a través de efectos indirectos, la distribución de roles
y regalos. Esta Trinidad comparte una naturaleza divina única en la que
todos manifiestan libertad, aunque cada uno a su manera particular. La
soberanía popular representa la pura libertad, sin mediación y como tal: nunca
puede ser actualizada por completo en el mundo finito. El mercado nos da la
libertad en forma de elección, allí donde el Estado nos la ofrece en forma de
decisión.»
Ya en sexto año del Politécnico, Tomás acudió la semana pasada a su primera entrevista de trabajo, según el plan de pasantías de la escuela. Lo hizo en una fábrica de productos eléctricos de Rosario donde fue admitido luego de una larga perorata de la persona encargada de entrevistarlo que comenzó la charla así: "Un país se hace con ingenieros, olvidate de los que escriben libros y se dedican a esas cosas".
Construcción de la Torre de Babel por Athanasius Kircher (1679). Tomado de La biblia de los pobres.
Lo primero que le dijimos a Tomás es que nuestro hombre de la fábrica está en lo cierto: este y todos los países le deben más a ingenieros y proletarios que a mucha de la gente que escribió libros. Pero, de nuevo, la cuestión es desde cuándo aparece esa deuda. Entonces, es necesario de nuevo recurrir a la inevitable cita de Paul Valéry en su prólogo a las Cartas persas de Montesquieu: “El orden exige, pues, la acción de presencia de cosas ausentes, y resulta del equilibrio del instinto por los ideales.” “Mas las sociedades reposan, por el contrario, sobre las Cosas Vagas; al menos hasta ahora se han fundado en nociones y entidades bastante misteriosas como para que el alma rebelde esté nunca segura de haberse desembarazado de ellas, y vacile en temer tan sólo a lo que ve. Un tirano de Atenas, que fue hombre profundo, decía que los dioses fueron inventados para castigar los crímenes secretos.” Un país puede construirse a partir de la mediación de ingenieros y proletariado una vez que ciertas "cosas vagas"--en términos de Valéry-- comienzan a operar: la idea de una burguesía nacional (como en el primer peronismo), la de una nación (como en la Generación del 80) o la de una esencia telúrica nacional y su consecuente pacto de clases, como en la Vuelta de Martín Fierro, son algunas de las cosas vagas que generan realidades, recién entonces llegan los ingenieros. Una vez que las fuerzas simbólicas establecieron las necesidades simbólicas (no las básicas, sino las que ingresan en el discurso; las que permiten, por ejemplo, que un sector beneficiado por un régimen político se vuelva en contra de ese régimen porque cree que está más allá de ese régimen: el eterno conflicto del peronismo), los ingenieros encuentran su campo de acción y trabajo. Antes de que las gigantescas y erráticas movilizaciones de diciembre de 2001 encerraran a la clase política y la obligaran a reaccionar (camino en el que tuvieron que disciplinarse los gobiernos de Eduardo Duhalde y, luego, de Néstor Kirchner), un ingeniero era algo así como un taxista de lujo. En un país que había sucumbido al relato de las empresas de servicios y la eficacia privatizadora (la privatización del Banco de Santa Fe, uno de los mayores crímenes económicos santafesinos perpetrado por el ahora macrista Juan Carlos Mercier, le costó a la provincia mil millones de dólares de saneamiento, casi el doble de lo que les costó a dos narcotraficantes hacerse con el banco provincial, que las arcas provinciales terminaron de pagar hace poco más de un año), un ingeniero no tenía para hacer mucho más de lo que hoy puede ofrecer un asesor de márketing. Porque esa "acción de presencia de cosas ausentes" que menciona Valéry se gesta no en la acción específica sobre el mundo material, sino sobre el único mundo en el que realmente estamos inmersos de principio a fin de nuestra vida, el del lenguaje. Un mundo que, claro está, transitan los ingenieros, aunque muchas veces prescinda de su trabajo. Por ;ultimo, para evitar citar literatura, acá un ejemplo de cómo nos movemos en ese peligroso mundo discursivo: la entrevista de Santiago O'Donnell a Julian Assange.
A mediados de los 80, quien mejor cantó la depresión
económica rural de los Estados Unidos fue un joven guitarrista que recién se
conocía en Argentina, John Cougar Mellencamp. En su disco Scarecrow (“Espantapájaros”) incluyó un pequeño hit titulado “Small
Town” (“Pueblito”), que además de glorificar la vida y la idiosincrasia
pueblerina contra la de las grandes ciudades, decía: “Al fin y al cabo, todo lo
que descubrí lo conocí en este pequeño pueblo”. En esa frase pienso cuando leo Como si fuera hoy, editorial El OmbúBonsai), la crónica de Osvaldo Aguirre sobre su infancia en Colón, en el norte
de la provincia de Buenos Aires (a 175 kilómetros de Rosario).
Aguirre llegó a Rosario a estudiar Letras a principios de
los 80. Al contemplar hoy el trabajo del autor (una obra poética que cruza
cierta tradición campera con interrogantes contemporáneos; novelas, cuentos,
libros de investigación histórica y periodística, además de su carrera en el
periodismo policial y cultural y su trabajo al frente del Festival Internacional de Poesía de Rosario
o el encuentro La Chicago Argentina) y compararlo con las historias de la
primera juventud en esa pequeña ciudad bonaerense –como puede leerse en Como si fuera hoy–, las anécdotas
adquieren la dimensión de una cifra: allá hizo su primer diario, que repartía
entre parientes y amigos; las primeras participaciones en radio, las
colecciones de historieta, los libros, en fin, el dibujo de un poblado en el
centro de un mundo.
Como si fuera hoy
se presenta este miércoles a las 19.30 en la Terraza de la Cúpula de Plataforma
Lavardén (Sarmiento y Mendoza). El periodista Perry Maison y el músico y
cantante Ber Stinco (los dos también oriundos de pueblos a los que vuelven con
frecuencia) conversarán con Aguirre. Stinco ejecutará algunas milongas que
hasta ahora no tuvo oportunidad de llevar al escenario. “Junto con Franco
Colautti vamos a tocar tres temas en formato de canción criolla–dice Stinco–:
«El aguacero», de Cátulo Castillo y José González, «Ayer bajé al poblao», de
José Larralde y una versión en milonga de «Club de campo»
una canción mía, la que abre el último
disco”.
Del folklore, a Stinco le gusta mucho la música surera, “la
milonga de tierra adentro, de llanura, que se relaciona a la inmensidad de la
pampa y la introspección de un hombre con una guitarra –dice–; Yupanqui,
Larralde, Cafrune (que aunque pertenece a otra región siempre hizo música de
llanura)”. Y agrega: “Me gusta cómo se relaciona con lo popular Horacio
Guarany; las letras de sus canciones y su interpretación me remiten mucho a
Johnny Cash. También encuentro una relación directa –tanto armónica como lírica
y romántica– con el origen del blues en los algodonales, esa soledad del hombre
con su guitarra y su lamento existencialista, el mismo de la milonga campera de
nuestros pagos”.
La obra de Osvaldo Aguirre se multiplicó desde que publicara
su primer tomo de poesía en 1992: relatos, novelas, literatura para niños y
jóvenes, investigación periodística. Su poesía, una de las más particulares que
produce su generación, está hecha de acontecimientos pequeños, precisos: la
quema de un paraíso caído, la busca de un perro llamado General después de una
tormenta en Navidad, cuando la familia estaba reunida en la casa del campo. Con
los años, el autor acaso complejizó los temas; seguro, perfeccionó su forma:
halló en la trama de esas historias hechas de voces oídas la carnadura de una
mitología.
En Como si fuera hoy
Aguirre desiste de algún modo de la autobiografía tal como se la concibe hoy.
Antes, dialoga con su madre, con quien coteja recuerdos, impresiones tanto
suyas como de la vida del pueblo donde vivieron, del campo de su abuelo entre
Cañada Rica y J.B. Molina, de las cartas entre el padre y el abuelo, de la
topografía que registra su memoria, dejando en suspenso la que fue. Prefiere,
dice, no volver a esas calles que conoció su infancia: vivas están en el
recuerdo. Recupera situaciones (la fascinación del abuelo por un Valiant,
paisajes y nombres. El uso de los nombres en sus libros de poesía ya era
magistral: el campo regado de las marcas y las cosas con que la civilización
avanza sobre él, desde el Ford Fairlane hasta el matabichera Bayer. En este
nuevo libro Aguirre enumera los apellidos, los nombres de clubes y calles y
traza con ellos esa historia que también cuenta, desde el lenguaje, la
apropiación de un lugar en la tierra, la conversión de un territorio en una
tierra prometida. John Cougar Mellencamp - small town by John Mellencamp on Grooveshark
En diciembre de 2014 el Senado estadounidense reveló una
serie de informes
sobre las torturas aplicadas por agentes de la CIA y otros organismos en el
marco de la Guerra contra
el Terrorismo durante la administración de George W. Bush. A partir de allí, el sitio Political Theology encargó
artículos a algunos destacados académicos que quisieran debatir el asunto en
términos cristianos. Aquí traduzco
el de Paul
W. Khan ("Speaking
Power to Truth, or, The Banality of Torture").
Estuve escribiendo sobre la tortura durante la última
década. ¿Acaso el reporte del Senado que se conoció en diciembre (sobre
torturas durante la administración del ex presidente George W. Bush) revela
algo que requiera la consideración de mi trabajo anterior?
Por cierto, no es una novedad que la administración de Bush,
sobre todo en su primera parte, consintió en la práctica de la tortura. Como
tampoco es novedad que esa práctica careció de todo éxito. Después de todo, en
giro hacia la tortura fue engañoso, en parte porque hace rato sabemos que no es
un método efectivo para conseguir información.
De hecho, la tortura se entiende mejor como una práctica no
inquisitiva, sino comunicativa. La cuestión que interesa no es qué aprendimos,
sino qué estamos transmitiendo. Ese mensaje fue entonces, y aún permanece
siéndolo, controversial.
La tortura comunica la idea del poder sin las ataduras de la
ley. La tortura nos interpela desde la perspectiva de la excpeción, y el
significado de la excepción es siempre la de un valor supremo que hace una
demanda infinita, una demanda que no puede ser limitada por la ley. La
excepción, por tanto, no es necesariamente un estado real de amenaza a la
existencia –aunque pueda resultar así–, antes bien es una perspectiva
imaginaria que afecta a todo el orden político. De modo que desde nuestra
posición imaginamos ese exterior dentro de una comunidad particular. Por lo
tanto, la excepción es el acto por fuera de la ley pero por el bien de la ley.
Así, la excepción es la base de la normalidad.
Esta doble perspectiva nos permite hacer una aseveración
acerca del valor supremo del estado –nuestro estado, no la política en general.
No podemos hacer eso mientras ocupemos un rol o apliquemos una regla dentro del
orden político. De modo que la excepción no es la analogía moderna del milagro,
un acto libre por fuera de la ley, que expresa un punto de vista divino, que
expresa en simultáneo –interior y exteriormente– las relaciones de Dios con la
creación. La excepción es un modo de imaginar la política como un producto de
nuestra libertad. Después del 11 de septiembre de 2001 dotamos dotamos a la
tortura de la estructura imaginaria de la excepción.
Hasta fin de marzo
puede verse en el CEC
(Sargento Cabral y el río) la muestra John
Lennon. Sus años en Nueva York, con fotografías del ya legendario Bob Gruen –el
fotógrafo que mejor captó la escena del rock y el punk. Aquí se cuenta la
historia de cómo una remera comprada en la calle y una tarde en una terreza
construyeron la imagen más reconocible del ex Beatle, popularizada en su
entierro, en 1980.
El 29 de agosto de 1974 el fotógrafo Bob Gruen sacó una foto
de John Lennon que 40 años más tarde es por lejos una de sus tomas más icónicos
e, incluso, una de las imágenes más icónicas de cualquier músico de rock de
esos años.
“Vos sabés que solía usar una remera como esa”, le decía
Gruen al periodista Chuck
Armstrong, de la New York Magazine,
cuando el fotógrafo inauguró en Nueva York la muestra que puede verse en estos
días en Rosario. Gruen se refiere a la remera blanca con las mangas recortadas
y la inscripción “New York City”. “Debo haber tenido como media docena de esas
–recuerda el fotógrafo–; las vendían en la calle, en Times Square, estaban
hechas de forma casera y no se conseguían en los negocios. No se trataba de una
marca, eran unos muchachos que querían hacer esas remeras y, como me gustó el
diseño, les compré unas cuantas y de vez en cuando se las regalaba a algún
amigo. Así que le di una a John cuando fui a verlo a Record Plant”.
No sería sino hasta un año más tarde cuando tomaría esa
foto. “Estábamos en la terraza de un departamento que él tenía acá en Nueva
York –continúa su relato Gruen–, tomábamos fotos de lo que teníamos a la vista
en el horizonte. Entonces le pregunté a John si todavía tenía la remera. Y lo
que me impresionó es que él sabía a cuál me refería. Se la puso y le quedaba
fantástica. No teníamos idea de que la foto se haría tan popular”.
Pero, pregunta el periodista, ¿por qué pedirle a Lennon que
se pusiera esa remera? “Había vivido el suficiente tiempo en Nueva York
–responde Gruen–. La gente ya comenzaba a verlo como un muchacho de la ciudad.
Todos en Nueva York viene de alguna parte y sucede que él venía de Inglaterra.
Para cuando tomamos esa foto él realmente era ya un neoyorkino”.
Es cierto, la religión es siempre un trasfondo, un detalle
verosímil o un dato ambiental en la gran mayoría de las ficciones populares.
Con salvedades, desde luego: Terminator
es la tesis casi definitiva sobre la Santísima Trinidad (John Connor, que se
engendra a sí mismo enviando un soldado suyo al pasado que “no nació aún” en el
momento que embaraza a Sarah: John Connor, decíamos, es el Padre y el Hijo). Y
además de las muchas interpretaciones que puedan hacerse sobre otros films, ser
cristiano, protestante, católico o mormón (como en Big Love) es un detalle que hace a la trama pero no al gran tema de
estas narraciones televisivas o cinematográficas.
Porque eso que la religión trae –ese gran Otro en nombre del
cual se obra hasta hallar, en esa confrontación, el camino propio– no es lo que
suele interesar en la trama y porque muchas veces, incluso, lo que aparece
relacionado con el universo religioso es un cliché, como sucede de forma
absurda y grotesca en la segunda temporada de American Horror Story o como más acertadamente nos lo enseña The Leftovers o la primera temporada de True Blood, todas series en las que los protagonistas asistieron,
de algún modo, a una suerte de fin de mundo, de apocalipsis, aunque sin una
gran revelación.
Sin embargo, desde mitad de la segunda temporada y en lo que
va de la tercera, la serie The
Americans –año 1981: un matrimonio de espías de la KGB soviética que
llevan una vida de familia americana, con dos hijos que ignoran quiénes son en
realidad sus padres, en el corazón de Estados Unidos– parece haber hallado el
contexto y la medida de un contendiente para que los conceptos universales del
cristianismo suenen radicales: cierto comunismo dogmático que encarnan nuestros
agentes de la KGB, quienes, además, son los protagonistas, es decir, los
personajes con los que el espectador establece su “simpatía” (acaso en el
sentido original de la palabra: ponerse en el lugar del otro).
Los inmejorables actores Matthew Rhys y Keri Russell son Philip
y Elizabeth Jennings, tienen un matrimonio que ni siquiera ellos acordaron –sino
sus jefes en la KGB– y en el primer episodio de la serie, emitido en febrero de
2013, con su hija de 13 años y su niño de 9 dormidos en la pieza de al lado, ella
le dice a su esposo cuál es su verdadero nombre ruso. Es decir, recién se
conocen y deben decidor entonces que quieren hacer de sus vidas.
Joe Weisberg, ex agente de la CIA –aunque aseguró que
haberse unido a la agencia fue un error–, declaró
que su serie es “en esencia, una historia sobre el matrimonio”. “Las relaciones
internacionales –dijo–son sólo una alegoría para las relaciones humanas. A
veces, cuando uno se pelea en el matrimonio o con los hijos, parece asunto de
vida o muerte. Y para Elizabeth y Philip, por cierto lo es”.
Esta idea, a propósito, no es ajena a uno de los mayores “difusores”
del catolicismo de principios del siglo XX, Gilbert K. Chesterton, quien
aseguró en sus ensayos que el verdadero campo de batalla de la humanidad es el
matrimonio.
El trasfondo político teológico aparece también, de cierta
forma bastarda, con la figura de Ronald Reagan, aquel actor devenido presidente
con el apoyo de George Bush padre y sus cowboys amigos en el gran aparato financiero,
político y militar de los EEUU, quien por esos años lideraba la carrera por la
colocación de misiles en el espacio en lo que se llamó (en ese modo tan
espectacular y simulado con el que suele dibujarse la política exterior
estadounidense) la “Guerra de las Galaxias”. Además de insistir con el
latiguillo de que la Unión Soviética era “el imperio del mal” (“evil empire”).
La carrera de Reagan era una carrera por la “salvación”, porque un imperio del
mal sólo puede devorarse las almas, para todo lo demás, en especial la riqueza
material del mundo, estaban los amigos petroleros de Reagan y Bush.
Pero The Americans,
como las novelas de Graham Greene o como las ficciones sureñas estadounidenses
(en las que el productor Graham Yost demostró cierta sabiduría en series como Justified)
no sólo introduce el tema del cristianismo de manera directa: Paige (Holly
Taylor), la hija adolescente de los Jennings comienza a frecuentar en un grupo
cristiano que desarrolla una intensa militancia en el movimiento antinuclear de
entonces. También los personajes principales, los agentes de la KGB, están
fuertemente atados a ese gran Otro ausente que es la Madre Patria, el deber,
los ideales del comunismo. Es decir, siempre nuestros personajes actuaron en
relación a un tercero invisible pero dominante, capaz de torcer los destinos
individuales y matrimoniales (Elizabeth rechaza a Philip, luego lo acepta,
luego el pasado aparece en él, y así), capaz de ejercer una norma y una meta,
una misión (ya que hablamos de espías y creyentes), en esas vidas.
The Americans es,
en gran parte de sus dos primeras temporadas, una metáfora de la secularización
de los misterios cristianos: el matrimonio regido no por el sacramento, sino
por el estado comunista; la fe vuelta una ideología, el amor vuelto un medio de
intercambio de información, etcétera.
El bautismo de Paige.
En esta tercera temporada, nuestros espías rusos despiertan
a un campo doblemente siniestro: su hija quiere bautizarse y la KGB les reclama
que la conviertan en una segunda generación de espías en suelo americano.
Entonces esa misión, que siempre ocurría fuera de la casa, fuera del ámbito
familiar reservado a la intimidad de esa ficción que es el matrimonio Jennings
pero nutrido de sus verdaderos afectos, toma una carnadura que se hace más real
con el bautismo de la adolescente, en el que nuestros espías ven a su hija
alejarse y emerger de las aguas bautismales convertida en una extraña.
Mientras tanto, en Rusia, la deportada Nina (doble agente, no sabemos si enamorada o no del agente del FBI Stan Beeman, interpretado por el brillante Noah Emmerich, le extrae a su compañera de celda una confesión que la hundirá pero le permitirá a Nina (Annet Mahendru) salvarse. La puesta en escena no es ni por asomo inocente.
Por primera vez, luego de dos años de la serie en la que el
espectador simpatizó (y hay que pensar en el espectador estadounidense, porque
el argentino de alguna manera sabe lidiar con estas visiones seculares, de
izquierda, que son el padre nuestro de cualquier familia vernácula) con
Elizabeth y Philip, la perspectiva cambia: ellos están desorientados, recién
caen la cuenta de que están en territorio ajeno, enemigo, pero sobre todo
ajeno; algo viene a revolucionar la sólida ficción qe construyeron a lo largo
de los años y no concierne ni a la madre patria ni a la KGB, sino a su pequeña
hija. Si alguien quisiera representar de algún modo lo que sintieron los
súbditos del imperio romano cuando sus hijos abandonaban lafamilia y se unían a los catecúmenos
cristianos acaso no hubiese hallado tanta exactitud como en la escena en que
Paige mira a sus padres bajo una túnica empapada tras el bautismo en un vulgar
salón religios de algún barrio neoyorkino.
Anoto al pasar (o para luego pasar en limpio): La temporada se inicia casi con el recuerdo de Elizabeth de cómo enseñó a Paige a nadar: la arrojó a una piscina pese al miedo de su hija. Pero Elizabeth recuerda la escena sumergiéndose en la bañera y conteniendo la respiración. La misma imagen vemos de su hija durante el bautismo: se hunde conteniendo el aliento y abre los ojos.
También, con respecto a esto de la inocencia y la pureza (el bautismo es eso: renacer purificado), están las relaciones de Philip con la hija de 15 años de una agente de la CIA al que intentan llegar a través de la adolescente. Uf, sólo haber llegado hasta acá con ese nivel de guión y puesta en escena justifica la existencia de las series.
Las Sorpasso con suela de goma, único calzado capaz de reemplazar a las alpargatas en el verano. Sin embargo, según me comunicaron en Zapatillería Uno –donde compro las Rueda cada año, en Mendoza casi Lavalle–, no se fabrican más. La clientela que consume Sorpasso considera muy elevado el precio de un calzado con suela de goma (único material que se amolda al pie y no absorbe el calor del piso), de modo que los fabricantes cancelaron la producción y el modelo, reemplazándolo definitivamente por una suerte de zapatilla-mocasín con suela plástica y reborde alto, de modo que el pie sufra de manera doble: por no poder expandirse debido al reborde y por no poder amoldarse debido al plástico.
Hasta hace una década aún se conseguían en la tradicional
librería Alfonso Longo –de calle Sarmiento entre Mendoza y San Juan– las
versiones abreviadas y en verso de los clásicos criollos –las novelas de
Eduardo Gutiérrez como Hormiga Negra
o Juan Moreira, entre muchas otras–
que la misma librería imprimió entre la década del 20 y la del 50 cuyos
lectores habituales eran los miles de pasajeros que pasaban cada día por las
estaciones Rosario
Central, en Wheelwright y Corrientes, y Rosario Norte,
en la actual avenida Aristóbulo del Valle y Callao. Según datos relevados por
la Asociación Rosarina Amigos
del Riel, entre 1935 y 1940, unos pocos años después de la época dorada de
la red de ferrocarriles de la Argentina, por Rosario Norte pasaban 326.000
pasajeros por año, es decir, más de 800 diarios (otra fuente, citada por
ferrosario.com.ar, señala que a principios de la década del 40, el Ferrocarril
Central Córdoba manejaba 45.000 pasajeros y el Ferrocarril Santa Fe sólo
6.000). La producción de esos pequeños libros con sus tapas ilustradas a todo
color era gigantesca. Las actuales dueñas de la librería recuerdan a Longo muy
temprano en la mañana, hace más de 60 años, recibiendo a los vendedores que llegaban
en oleadas y partían cargados de ejemplares hacia las terminales ferroviarias.
Hasta fines de los 90, cuando una monstruosa y masiva
campaña mediática promovida por el ex presidente Carlos Menem instaló la engañosa idea de que los ferrocarriles estatales
perdían un millón de dólares diarios –el complejo sistema de transporte que es
el tren es una maquinaria de ahorro y racionalización de recursos en
transporte; además, la misma cifra percibirían después en subsidios las
empresas privatizadas que ni siquiera transportaron pasajeros–, la relación de
Rosario con el ferrocarril fue amplia, variada, rica en historias cruzadas y
hasta siniestra: la zona de Rosario Norte albergó el mayor barrio prostibulario
del interior del país.
Ese trasfondo es el que rescató la muestra “Llévame
a ver un tren”, en la sede de la Secretaría de Cultura y Educación
(Aristóbulo del Valle y Callao), que le dio la bienvenida y celebró la
rehabilitación de la línea ferroviaria Rosario-Buenos Aires. (Si bien todo
indica que la estación de llegada del tren de Retiro será Rosario Norte, hasta
el momento el Municipio, la Provincia y la Nación no hallaron el modo de
financiar y encarar el trabajo de relocalización de unas 3.000 familias sobre
las vías del ferrocarril Mitre, que permite la entrada del tren desde el Apeadero Sur –donde hoy se erige la
estación puesta a prueba el domingo con la llegada de una formación desde San
Nicolás– y a través de la ciudad.
La exposición fue una reseña de la historia del ferrocarril
en Rosario contada a través de imágenes inéditas y objetos que fueron aportados
por la Escuela de Museología, el Museo de la Ciudad, la Asociación Rosarina
Amigos del Riel, el Ferroviario Club Central Argentino y la Secretaría de Servicios
Públicos.
La estación Sunchales, como se la conoció hasta los años 80,
donde ahora funciona la secretaría de Cultura municipal y se expone “Llévame a
ver un tren”, nunca existió como tal. La estación Rosario del Ferrocarril
Buenos Aires a Rosario (F.C.B.A.R.) fue rebautizada en 1908 como Rosario Norte
(El tren que hizo el viaje inaugural desde Retiro el 12 de noviembre de 1885
tardó 8 horas, una hora menos que lo que suele llevarle a las actuales líneas
que hacen el trayecto. Se estima que el tren de la empresa estatal que
comenzará a circular desde el 1 de abril cubrirá esa distancia en 3 horas y
media a una velocidad promedio de 120 kilómetros por hora.)
De acuerdo a información recogida por Asociación Rosarina
Amigos del Riel y Ferrosario.com.ar, el apodo “Sunchales” para Rosario Norte
podría tener su origen en la proyectada prolongación del tendido hasta la
localidad santafesina de Sunchales, 270 kilómetros al noroeste de Rosario en
dirección a Tucumán. Asimismo, la Municipalidad de Rosario dio el nombre de
Sunchales a la avenida que pasa frente a la estación, que en 1905 se cambió por
Sarmiento y actualmente es Aristóbulo del Valle.
La costumbre llevó a confusiones, por ejemplo, se despachaba
mercadería hacia la localidad de Sunchales cuando el destino deseado era en
realidad Rosario. Por otra parte, los tranvías indicaban en sus letreros de
destino la estación “Sunchales”. Con todo el menjunje, nunca faltaban pasajeros
que entre el nombre de la estación y el de su meta tenían un pasaje hacia
ninguna parte.
Ese mapa de palabras y destinos, ese cruce de caminos –entre
la topografía de una ciudad y las provincias y la simbología de una nación y
una cultura que crecía nutriéndose de la movilidad de sus trabajadores– es lo
que de alguna manera viene a enseñar la muestra “Llévame a ver un tren”: un
viaje teórico para contemplar no ya el pasado, sino el mundo que hoy vuelve a
acercarnos el tren.
En la segunda quincena de diciembre pasado, revista Acción publicó en tapa una nota mía sobre series cuyo texto original reproduzco aquí. El material de la revista fue editado con una delicadeza y dedicación como ya no recordaba por Marina Garber, a quien le agradezco su trabajo. Si bien muchas de las cosas en la nota están desparramadas en esta bitácora, fue también una oportunidad para reunir algunos conceptos y ordenarlos. Esa es la idea de reproducirla acá, aunque esta vez prescindo de poner los enlaces.
La era de las series
Las series de televisión actuales –que la mayoría vemos por internet,
haya streaming legal o no– son la
máxima realización del arte pop: nos ofrecen no sólo un modelo para observar y
llevar al discurso cotidiano las complejas tramas del mundo –conspiraciones de
poder, universos paralelos, interpretaciones de hitos históricos–, también son
su caricatura y en ellas vemos los artificios de la realidad: el profesor de
secundario que fabrica droga con las inobjetables intenciones de legarle una
casa y una educación a sus hijos (Breaking Bad), el puntero político que se
fabrica una pertenencia allí donde no llega su familia (El puntero),
la consolidación de la mafia como artefacto político del imperio mientras se
encamina hacia elcrackdel 29 y a la Segunda Guerra (Boardwalk Empire), la imposibilidad de
construir un futuro alternativo porque, como lo sintetizó Mark Fisher, es más
fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo (The Walking Dead, The Leftovers, The 100,
etcétera).
Los realizadores y críticos llaman, desde los 90, “drama de personajes”
a muchas de estas series. Porque la intriga de la línea argumental en general
se tuerce con los misterios que cada personaje arrastra en su historia
personal: como espectadores estamos siempre atrapados entre eso que el
personaje no sabe y eso que no sabemos del personaje. Así, el drama de
personajes viene a ponerle un nombre al gigantesco cruce de géneros que se
cuece en la ficción televisiva actual: ¿Lostfue
una serie de aventuras, de ciencia ficción?, ¿Six Feet Underfue una comedia? ¿Fringefue
un drama romántico con consecuencias apocalípticas? ¿Qué clase de drama es The Leftovers, pagano?
Rosario, por supuesto, es desde hace rato
escenario de novelas y relatos. Y no sólo de la literatura que se produce en la
ciudad. César Aira y Martín Caparrós, por mencionar a dos escritores
contemporáneos y por completo distintos entre sí, Juan José Saer y Hebe Uhart
desplegaron ficciones en las calles rosarinas.
Lo que introducen de alguna manera las dos
novelas más recientes que transcurren en Rosario es, por decirlo de algún modo,
la indiferencia por la ciudad misma, que es lo que la vuelve más presente y le
da una entidad que pertenece acaso a la generación de sus autores.
Destrucción total(Blatt & Ríos, Buenos Aires, diciembre de 2014),
deLila Siegrist, y La solución (Yo Soy Gilda Editora,
Rosario, febrero de 2015), deAgustín Alzari, ofrecen un recorrido “introspectivo”, privado por la
ciudad. Vemos Rosario en la introspección de sus personajes, como si la ciudad
no importara, como si su decorado fuese –como en el truco de la máxima de
Werner Herzog sobre los actores– “un mal necesario”. Y sin embargo, los
personajes son, a su modo, a la novela lo que el urbanista es a la urbe:
arquitectos de ese diseño en el que un drama dibuja una topografía, un
pensamiento; nos descubren matices y tramas en el hormigón y el cemento que lo
cargan de historia e ideología.
A ver si queda claro: no se trata
de los pasajes de Walter Benjamin aplicados
a Rosario, ni de los paisajes neoyorkinos de Philip Roth, ni mucho menos de ese
auge postal por ciertas ciudades cuya expresión más vulgar y humillante es El interior, de Caparrós. Sino de algo
que acontece acá –en el libro y, por lo tanto, en la ciudad– y piensa a Rosario
como el objeto indeseado de un vagabundeo hecho de literatura. Mejor lo ilustra
esta cita de Ezequiel Martínez Estrada –nuestro
más grande exégeta y quien escrutó con mayor desprecio la bulla porteña: “Lo
interior, que es lo que no queremos ser
(las negritas son nuestras), prosigue su vida torácica, pausada, imperceptible.
Y sin duda, la libertad verdadera, si ha de venir, llegará desde el fondo de
los campos, bárbara y ciega, como la vez anterior, para barrer con la
esclavitud, la servidumbre intelectual y la mentira opulenta de las ciudades vendidas”. Siegrist transcribe
la cita en Destrucción total justo después
de referirse a su roommate catalán,
un ser con un alto grado de “estreñimiento amoroso”. La convivencia con el
catalán no se da en Barcelona, sino en Rosario, donde la narradora fantasea con
envenenar a su compañero de pieza y toma nota de cierto matrimonio por
conveniencia entre Rosario y Barcelona a través de las campañas de márketing
urbano que sembró Toni Puig (la
“marca ciudad” y otras grageas). La narradora elige así el recuerdo leído,
contemplado (Siegrist, además de artista plástica y fotógrafa, proviene de una
familia de coleccionistas de arte), de la Barcelona en llamas por la Guerra
Civil, la de las “iglesias ardiendo” antes que la de los Juegos Olímpicos, con
“una clase media mirando eternamente a la oligarquía”, y de inmediato declara:
“Me gusta y me alegra esta generalización, me alegran y me alertan mis
prejuicios”.
Un alerta de la NPR me informa que hoy murió Leonard Nimoy en Los Ángeles. Tenía 83 años. Era mi personaje favorito en Star Trek y acaso en Fringe. Me entero de que escribía poesía, era músico, hijo de un barbero judío ucraniano en Boston que huyó de la persecución nazi-ucraniana. Traduzco su última entrada en LeonardNimoyPoetry:
Quien no siga la serie The Americans hasta esta tercera temporada acaso se está perdiendo la única serie que vuelve al pasado cercano cuyos principios son, pera decirlo de algún modo, político-teologales.
Sí, todo trata acerca de la familia, pero a una escala casi trascendente: no sólo la familia de los espías rusos encubiertos en suelo americano –que en esta, la tercera temporada, deben enfrentar el dilema de preparar a su hija adolescente para que siga su vida, es decir, la de espías, la de matar o morir, ser quien mete un cuerpo en una maleta o ser el cuerpo que entra a la maleta–, sino la familia extendida que quedó allá en Rusia, la familia del agente del FBI Beeman, que se deshace y él intenta recuperar yendo a un estúpido grupo de autoayuda al que va su esposa; la familia que distraída tiene en la pantalla del televisor a sus espaldas la ascendente cadena de violencia de la última década de la Guerra Fría, con la invasión soviética a Afganistán y la CIA operando entre los talibanes; la familia como objetivo principal y teatro de operaciones de una vasta guerra que se desarrolla de forma fragmentaria en los comedores iluminados del mundo familiar. Erik Adams desarrolló en AVClub toda una ingeniería analítica de la serie, centrada, cierto, en los personajes y los actores, pero las analogías y simetrías que encuentra no son menores. Sin aspirar a tanto, junté en una playlist de Grooveshark las canciones que escuchamos en estas tres temporadas que son, claro está, las de nuestra adolescencia. The Americans (TV Series) by Napoleón Zoilo on Grooveshark
Si Breaking
Bad (BB) fue la serie en la que la droga se nos enseñaba como la máxima
realización del capital (cosa que en nuestra
provincia debe quedar bastante claro), su precuela Better Call Saul
(basada en el personaje del abogado interpretado por Bob Odenkirk, pero mucho
antes de que a Walter White le diagnosticaran el cáncer) parece venir a
sostener aquella tesis pero desde el sistema de Justicia americano que,
digámoslo de una vez, es el sistema de Justicia que más o menos conocemos todos:
el capital manda, la ley obedece.
Imagen tomada de mentalfloss.com.
Pero, antes, veamos la puesta en escena y el reencuentro con
los personajes de BB. De nuevo Albuquerque,
Nuevo México, es decir, el culo del mundo, el límite entre el desierto de los
tártaros, la tierra salvaje y el extranjero. Sí, de nuevo tenemos a los
mexicanos y latinos como potenciales enemigos o personajes peligrosos (nos
reencontramos con Tuco
Salamanca y su relación enfermiza, venenosa con su familia: la abuelita que
le lleva un problema y se va a ver la novela para no ver cómo su nieto resuelve
su problema de un modo bestial). Pero también son los mexicanos los que le
señalan a Saul (que aquí es Jimmy McGill y acaba de ser expulsado, como su
hermano, de un gran estudio de abogados) que, como decía con vehemencia un mediocre film argentino,
“todo el dinero es robado”.
Better Call Saul no sólo nos muestra el derrotero en el
que deambulan los que de alguna manera depositaron su fe en un sistema de
justicia público y democrático, como Chuck, el hermano de Jimmy-Saul, sino que
nos enseña toda la lacra de tahúres que viven del erario público, aún cuando lo
saquean, como el tesorero de un condado y su esposa, a los que Jimmy-Saul busca
conquistar como clientes.
Ante toda esa parafernalia de poder y capital Jimmy-Saul
sólo cuenta con una pequeña herramienta, su palabra, del mismo modo que Walter
White, en los capítulos iniciales de BB desplegaba su ingenio y su discurso, es
decir, su conocimiento (porque el
conocimiento, como el capital, no tiene moral).
Recapitulemos, Better Call Saul comienza con nuestro
conocido abogado escondido en un local de comidas rápidas, en un shopping
anónimo de un estado no menos anónimo, con una visera que deja ver su calva
entre unos mechones de pelo. Allí trabaja, de incógnito, en blanco y negro –según
nos lo muestra la puesta en escena de Vince
Gilligan y Peter Gould, quienes llevan adelante la serie–, el Saul Goodman
(“La gente confía más en un abogado con apellido judío”, le había dicho nuestro
nuevo héroe a Walter White hace ya como tres años) que debió dejar el mundo
para preservar su vida, es decir, una vida de claustro del capital, porque
sabemos que Goodman es-fue el abogado “criminal” (“Acento en ‘criminal’”, diría)
que tuvo como clientes a declarados enemigos público en BB.
Entonces, Better Call Saul, que incluye en su libreto un
discreto tono de comedia, caricaturiza de algún modo las aspiraciones del
sistema judicial, no tanto porque nuestro abogado –devenido defensor público a
razón de unos 700 dólares por defendido– eche manos a las trampas y las estafas
para conseguir clientes, sino porque en el sistema del capital (debe pagar la
atención médica de dos patanes que pretenden ayudarlo con una estafa y terminan
magullados por un criminal), que precede al de la justicia, cualquier acto de
justicia no es sino un mero gag televisivo.
Y aquí es donde entran a tallar las tradiciones, las
fílmicas –en el segundo episodio vuelven las citas habituales de Gilligan, como
en BB, y Jimmy-Saul ejercita frente al espejo del baño de tribunales la frase
de All That Jazz: “It’s show time, folks” (“Hora del espectáculo, amigos”)–,
las narrativas. Para hacer ficciones es necesario montarse
en los hombros de los grandes que nos precedieron, porque alivian la tarea,
la vuelven un dato más en el relato, sin complejizarlo inútilmente. Salvo Carancho,
film sobre el que es preferible no debatir ahora, el nuevo cine argentino (íbamos
a agregar “y la televisión”, pero ese concepto, por fuera de las expresiones
más execrables del muestrario de atrocidades cotidianas, no existe) sólo se
manifestó en torno a ciertos ideales, marchitos
como en el caso de El secreto de sus ojos, pero ideales al fin, que
no hacen sino confirmar el monstruoso abismo entre la representación y lo
representado, es decir, la imposibilidad de crear un discurso sobre el discurso
trillado que impera en el sentido común del que suele abusar la televisión
argentina en estos tristes días.
Imagen tomada de revistaroulette.com.
Una de las temporadas finales de Breaking Bad desplegó
un juego histórico-político significativo entre el nombre del héroe (Walter
White) y el poeta norteamericano que mejor legó en el imaginario moderno la idea
de democracia, Walt Whitman (White lee Hojas de hierba e, incluso, es
descubierto por ese libro que le regalara su víctima y su cuñado, HankSchrader, descubre en el baño). Sin Whitman hasta ahora, pero con frases “de
película”, como el mismo Saul-Jimmy le espeta a un espectador eventual en el
baño de la corte, Better Call Saul se aproxima con estrépito, haciéndonos
reír cuando faltan palabras para nombrar ese enorme abismo de la justicia, a
uno de los problemas mas acuciantes del mundo actual: hallar el camino hacia el
justo castigo para preservar la vida, como textualmente declara nuestro héroe
ante un desquiciado Tuco en el segundo episodio.